“Seis grados de separación”, ya sabéis de qué va el juego, hombre: unir conceptos, personas, animales o cosas muy distantes en seis pasos que revelan qué todo puede estar conectado.
También es cierto que este pasatiempo a partir de una lectura lúdica de la teoría del caos está un poco superado. Ya está muy visto, sí, vale, de acuerdo. Así que ¿para qué quedarse ahora so lo con seis vínculos cuando se puede establecer un mapa de conexiones de… Un millón de grados de separación?
Es esta una Historia Universal (la que nos gusta a nosotros, al menos) contada a partir de los links. Miqui Otero se deja caer alegre e inconscientemente por el tobogán de la libre asociación de ideas en una chifladura holística por entregas.
Cada capítulo de esta epopeya tiene seis grados para respetar el referente original. Pero como rezaba aquel célebre claim de The Wire“Everything is conected”: el final de cada episodio de Un millón de grados de separación siempre será el principio del siguiente. Y así, y si nadie nos detiene antes, hasta el infinito.

ilustración por
Sergi Padró

Un millón de grados de separación


por Miqui Otero

Capítulo XIII

De cuando el Ejército Rojo decidió adiestrar a un ejército de Superperros para acabar con los nazis. Unos canes tan históricos como Seamus, el pastor alemán que se convirtió durante un tiempo en un miembro más de Pink Floyd (quizá el más brillante de todos ellos), grupo que aparece en las ficciones de Tom Stoppard, dramaturgo de origen checoslovaco que escribió una obra sobre el rock and roll como arma subversiva en la etapa comunista de su país, con especial énfasis en el grupo ácido y vanguardista The Plastic People of the Universe, que bebía de la Velvet y de Frank Zappa, aunque debería reivindicar más a Jaroslav Hašek, escritor anarquista y surrealista que en 1911 fundó un partido satírico que influiría en humoristas punk-rockers recientes como Jón Gnarr, alcalde de Reikiavik, que exigía a los líderes de la oposición haber visto The Wire para poder negociar, quizá fascinado por Omar Little, el Robin Hood de Baltimore. El personaje, también favorito de Obama, que sabe que “el hombre debe tener un código”

Cuando la furia teutona decidió tomar el Este del Viejo Continente, algún alto mando del Ejército Rojo tuvo la gran idea. Una idea genial. Una de esas ideas tan buenas que cabría decirle a quien la tuvo: “échate unas horitas y cuando despiertes piensa si realmente es una idea tan fantástica”.

Los rusos tramaron durante la Segunda Guerra Mundial la gran ocurrencia que debía detener a los nazis. Contrataron a una compañía circense para que amaestrase a un Ejército de Superperros. La idea parecía infalible: ataron bombas a sus lomos y colocaron comida bajo los depósitos de gasolina de sus tanques, para que los perros, llevados por su olfato insobornable y por un impulso pavloviano, aprendieran a ir hacia los tanques para inmolarse como yihadistas caninos.

Esos perros debían ser tan bravos como el can que servía de consuelo al escritor John Fante en el capítulo anterior, pero pocos contaban con que hicieran honor al nombre de aquella mascota (llamada Idiota, ¿recuerdan?).

Cuando llegó el momento clave, cuando esas tropas fascistas vestidas por Hugo Boss avanzaban, los rusos se encomendaban al olfato estratega de alguno de sus ocurrentes generales. Soltaron a sus perros y aguardaron el milagro. Los perros soldado no dudaron en correr hacia las filas enemigas. Oh, allá van, correteando como Pancho y como Lassie, los salvadores de la Madre Patria, a encontrarse con su alto destino… un momento: ¿qué hacen? ¿por qué están volviendo sobre sus pasos? No, no, no: ¿se puede saber por qué se acercan a las tropas rusas? Un momento, a ver…

Los perros rusos estaban educados para encontrar la comida escondida en los tanques en reposo de su propio ejército. Así que cuando asistieron al avance de los enormes pánzer alemanes, cuando vieron esas moles en movimiento tan diferentes a los tanques estáticos rusos, cuando pudieron olerlos (ese olor tan diferente al que conocían), decidieron repetir las maniobras que siempre habían hecho. Así que regresaron a la casilla de salida, buscaron los tanques rusos, tan familiares, y detonaron las bombas sobre los automóviles de su propio ejército.

