“Seis grados de separación”, ya sabéis de qué va el juego, hombre: unir conceptos, personas, animales o cosas muy distantes en seis pasos que revelan qué todo puede estar conectado.
También es cierto que este pasatiempo a partir de una lectura lúdica de la teoría del caos está un poco superado. Ya está muy visto, sí, vale, de acuerdo. Así que ¿para qué quedarse ahora so lo con seis vínculos cuando se puede establecer un mapa de conexiones de… Un millón de grados de separación?
Es esta una Historia Universal (la que nos gusta a nosotros, al menos) contada a partir de los links. Miqui Otero se deja caer alegre e inconscientemente por el tobogán de la libre asociación de ideas en una chifladura holística por entregas.
Cada capítulo de esta epopeya tiene seis grados para respetar el referente original. Pero como rezaba aquel célebre claim de The Wire“Everything is conected”: el final de cada episodio de Un millón de grados de separación siempre será el principio del siguiente. Y así, y si nadie nos detiene antes, hasta el infinito.

ilustración por
Sergi Padró

Un millón de grados de separación


por Miqui Otero

Capítulo XV

Donde Mangetsu-man limpia las calles de Japón (con su escoba como única arma), demostrando que los superhéroes del siglo XXI (como dicen los políticos) sí pisan la calle, tal y como hacen los británicos Fathers 4 Justice, papis divorciados que se disfrazan de Batman y Superman y cometen actos vandálicos casi situacionistas en el Parlamento británico para denunciar las leyes matrimoniales. Si tuvieran que elegir unos dibujos animados para sus hijos, quizá se decantarían por The Impossibles, superhéroes de Hanna-Barbera, que tocan en un grupo de pop sixty durante el día y salvan la ciudad por la noche (o al revés), pero que en los setenta se reconvirtieron en Harlem Globetrotters, el equipo de baloncesto cómico donde militó la leyenda apodada el Príncipe Payaso, jugador con el que solo podría rivalizar Wilt Chamberlain, el hombre (resacoso) de los cien puntos en un partido que logró cambiar las reglas de su deporte, tal y como hizo Dick Fosbury, un iluminado que decidió ser el primero en brincar de espaldas en la disciplina de salto de altura. Oro puro.

¿Es un robot de cocina de la Teletienda? ¿Es una señora de la limpieza de los años cincuenta? No, es Mangetsu-man.

Ahí llega, enarbolando la escoba como Thor empuña su martillo Mjolnir. ¿Su misión? Limpiar las calles japonesas. ¿Limpiarlas de delincuencia? Esto… bueno, quizá también. En todo caso limpiarlas de forma literal: barrerlas, pasar el mocho, pinzar las chustas de los pitillos.

Mangetsu-man es un superhéroe atípico en la tierra de los superhéroes atípicos (recuerden a Musculman). Con cabeza de emoji en paz consigo mismo, este superhéroe, cuyo nombre se traduciría como Mr. Luna Llena, lleva desde 2013 buscando escoria y limpiando morralla en Japón. Tiene su propia línea de productos de limpieza (quizá aquí resida la clave, una operación promocional), pero libra cuestiones enconadas como la rehabilitación de la zona del puente Nihonbashi, deteriorada desde los Juegos Olímpicos de 1964. Mangetsu-man cuenta, de hecho, con una legión de voluntarios: una liga de la justicia de niños disfrazados que lo ayuda a limpiar las calles…

Él forma parte de esa época de lo superheroico que podríamos bautizar como Edad de Cobre. Existió la de Oro, la de Plata, incluso la de Bronce, que fue humanizando cada vez más a los enmascarados. Ahora, directamente, se ocupan de problemas mundanos y entran en contacto con la gente de la vida real. Algunos, levantando suspicacias, como The Gimp Man of Essex, superhéroe bondage que pretende visibilizar las enfermedades mentales patrullando vestido de látex las calles británicas. O Loucos Pela Paz, grupo superheroico de las zonas más violentas de São Paulo, en Brasil.

