EL ARSENAL

FANTASMA

 


POR ALEXANDRE
SERRANO

Habito en compañía de espíritus y su presencia me es grata y querida. Pueblan todos los rincones de mi casa, cuelgan de algunas de sus paredes o reposan en los anaqueles de sus librerías. Emergen de la colección de fotografías etnográficas antiguas que he ido reuniendo sin otro método que el asombro. La maravilla permanente de descubrir cuán diverso y precioso era el mundo del que proceden, cuán definidas todavía sus formas.

No se trata, al menos no solamente, de un culto estético y nostálgico. Esas instantáneas me conectan, en primer lugar, con una ética y actitud concretas. Las de los hombres que las tomaron, arrostrando con frecuencia dificultades, incomprensiones y quebrantos en sus haciendas. Pienso, por ejemplo, en uno de los héroes de mi galería: Edward Sheriff Curtis.
Curtis gozaba de un estatus acomodado gracias a un estudio en Seattle, en el que retrataba a la burguesía de aquella pujante ciudad del Pacífico norte. Pero en el año 1899 sufrió un deslumbramiento: entró en contacto con las culturas indias y percibió que se había iniciado su fatal repliegue y asimilación. Desde aquel momento se consagró, con porfía demente, a retratarlas por doquiera de los Estados Unidos y Canadá. El resultado fueron más de cuarenta mil fotografías, amén de los veinte tomos de una de las grandes obras documentales de todos los tiempos: The North American Indian. En el camino perdió mujer y fortuna, se empleó en muchos trabajos modestos para subsistir y murió olvidado por el público y postergado por los especialistas, que le reprochaban su falta de formación académica. A cambio, nos dejó algo único e insustituible.

Su epopeya quizás solo sea equiparable a la de Albert Kahn, el banquero y filántropo alsaciano que puso todos sus inmensos recursos a disposición de otro plan titánico: Les Archives de la Planète. Entre 1909 y 1931, sus agentes recorrieron el globo para capturar hasta setenta y dos mil autocromos, con especial acento en aquellas manifestaciones antropológicas a las que la voracidad de la modernidad, el cambio de las costumbres o las guerras y sus desplazamientos de población estaban poniendo en jaque. Un legado que hasta su redescubrimiento contemporáneo había quedado sumido en una incomprensible oscuridad.

Las copias de Kahn y Curtis conviven bajo mi techo con las de otros pioneros de la etnografía y el fotoperiodismo, como las que Felice Beato trajo de sus periplos por Extremo Oriente, Désiré Charney tomó en Madagascar, Martin Gusinde hizo en Tierra del Fuego o Dmitri Ermakov capturó en el Cáucaso. Pero también con las de aficionados casi desconocidos o retratistas anónimos que no buscaban tanto lo exótico o amenazado, sino que salvaron esquirlas y reflejos de su entorno inmediato sin acaso sospechar que esa cálida cotidianidad suya estaba también a punto de quedar cancelada.

Si me imantan tanto es porque todas ellas instruyen en una forma exacta de resistencia. Incluso en aquellos casos en los que la fotografía revela una mirada colonial, condescendiente y sustraída del contexto, leo en la compostura algo hierática de sus protagonistas una dignidad feroz y para nada impostada. Es la de comunidades que mantienen una férrea singularidad y autonomía, individuos cuyo enraizamiento y fidelidad a algo que los trasciende vivifican el sentido de su existencia. Y el de la nuestra: nos restauran algo que hemos perdido, pero que aún nos pertenece.

Hay ocasiones en que vivir entre esta comparsa de sombras me provoca un vago estremecimiento. Es como si me devolviesen la mirada y, de hecho, la fijaran en un punto que está más allá de mí. Hacia una fotografía que me incluye, un ámbar en el que soy yo quien está cristalizado: la estampa de un coleccionista preocupado por sutilezas que en un tiempo impreciso del futuro se han convertido también en una rareza extinta. Es el poder de invocar un memento mori que Roland Barthes reconocía como uno de los más lacerantes del octavo arte.

Sin embargo, la mayoría de las veces operan efectos mucho más alentadores y que se alimentan por igual de esa naturaleza fantasmagórica del hecho fotográfico. Porque todas esas imágenes son y no son al mismo tiempo; lo que en ellas vemos ha dejado ya de existir y, a la vez, aún está ahí, intacto y lleno de potencia. Nos muestran cómo el pasado persiste, sobrevive de formas secretas y larvarias, conserva portales abiertos para comunicarnos con él y recuerda que pueden existir vidas más auténticas y menos mediatizadas que aquellas a las que quizás nos hayamos rendido. Y así, su rebelión espectral impugna la tiranía del presente, la sofocante pesadilla de que sus contornos grotescos sean todo nuestro horizonte.