Esta historia puede sonar falsa, pero es cierta. Puede sonar absurda, pero más absurda es la guerra. Cabe señalar un par de ironías más. Porque esos perros rusos llamados a la gloria de aniquilar a los nazis pero que acabaron matando a centenares de los suyos eran pastores alemanes (sí, alemanes). Y una, si cabe, aún mayor: el Ejército ruso no desistió y amaestró a una división canina de su ejército hasta el año 1996. ¿Quién es, ahora, el idiota?

No todos los pastores alemanes son tan tontos (o tan listos, tan heroicos en su antibelicismo e insumisión a la cadena de mando rusa). Unos lustros después, a un perro de esa raza se le preparó un rol inesperado: ser una gran estrella de la música, un miembro más de la banda Pink Floyd. Su guitarrista David Gilmour recibió un buen día la llamada de su amigo Steve Marriott, héroe mod de los Small Faces que seguramente tenía una primera cita o una visita al médico, y le pidió si podía cuidar de su perro unas horas. El canguro canino estaba tocando la guitarra en una de sus progresiones de acordes de más duración que un partido de fútbol cuando de reojo vio cómo la mascota de su amigo le hacía coros al ritmo de su música. No se sabe si fue el ácido o la audacia lo que le condujo a la idea de proponer a ese pastor alemán, que además de a la música respondía por el nombre de Seamus, como nuevo miembro de su banda.

Seamus grabó una canción titulada en su honor con el más famoso (y megalómano) grupo de música pop psicodélica del momento. Sus ladridos plañideros acompañaban los acordes de blues incluidos en el álbum Meddle, de 1971. Sin embargo, él era, por así decirlo, un músico de estudio. Cuando Pink Floyd quisieron grabar un disco en directo, la elegida para actuar fue una muy aparente perra Borzoi llamada Mademoiselle Nobs, propiedad de la familia Bouglione, una conocida estirpe familiar del mundo del circo. Muchos amantes de la música fresca y poco rebuscada se reirían con el escenario elegido para la grabación de ese bolo. El lugar seleccionado fue Pompeya, la ciudad arrasada por el fuego de la violenta erupción del Vesubio en el año 79 D. C. (muchos, insisto, habrían querido que el volcán hubiera esperado unos añitos más para acabar a tiempo con Pink Floyd). Nobs, esa preciosa perra de color blanco, un animal con el porte aristócrata y casi alienígena del primer Bowie, no solo bordó la interpretación, sino que, la muy arribista, logró que el grupo rebautizara el tema con su nombre, que pasaría a la historia como Mademoiselle Nobs (menudas ínfulas) en el disco Pink Floyd: Live at PompeiiLa música de Pink Floyd, tan relacionada con el mundo canino, juega un papel esencial en otra batalla europea entre el bloque occidental y el oriental. El dramaturgo nacido en Checoslovaquia Tom Stoppard ya empleó la canción de Seamus para su película Rosencranzt y Guildenstern han muerto. Pero el link decisivo lo encontramos en la pieza teatral que estrenó en el año 2006 en el Royal Court Theatre (precisamente en Londres). La obra, titulada Rock’n’Roll, rastreaba la influencia de la música pop más underground durante los años que separaron la Primavera de Praga de 1968 de la Revolución de Terciopelo de 1989.

Dos personajes. A un lado del ring, un profesor de Cambridge con certezas marxistas. En el otro, un joven checoslovaco aficionado al rocanrol que veía su libertad frustrada una y otra vez. Syd Barrett, primer (y único válido) líder de Pink Floyd aparece en la obra, pero también lo hace una banda de rock ácido y vanguardista que fue decisiva en todas las décadas de régimen comunista de su país: The Plastic People of the Universe.