Pero los más tragicómicos son, sin duda, los Fathers 4 Justice. Sería fácil parodiarlos: progenitores en apuros, papis divorciados de los que no se hacen la cama porque quedan pocas horas para volverla a deshacer y que se homenajean cada mañana con el desayuno de los campeones (café solo y pitillo). Pero que luego son tremendos superhéroes que luchan por lo suyo.

En diciembre de 2002, Matthew O’Connor ideó estos Padres por la justicia. La idea era luchar por cambiar la Ley del divorcio (y, por tanto, la regulación del acceso a sus hijos) en Gran Bretaña. Desde el primer momento, visitaron tiendas de disfraces de barrio y se enfundaron lamentables trajes superheroicos que habrían sido desestimados hasta por Adam West en los sesenta. Casi pijamas, más que atuendos brillantes, de Spiderman, Superman o Batman con los que se colgaban en puentes de Manchester y Bristol, escalaban la gótica torre de la Corte de la justicia y se manifestaban ante los ayuntamientos.

Pronto levantaron simpatías y suspicacias. Ellos decían que hacían suyas algunas de las ideas de desobediencia civil de las sufragistas británicas, pero el caso es que un hecho los colocó en el debate público y generó el revuelo que buscaban. En una sesión parlamentaria de 2004, Tony Blair, el Primer Ministro amante del britpop y las privatizaciones, ofrecía un discurso cuando un Objeto Volador No Identificado cruzó el hemiciclo, dejando una estela de color lila… ¿Quién lo había lanzado? ¿Héroes o villanos? Los Fathers 4 Justice habían arrojado un condón lleno de pólvora púrpura, desatando el pánico de un hipotético ataque terrorista y también rasgando la pompa del parlamento británico. No se conoce disolución del grupo, que sigue apareciendo aquí y allá, con esa pinta de superhéroe desahuciado.

Si se les concedieran sus peticiones, ¿cómo tratarían a sus hijos? ¿Qué dibujos les pondrían un domingo por la mañana? De eso no hay duda: The Impossibles. Miembros amnesiados pero brillantes del universo Hanna-Barbera desde 1966 y producto de uno de los más gloriosos años de la historia de la música pop: Fifth Dimension, de The Byrds, Face to Face de The Kinks, Aftermath de los Stones… En aquella época las estrellas del rock no formaban solo una nueva aristocracia pop, sino que eran vistos como superhéroes alienígenas. Así que no era difícil que surgiera la idea de unos cortometrajes de seis minutos en los que una especie de power trio musical que ríase usted de los The Jam ofrecía conciertos con temazos de pop pluscuamperfecto, pero que también se dedicaba a erradicar el crimen de Empire City.

Cuando algún villano hacía de las suyas, un tal Big D se manifestaba, por ejemplo, en una pantallita que el guitarrista tenía instalada al lado de las clavijas de su instrumento. Entonces, esta banda mod futurista convertía su escenario en coche o avión, en el Impossi-Mobile o en el Impossi-Jet y acudían al rescate.

Los Imposibles eran la viva encarnación de algunos de los estereotipos de la música pop de la época, algo así como The Monkees para un público (aún) más infantil. Coil Man (o Cangurombre, o Espiral) se enroscaba y botaba con sus muelles; Fluid Man se convertía en líquido para colarse por donde quisiera y Multi Man se duplicaba, clonaba y multiplicaba tantas veces como quisiera mucho antes de que eso se le ocurriera a Michel Gondry y a los Chemical Brothers. Los tres combatían violines místicos, bloques de hielo en cavernas, surfistas satánicos y pintores diabólicos que dibujaban fatal y cuyas criaturas (oh, Dios, imaginen eso mismo con Tàpies) se volvían reales. Pero nadie podía con estos “músicos inofensivos convertidos en veloces luchadores en la guerra contra el mal”.

