Mykki Blanco
ARCA :

NUEVOS GRANDES masturbadores.

Por
HENRY J DARGER

David Quattlebaum Jr. siempre quiso ser Yoko Ono, no rapero. No tenía intención alguna de sostener la etiqueta y el género #queerap a cada huella de su carrera. No imaginaba ser insultado por vendedoras blancas de edad media, votantes de Trump, en el coño de América, cada vez que entra a una tienda a comprarse vestidos de boda para sus performances y se encontraba al borde del abismo mediático en la anómala lucha que suponía ser EL ROLE MODEL activista gay del hip-hop.

En junio de 2015, cuando se reveló contra el estigma e hizo público que tenía VIH ya diagnosticado desde hacía cinco años, conseguía huir del único miedo que restringía su vida. Tras un apoyo multitudinario y turbulento en redes sociales y apropiándose de toda la rabia y la violencia inherente en el rap, ha conseguido traducir el paralelismo y roles de poder del género con ese otro mundo gay, sidoso, oscuro y drogadicto del que casi ninguna estrella mainstream habla.

Desde atrezos menos sucios, minimalistas y estéticas posthumanas, el trip hop de Arca se mueve sin embargo en los mismos términos conceptuales. Tres meses separan los clips en los que ahondaremos a continuación, dos piezas audiovisuales que versan sobre el sueño, el limbo, el desequilibrio en la muerte, el orgasmo, la violencia sexual y toda manifestación directa de lo no visible. Las fronteras entre el mainstream y la vanguardia experimental son hoy inexistentes; la segunda yace en coma, incapaz de proponer disrupciones artísticas y esferas de resistencia ante el capitalismo.

Loner de Mykki Blanco comienza con una cita explicita a la voz interior. El soliloquio nace de una cabeza gibosa de la que brota amorfa la palabra ‘Pornhub’, productora de este sueño lumínico. Como Atenea naciendo de Zeus, solo las enfermedades sexuales encarnan a los dioses contemporáneos, por ello la imagen nos remite al Enigma sin Fin de Dalí y los bigotes dadaístas que luce Quattlebaum no serán fortuitos en este circo de deseo.

El espacio vació de ambos clips nos remiten al espejo de lo invisible, no hay reflejo más allá del cuerpo desnudo como conciencia del deseo al que liberamos para perecer. Ya no se manifiestan imágenes anteriores a la libido, toda imagen se esencializa en materias de anhelo, toda imagen es analógica aunque haga referencia a la virtualidad, es la suma concreta de abstracciones. Si Yoko Ono se dejaba desvestir a mediados de los sesenta, necesitamos hoy de la prótesis, el disfraz, las correas y el acero para ejemplificar una vulnerabilidad que ya no es carnal, un cuerpo que no pertenece a la naturaleza. Tejidos de data, cíborgs, compost tecnológico vulnerable y emocional que diría Haraway,

El glitcheo en los fotogramas de Loner es un crear más allá del automatismo de Pollock, de todo control consciente e intención expresiva: en sus destellos podemos atisbar el yo humanoide de la conciencia que vaga suelto entre vísceras. Pixeles en formas de membranas y órganos humanos, como los horror vacui de Daniel Canogar, partes del cuerpo digital que forman patrones u organismos científicos.

Tratamos textos transgresores en la medida en que solo pueden regocijarse en una producción bastarda del arte, una mezcla impura de melodías y conceptos que teme el absolutismo y que al transgredir la ley se encuentra en estado de gracia. La transgresión erótica sigue siendo hoy implícitamente el modelo de todas las transgresiones, y como en Bataille lo que se pretende en estas habitaciones rosas, blancas, negras, es reprimir la violencia, suspender la confusión y la muerte efímera que se produce en el sexo, iluminar los momentos en los que el hombre se halla perdido. El videoclip de Arca Reverie se puede entender como adaptación contemporánea del tríptico inspirado en el poema de TS Elliot: Nacer, Copular y Morir por Francis Bacon. 

Existe una herencia romántica, un artista como violador de reglas, indiferente al arte, violado a su vez por las fronteras de clase. Un hombre que niega el género, actuando a ambos lados de sus límites, que se reúne de nuevo en torno a la mesa para ofrecerse como alimento, sin liturgia. Solo carne, deseo y muerte denunciando prejuicios y zarandeando ilusiones. Si recordamos la obra de Richard Hamilton ¿Qué es lo que hace a los hogares de hoy tan diferentes, tan atractivos?, en ella se reproduce un hombre arquetipo en desnudo comprometido por la pornografía. El arte elevado, desarmado por las representaciones exageradas de estrategias del bajo arte, por así decirlo, ya no es posible. Ni siquiera la pornografía hoy es capaz de conformar imaginarios subversivos con el desnudo. Las poco licenciosas ilusiones pornográficas refuerzan convenciones de una sexualidad normativa, es por ello que representar el limbo de la imaginación y el deseo resulta más eficaz.

La representación en ambos videoclips de inclusiones en ritos que impiden la iniciación sexual tienen más que ver con el fetiche de lo futurible, el asomar de masas de carne mientras los cuerpos oscilan entre la vida y la muerte. Un objeto como las gafas de realidad virtual convierte todo el infinito digital en imagen sensual, prótesis necesaria como espacio abierto a la transformación de los cuerpos, huida de las fijaciones de identidad que dependen de la corporalidad física. En los ochenta y noventa esta imagen permanecía a menudo ligada al cuerpo femenino; hoy afronta la apertura radical del sujeto convertido en Dios, reclamando la idea de migración de los cuerpos no solo en el contexto digital.

Y pese a la carne, el color y la política, podríamos acusar a ambos textos de recrearse en la genealogía de la ausencia, imágenes de la nada, espacios destinados a desaparecer en sueños, desarraigados del mundo. Inconvenientemente para esta falsa conciencia de la desaparición que nos invade, son este tipo de imágenes las que se multiplican. Pues nada está desapareciendo mientras logremos representar un espacio del deseo.