Surgidos a mediados de los sesenta a raíz de la visita a Praga de un tal Allen Ginsberg, su música bebía tanto de la Velvet (quizá de ahí el nombre de Revolución de Terciopelo) Underground como de Frank Zappa o de The Fugs. Su líder Ivan Jirous tenía más ideas que un bombero poeta: por ejemplo, lanzaba redes de pesca a su audiencia y luego pescado fresco. La banda solía vestir túnicas hechas con sábanas y encendía hogueras en el escenario. Los tanques rusos ya avisaron de que Checoslovaquia no podía ser una fiesta cuando frustraron la primavera de Praga el 21 de agosto de 1968. Desde ese momento, el aparato represor, que no podía tolerar explosiones de libertad colorista como las de esta banda, no paró. Los grupos tenían que pasar las letras de antemano a la censura, no podían ponerse nombres anglosajones ni hacer versiones de grupos extranjeros. Incluso existía la regulación 212, que exigía que todos los músicos pop se sometieran a un examen de marxismo-leninismo. Si incumplían alguna de las normas, se les retiraba la licencia para tocar en público y se les requisaban los instrumentos (en el mejor de los casos).

Así que los Plastic tuvieron que aliarse con un músico ingeniero para que inventara un sistema de sonido propio, tocaban solo en fiestas privadas (bodas y bautizos) y tenían todo un sistema complicadísimo de contraseñas para acceder a sus conciertos clandestinos. Su música y su actitud resistente fueron importantísimas en la apertura (de miras) del país. Uno de sus máximos fans y defensores fue Václav Havel, activista entonces y luego presidente del país ya liberado tras la caída del muro de Berlín. De hecho, recobrada la libertad actuarían en diversas fiestas oficiales organizadas por el nuevo Gobierno.

Aunque The Plastic People of the Universe se declaraban fans acérrimos del humor absurdo de Frank Zappa, tenían un referente todavía más rupturista y genial en su propio país. El novelista y periodista checo Jaroslav Hašek pasará a la historia como el autor de El buen soldado Svejk, novela antibélica brutal publicada entre 1920 y 1923 (e inconclusa). Esta especie de Don Quijote mongoloide (o no tanto) es una maravilla cómica como poquísimas en la literatura europea. Su protagonista, detenido cuando estalla la Primera Guerra Mundial por haber pronosticado el conflicto en una taberna, es declarado idiota en un manicomio. Pero el lector entiende pronto que en realidad el ser humano es muchísimo más idiota (así, en general) que cualquier tipo diagnosticado como tal. Y que todos estamos locos y que solo los locos de verdad no saben que lo están. Svejk es, en realidad, casi un alter ego de su autor, ese escritor ocurrente y anarquista que también combatió en la guerra, cambió el bando austrohúngaro para saltar al ruso y vivió todo tipo de peripecias delirantes.

Una de sus mejores ocurrencias es previa a la guerra. En 1911 creó el Partido del Lento Progreso dentro de los Límites de la Ley, para concurrir en las elecciones a la alcaldía de Praga. No existiría ni un solo partido satírico (estoy pensando en las elecciones californianas de anteriores capítulos de los Grados, cuando a unos mismos comicios se presentaban estrellas porno, actores enanos de Hollywood y deportistas) sin la influencia pionera de Hašek y su lento partido.

El Partido del Lento Progreso se reunía en tabernas infames y su orondo líder lanzaba sus proclamas absurdas encaramado a taburetes. Un ejemplo de diálogo que escribió para relatar las situaciones que allí se vivían.

¿Qué opina de la Corona? – inquiere un enviado del Emperador.
Es un excelente establecimiento –el pub The Crown-. Bebo allí a menudo.
¿Y por qué tiene girado el retrato del Emperador en esa pared?
Por si una mosca le caga encima y a alguien le da por soltar un comentario desafortunado.

Y así. La parroquia se hacía grande ante promesas de Hašek como declamar listas de veinte concejales que mataron a sus abuelos. Hašek, como su soldado Svejk, fue declarado idiota. Y loco. Y por eso era tan peligroso y también tan importante.  La influencia de su partido satírico llega hasta nuestros días. Islandia, 2008. Bancarrota absoluta. Los bancos acumulan diez veces el PIB y la gente ve el pago total de su hipoteca como un viaje a Marte. En ese contexto surge el mejor de los partidos, el partido definitivo: el Partido Mejor.

