Tonto el que lo lea (rápido) – O Productora Audiovisual

ESPECIAL
LECTURAS Y AGOSTO
Texto por Miqui Otero.

2.

El tiempo de lectura de este artículo es de 5’. O quizá 7’. ¿O eran 15’? Todo depende del rato que quieras dedicar a la comprensión y/o el disfrute de este texto de Miqui Otero. Porque leer no es una actividad que se haga cronómetro en mano. Como decía el célebre chiste de Woody Allen: “He hecho un curso de lectura en diagonal y ahora soy capaz de leer Guerra y paz en veinte minutos. Puedo decir: es una novela sobre Rusia”.

“El texto es más o menos una partitura de ese nuevo estilo: solicita del lector una colaboración práctica (cada uno interpreta las mismas notas de modo distinto). La reducción de la lectura a un consumo es evidentemente responsable del «aburrimiento» que muchos experimentan ante el texto moderno”, Roland Barthes, en De la obra al texto, de El susurro del lenguaje.

“¡DATOS, MÁS DATOS!”, JOHNNY 5, EN CORTOCIRCUITO.

Pobre Henry Bemis. Pobre gafotas. Su jefe no le deja abrir libros en horas de trabajo, cuando intenta leer disimuladamente David Copperfield agazapado tras la ventanilla del banco donde trabaja, y su esposa lo deja a caer de un burro y lo reta a leer un poema para escupirle una carcajada de mofa. Por suerte hay algún tipo de desastre nuclear y se queda solo en el mundo. Pasea por un planeta devastado hasta que vislumbra una biblioteca en ruinas. En las montañas de cascotes descubre un montón de libros. Clásicos de la literatura. Llora de la alegría. Masculla: “Tiempo, por fin tiempo suficiente”. Tiene toda una eternidad para leer sin que nadie le moleste. Entonces se incorpora para poder alcanzar un ejemplar y las gafas caen al suelo y sus lunas se rompen y él, que no ve tres en un burro, sabe, en ese preciso instante, que le queda por delante una larga vida sin nadie y, además, sin libros.

Pues te fastidias. Siempre que veo este legendario capítulo de la serie Dimensión desconocida, titulado Time Enough at Last, pienso eso: haber leído antes.

Si no tienes tiempo para leer, probablemente es que no te guste leer. La gente que no lee tiene más excusas a mano que un equipo de fútbol a la baja: la meteorología, los amigos, un poco de sinusitis, una capsulitis en el índice con el que pasaría las páginas, una fiebre tropical, la existencia de la telefonía móvil. Entonces lo que proceden a hacer es decir cuánto leerían si tuvieran tiempo para ello. Dedican tanto tiempo a esa actividad que probablemente podrían leerse El arcoíris de la gravedad si realmente leyeran durante el rato que emplean para sus lamentos. Los imagino aplaudiéndose al acabar un libro, como esos dictadores del Este que se autoovacionaban al final de un discurso o como esos bebés que aplauden después de comerse un yogur.

El personaje favorito de este tipo de no-lectores sería, seguramente, Johnny 5, de Cortocircuito. Ese robot descarriado que es capaz de leerse toda una enciclopedia en minuto y medio. Y que grita: “¡Datos! ¡Más datos!”. Desearían ser Johnny 5. Poder leer rapidísimo y mucho para decir que han leído. Pero, ¿qué prisa tienen? A ellos no los persigue el Ejército de los EE.UU. para mandarlos a un desguace de Seseña.

He hecho ocho kilómetros, he quemado treinta y cinco calorías, me he leído once páginas de Verónika decide morir (¡Y sigo vivo!)

Hay quien ve la lectura como una especie de suplemento vitamínico adicional con el que reforzar su personalidad. Como una suerte de tarro de espinacas de Popeye con el que ganar músculo intelectual que marcar en algunas situaciones. Quizá por eso ponen en las redes sociales las páginas que llevan leídas como los runners que suben sus kilómetros a Nike +. Quieren: a) enseñarnos sus plusmarcas; b) hacerlo rápido. Quizá por eso, también, algunos buscan métodos milagrosos para leer más en menos tiempo. Aspiran a leerse todo, asumo, cuando en realidad cuanto más lees piensas que menos has leído. Si algunas personas que quieren adelgazar pero que “no tienen tiempo para ir al gimnasio” emplean cremas con efectos reductores (“Somatine 10, adelgaza mientras duermes”) o fajas eléctricas que en teoría te dejan el abdomen como un güiro, algunos lectores sin tiempo para leer buscan otros inventos de la cabra en Internet. Muchas de las webs o apps que prometen leer más en menos tiempo tienen nombre de potitos nutritivos para vigoréxicos, bebidas energéticas, productos de La tienda en casa o videojuegos bélicos ultraviolentos: Jetz, Spritz, Speed Reading Trainer, Readline. Y es precisamente la misma confianza la que me inspiran.