Que los sesenta fueron la verdadera época gloriosa de la música pop se nota, entre otros millones de indicios, en que Los Imposibles se fueron al paro cuando terminó la década. O, por usar una terminología muy actual, se “reinventaron”. En 1979 hicieron un Michael Jackson, pero al revés: adoptaron la raza negra para enrolarse en The Super Globetrotters, otra serie de Hanna-Barbera. Coil Man se convirtió en Spaghetti Man, Fluid Man sería Liquid Man y Multi Man… bueno, Multi Man seguiría siendo Multi Man en el mundo del baloncesto. Todos ellos adaptaron sus movimientos de guitarrazos y redobles de batería al mundo de la canasta y se pasaron al deporte (quizá como buena cura de desintoxicación de sus años de rock stars).

Los Harlem Globetrotters llevaban desde los locos años veinte arrasando. Un pequeño (por edad, no por tamaño) llamado a convertirse en su mayor leyenda los descubrió a los once años en un cortometraje que vio en el cine. Desde entonces, se obsesionó con el equipo, que capitanearía entre mediados de los cincuenta y los setenta.

Meadowlark Lemon, también conocido como el Príncipe Payaso, no solo fue el gran icono de este equipo que jugaba partidos de exhibición entre el humor y lo atlético, sino también del baloncesto en general. Aunque podría haber militado en cualquier equipo de la NBA (encestaba desde donde y cuando quería), prefirió guardar fidelidad a los Trotters: “Mi destino era hacer feliz a la gente”, declaró. Jugó en los cincuenta, en un Sur aún segregado, pero también lo hizo delante del Papa de Roma y hasta para Nikita Khruschev en plena Guerra Fría (ahí, con su uniforme hecho con la bandera yanqui delante del mandatario soviético).

Con rutinas como el cubo de confeti o esa en la que le pone el balón por debajo de la camiseta a un oponente para que haga pasos, Meadowlark se convirtió en el peor azote de los Washington Generals, el equipo que es la viva encarnación del verdadero loser en el sentido más literal del término: este equipo que acompañaba a los rutilantes Trotters ganó solo seis partidos y perdió trece mil durante varias décadas.

Es muy significativo que el nombre de Meadowlark Lemon haya entrado tanto en el Salón de la fama del baloncesto, como en el de los payasos. El (para muchos) mejor jugador de la historia del balonesto, Wilt Chamberlain, le cedía el cetro y la corona al Príncipe Payaso: “El mejor de la historia, por encima de Julius Erving y Jordan”.

Sin embargo, para muchos el verdadero rey era él. Aunque nació en Filadelfia, Chamberlain era de otro planeta y parecía capaz hasta de encestar en los anillos de Saturno. Es curioso, además, que un jugador de esa categoría llegara a militar en los Globetrotters: Chamberlain jugó en los mejores equipos de la NBA, sí, pero con veintidós años pasó dos temporadas humillando a los Washington Generals.

Prescindamos de la magia e intentemos explicar este asunto con números. Solo en diez ocasiones un jugador de la NBA ha anotado más de setenta puntos. Bien: pues él lo hizo seis veces (y sin triples, que no existían). De hecho, su promedio solía ser de cincuenta puntos y 25,7 rebotes (cariño, he tenido un mal día: los otros solo se han ido sollozando al vestuario).

Sin embargo, Chamberlain pasará a la historia por un partido concreto. El 2 de marzo de 1962 los jugadores de los New York Knicks se ponían los calcetines en el vestuario sin sospechar lo que sucedería en el partido que debían librar contra los temibles Philadelphia Warriors. El Hersheypark Arena, en Pensilvania, aguardaba semivacío: solo 4.100 personas habían acudido ya que su equipo ya se había clasificado. Ni siquiera la tele lo emitía. Chamberlain había bebido mucho la noche anterior, así que seguramente se tomó una aspirina y puso su pelo en remojo antes de salir a la cancha. Su defensor natural estaba lesionado, así que la tarea recayó sobre el pívot de veintitrés años Darrall ‘Pobrecico’ Imhoff, apodado a veces como Big D (exactamente, como el jefe de Los Imposibles).