Liderado por un tal Jón Gnarr, el cómico más importante del país. Un humorista dadá y punk-rocker dispuesto a cambiar su ciudad y, de paso, el mundo. Gnarr no lo había tenido fácil para llegar a ser el mejor payaso nacional: familia más humilde que un Seat Panda, tres años en un reformatorio, taxista y payaso en fiestas familiares y cenas de empresa. Cuando fundó su partido y se presentó a la alcaldía de Reikiavik ya había abrazado la fama. Adelantó en la carrera electoral con eslóganes más o menos absurdos (no mucho más que los de los partidos tradicionales), con un logotipo de un puño con el pulgar en alto (un pulgar en alto tan largo que parecía más otra cosa) y con promesas como acceso libre a las piscinas (con toalla incluida) para todos.

En realidad, Gnarr usaba una frase de Tolstoi: “Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie está dispuesto a cambiar”. Así logró enrolar a una legión de votantes que lo auparon a la alcaldía de una capital donde viven dos terceras partes de la población del país. Ahí estaba ese payaso con cresta, en la cresta de la ola.

Gnarr optaba por lo inesperado. Explica en sus memorias De cómo me convertí en alcalde y salvé el mundo, editadas en España por Capitán Swing, que se negó a recibir a altos mandos de la OTAN, recibió el apoyo de Noam Chomsky (lo definió como “el mejor alcalde del mundo”), se vistió de drag queen para recibir a altos cargos institucionales y se subió a un camión en el desfile del Día del Orgullo Gay disfrazado de Pussy Riot.

El tipo, que descubrió el punk a los trece años y se hizo llamar Jonsi Rotten durante un tiempo en honor a los Sex Pistols, creía incondicionalmente en un anarquismo surrealista y avalaba sus posturas con un discurso a veces populista y a veces brillante: “Necesitamos obreros, tartamudos y minusválidos, punks, panaderos y artesanos”. Todos ellos lo votaron.

Cuando salió elegido tuvo que recibir a los líderes de la oposición. Puso una condición para sentarse a la mesa de negociación: debían haber visto todas las temporadas de The Wire. Cuando sus asesores le comentaron que venía el líder socialdemócrata, contestó: “No. Tiene que conocer The Wire. ¿De qué voy a hablar si no? ¿De socialismo?”. Jon Gnarr se sintió seducido seguramente por uno de los personajes de esa serie sobre el entramado de corruptelas que conectan los portales de los barrios de protección oficial con las poltronas del Ayuntamiento: Omar Little, el Robin Hood de Baltimore.

Omar Little es un ladrón de traficantes que exhibe una cicatriz que cruza su cara hasta una boca que tararea en todo momento (antes de dar cada golpe) la canción infantil The Farmer in the Dell. No puede vivir sin cigarrillos Newport y cereales Cheerios, pero este gángster justiciero tiene un rígido código moral: solo mata o atraca a la gente que está dentro de El Juego (esto es, en el negocio narco). Sofisticado con sus batines, este pistolero gay no dice jamás palabrotas pero es el más duro de todos. Es el héroe antiheroico de ese nuevo relato griego que día tras día se libra en las calles llenas de heroína de Baltimore.

El actor que lo interpreta, Michael K. Williams, no ha tenido una vida mucho más fácil. Creció en una humilde familia de Brooklyn y (ojo) fue un disco de Janet Jackson el que le cambió la vida. Entonces decidió dedicarse a la interpretación, destacando en el Teatro Nacional Negro de Harlem. Para interpretar al Robin Hood moderno empleó la Técnica Meisner, mudándose a barrios problemáticos y viviendo sus historias para poder encarnar mejor a Omar Little. “Un hombre debe tener un código”, repite Omar Little. En 2008, un Obama todavía candidato concedió una entrevista a Las Vegas Sun donde confesaba que ese gángster con escopeta, ese justiciero inolvidable, era su personaje favorito. No vemos a los líderes españoles loando a Curro Jiménez, pero Obama mostraba ahí la primera pista pop y contradictoria de las muchas que emplearía durante su campaña y su mandato.