El Kindle te dice, por ejemplo, cuánto tiempo de lectura te queda. Saber, por ejemplo, que El tiempo entre costuras, leído a razón de trescientas palabras por minuto, supondrá ocho horas de tu existencia produce el mismo pavor que hacer un recuento del número de pitillos (y de dinero) que te fumas una Nochevieja. Sin embargo, saber que te leerás una novela de Harry Potter en lo que dura un partido de fútbol desata una enorme tristeza, porque querrías quedarte a vivir en un partido de quidditch. El tiempo de lectura (y el tiempo, a secas) no existe: puede durar más un minuto durante un terremoto chileno que un mes de agosto en el Caribe. Pero es que, además, ahora existen aplicaciones y webs como howlongtoreadthis que calculan cuánto tardarás en leer un libro en papel, partiendo de una base de unos doce millones de obras. Es inútil argumentar ante estos locos del fitness lector que a mí las ochenta páginas de Karl Ove Knausgård explicando cómo limpiaba el garaje de su padre recientemente fallecido se me pasaron en un suspiro, o que los tres libros que tarda Tristram Shady en aparecer en la novela que lleva por título su nombre se me pasaron en un tris. La cosa es que los adiposos intelectuales desean cuantificar absolutamente todo. Algunas de estas aplicaciones, por ejemplo, ofrecen la posibilidad de leer sin mover los ojos. Las palabras circulan a una velocidad regulable por una especie de visor para que el lector acelere y no pierda esos preciosos segundos que invertía en barrer la página con la mirada de izquierda a derecha y de derecha a izquierda (o de arriba abajo).

Este tipo de inventos me recuerdan poderosamente al revolucionario invento que prometía ese inventor-profeta llamado Dean Kamen. Dijo que primero los mamíferos nadaron, luego reptaron, se incorporaron para echar a andar a cuatro patas para erguirse, orgullosos, sobre las dos traseras… Su invento, anticipaba, sería el siguiente paso en la historia de la civilización terrícola. Caras de estupefacción cuando, en 2001, levantó el misterio y la sábana que cubría el ingenio el día de su estreno: un Segway. Enseñó a la prensa un Segway. Un puto Segway. Esos triciclos eléctricos de dos ruedas, ultracarísimos, que sólo emplean los policías de los países escandinavos y los turistas con riñonera. Eso es, exactamente, lo que pienso de estos nuevos métodos de lectura.

Hace unos seis mil años que medimos el tiempo. Me gusta cuando en las películas del Oeste el Séptimo de Caballería dice: “Saldremos cuando rompa el alba”. Me encanta esa imprecisión. Su perfecto contrario es minutar cuánto se tarda en leer un texto.

Porque, un secreto, cuando levantamos la mirada del texto es, de verdad, cuando leemos. Y ese es el secreto de la lectura. Una película (al menos en el cine) sucede en hora y media mientras miras la pantalla. No deja tregua. En cambio, cuando lees en un libro de Cabrera Infante: También mueren los que con dos palabras y cuatro letras saben hacer un chiste, un poema y una canción”, y no puedes evitar levantar la mirada y pensar en muchas personas que has perdido y que así eran, estás leyendo. Esos minutos en que te quedas atontado enfocando un punto muerto encierran, precisamente, el misterio de la lectura. Su magia.

Tom Spanbauer, seguido de su alumno Chuck Palahniuk, ofreció un método de escritura llamado la Escritura Peligrosa. Uno de los puntos, que bautizó como Lengua Quemada, consistía precisamente en retorcer la lengua y escribir raro un fragmento para que no se entendiera. Para que el lector tuviera que volver atrás y leerlo varias veces con el fin de intentar intuir una clave. En este texto vocacionalmente farragoso hay unos cuantos, por cierto.

Hablaba Francisco Casavella de cómo había entendido, gracias a conocer antes el parón orquestal de James Brown, los puntos suspensivos en Rojo y Negro de Stendhal, cuando esos puntos suspensivos equivalen a una noche de amor en la alcoba. Hay que estirarse sobre esos puntos suspensivos. Completarlos con la imaginación. Eso es leer. Y el polvo oculto y condensado en esos tres puntos  puede ser mucho más placentero, lujurioso y duradero, casi tántrico, que la descripción más pormenorizada, con pelos y mordiscos, de Cincuenta sombras de Grey.

En esos puntos suspensivos, con tan mala fama como la pereza o la diletancia, atemporales como un insecto en una bola de ámbar, se estira el secreto de por qué hay que leer como si no hubiera mañana ni relojes que lo anuncien.