En el primer cuarto, Wilt ya había anotado veintitrés puntos, todos los de su equipo (tenía un mal día, el hombre). En el segundo y tercero arrasó, pese a tener permanentemente encima a dos y hasta tres defensores que intentaban por todos los medios detener esa hemorragia humillante. Les salió muy bien: anotó veintiocho más en doce minutos. En el inicio del cuarto cuarto, su defensor fue expulsado por faltas. Los Knicks se hundían en el lodo renunciando a toda dignidad: retenían el balón para que no pudiera jugar nadie, machacaban a faltas a otros oponentes… A Chamberlain solo le costó un poquito completar la gesta. Quedó varado en los noventa y ocho puntos, que había anotado con un alley-oop. A cuarenta y seis segundos del final, falló un tiro, cogió su propio rebote y puso la guinda al festival. Aquel 2 de marzo de 1962 ese jugador había anotado 100 puntos en un solo partido. “No fue tan asombroso. Si no hubiera salido la noche anterior y hubiera dormido un poco habría llegado a los 140”, dijo.

La leyenda de Wilt Chamberlain quedaba sellada. Luego él se dedicó a escribir libros, montar fundaciones y actuar en Conan el Bárbaro (mirar otros capítulos de esta Historia Gradual y Anecdótica del Mundo). Pero es que por su culpa el baloncesto cambió incluso sus reglas: desde que él pasó por las canchas, está prohibido palmear el balón por encima del aro y saltar hacia delante en los tiros libros (él machacaba desde esa línea, directamente); además, la zona de tres segundos se amplió casi un metro y no se puede hacer faltas a quien no lleva el balón para que no lance tiros libres quien lleva la pelota.

Chamberlain no es el único deportista que logró no solo hacer historia con sus marcas, sino también cambiar las reglas. Dick Fosbury supo saltar de espaldas al mundo y fue así como pasó a la historia.

Fosbury quizá tuvo la idea en el cobertizo de Medford, Oregón. A los once años supo que quería dedicarse a saltar más alto que nadie, pero la genética no le acompañaba: era demasiado alto para descollar en esa disciplina.

Hasta ese momento los atletas de salto de altura brincaban con técnicas como el rodillo ventral, el rodillo occidental y los más osados se atrevían con el salto a tijera. Sin embargo, Fosbury quiso aplicar quizá inconscientemente las más elementales leyes de la biomecánica: el salto de espaldas dejaba un mayor espacio entre el centro de gravedad del saltador y el listón. En la Universidad de Oregón, donde se matriculó, se rieron de él, pero acabó ganando. Una victoria que le hizo creer en una gloria que conquistaría tiempo después en los Juegos Olímpicos de México.

El 20 de octubre de 1968, en esa época cuando la gente buscaba soluciones distintas a los problemas de siempre (la desobediencia ante la guerra, por ejemplo), el estadio olímpico jalea la entrada de los corredores de la maratón. Fosbury resopla, mira al suelo y luego mide con los ojos los 2,24 metros que separan el listón de la colchoneta. Y corre. Y salta con su técnica hasta entonces tonta y supera el listón y alza los brazos y gana el oro y gana la historia y calla muchas bocas, las de todos los que se habían reído de él durante años. En esos juegos fue el único que saltó así. En los siguientes, casi la mitad de saltadores emplearon la técnica del Fosbury Flop. Fosbury se retirará, cursará de nuevo su carrera y se dedicará a la ingeniería. Superará, incluso, un cáncer en esa columna vertebral que ya había salvado otros listones altísimos y con la que había demostrado que el sentido común está sobrevalorado y que solo la imaginación puede servir para llegar más allá de una época.