La Barcelona Oculta
de Rosina Vinyes:

dibujando los contornos
del submundo

Por Alexandre Serrano

La Barcelona Oculta de Rosina Vinyes: dibujando los contornos del submundo – O Productora Audiovisual

Plano “Barcelona oculta”, de Rosina Vinyes i Ballbè 2015.

Ni la literatura, ni las artes plásticas, ni el documental. La obra más hermosa sobre Barcelona –y por extensión sobre la experiencia urbana– que haya aparecido en los últimos tiempos nos la ha proporcionado la cartografía. Es Barcelona Oculta: la rellevància del subsòl en una gran ciutat contemporània, tesis doctoral de Rosina Vinyes en la que presenta el primer gran mapa subterráneo de la capital catalana, con su completo entramado de túneles, alcantarillas, sótanos, refugios, cocheras, redes de servicio, estaciones, grutas, cisternas y sustratos que el tiempo ha ido enterrando. Un trabajo revelador en el sentido más estricto del término: un papel sobre el que se ha fijado lo que antes estaba en negativo; una radiografía que traspasa con su mirada los límites de lo visible.

Puede que esta recepción tan excitada tenga que ver con circunstancias biográficas: cuando era niño mi padre trabajaba en el metro y he oído historias acerca de la ciudad bajo rasante desde que tengo memoria. Y sé por ese motivo que si habitualmente sustraída a la visión, nunca lo ha estado a la imaginación. De hecho, las especulaciones sobre los estratos inferiores han alimentado desde la prehistoria todo tipo de cultos religiosos. Las más antiguas deidades son las ctónicas, lo subterráneo siempre se ha asimilado de un modo u otro al más allá, los pozos y manantiales sobrevivieron como lugares de peregrinación y sanación a la expansión del cristianismo –secta que, por cierto, también emergió de las catacumbas– y el ocultismo decimonónico floreció especialmente en ciudades horadadas por incontables galerías como Turín, Edimburgo, París o Londres.

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Una de las contraminas que surcan el subsuelo de Turín

Quizá por esta familiaridad con la lógica esotérica no me sorprenda que uno de los detonantes de la investigación de Rosina recuerde a una fórmula hermética: lo de arriba se espeja en lo de abajo. “Desde el mismo momento en que te levantas y paras el despertador, enciendes la luz, abres el grifo o usas el gas para ducharte estás en contacto con el subsuelo. Que tanto de lo que hacemos sin ni siquiera reparar en ello provenga de las profundidades me parecía una idea muy sugestiva”. Su tesis es así la exploración de una conexión entre dos esferas que lejos de permanecer separadas, interaccionan constantemente, se influyen y predeterminan. Una de sus motivaciones fundamentales es la noción de que hasta ahora, y en parte por la falta de una visión de conjunto como la que ella ha aportado, la Barcelona subterránea ha proliferado más bien caóticamente. Y eso comporta grandes riesgos y pérdida de oportunidades, porque el aprovechamiento eficiente del subsuelo en las ciudades modernas, muy densas y saturadas, condiciona entre muchas otras cosas la conservación de su fisonomía y patrimonio.

Sin duda, detecto una radiación poderosa en el hecho de que esa vertiente “cruda, sincera, ajena a cualquier exigencia estética” de la ciudad, como me la describe Rosina, es la que permite preservar unas estructuras urbanas y una apariencia a las que por sensibilidad y memoria nos sentimos íntimamente ligados. Es el continente sumergido de lo sucio y funcional en el que encerramos lo que no nos parece bello para que no aflore y deforme la superficie.

Como me resulta estimulante la confirmación de que la imagen no es solo una efusión ornamental del pensamiento, sino uno de sus medios naturales de realización. Para suscitar ciertas reflexiones y captar determinadas cosas, para percibir su complejidad, para enlazar áreas de la realidad que permanecían inconexas lo primero y esencial es darles antes forma y contorno: “Es cuando las dibujas que las ves”.

Un esfuerzo de representación que cautiva, desde luego, por su desmesura y desafío intelectual y técnico: ha requerido sobreponer distintas capas de información ya preexistentes –como los mapas de sistemas energéticos o recursos hidráulicos y transportes– con una ingente documentación catastral y archivística de los espacios subterráneos privados nunca antes sistematizada. Pero también por su investigación histórica de precedentes y carácter pionero. No solo no se había hecho nunca algo parecido en Barcelona. Su plano no tiene, al menos hasta donde Rosina ha sido capaz de averiguar, parangón en el mundo.

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Plano de emplazamiento de Barracas y Cuevas de Barcelona en 1945 (Arxiu Municipal Administratiu de Barcelona)

Una certeza que solo refuerza la impresión de negligencia en la planificación del subsuelo que ha guiado al urbanismo tradicional. Descuido que incluye el poco empeño por poner en valor lo que atesora y hacer con ello pedagogía. Por ejemplo, en Barcelona solo hay dos refugios antiaéreos de la Guerra Civil abiertos al público, de los cerca de mil cuatrocientos que llegaron a excavarse. Por no hablar de aquel malogrado Museu del Clavegueram que, dieciséis años después de su cierre, sigue sin disponer de un proyecto y compromiso firme para su reapertura. Pero es a la vez gracias a un vacío de atención que han podido prosperar algunos pobladores de estos reinos umbríos. Las incursiones en el inframundo tienen un componente de subversión y amenaza por el mero hecho de que prueban la existencia de realidades paralelas detraídas al control de la autoridad. El Londres de la primera mitad del siglo XIX llegó a contar con un gremio informal, el de los ‘toshers’, cuyo oficio de acceso restringido y transmisión familiar consistía en rastrear las alcantarillas a la búsqueda de desperdicios lucrativos y tesoros extraviados. También ha corrido tinta sobre la ‘mole people’ (el pueblo topo) de Nueva York, término que designa a los indigentes que habitan las cavidades abandonadas del metro de la ciudad. Y en relativa clandestinidad viven igualmente los aficionados a la espeleología urbana, una comunidad cuyo máximo exponente podría ser L’UX, la organización dedicada a una reutilización situacionista de partes abandonadas del subsuelo parisino. Tanta es la inquietud que estas infiltraciones provocan que en muchas grandes ciudades existen ya unidades policiales dedicadas a la vigilancia subterránea y la detección de “intrusos”.

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Daguerrotipo de un tosher, un buscador de tesoros en el alcantarillado londinense de la primera mitad del siglo XIX.

Se podría temer que la labor de Rosina Vinyes fuese, por lo tanto, un hito en la liquidación de un espacio otrora libre, desconocido y secreto; un prefacio a su colonización sistemática y definitiva. Sin embargo, ella misma pone en perspectiva su impacto. En primer lugar porque su intención es precisamente preservarlo de la ocupación desordenada que hoy padece. En segundo lugar, porque percibe su investigación como un esbozo que no agota, ni mucho menos, la realidad que explora. El mapa tiene también sus hic sunt leones: recoge solo aquello que podía verificarse de forma fehaciente, pero quedan ámbitos que escapan a su poder. Rosina cita todo lo que no figura o lo hace inexactamente en los registros: las bodegas y sótanos particulares no censados, claro está, pero también viejas infraestructuras olvidadas: minas cerradas, colectores cegados y hasta fantasmales túneles hoy ignorados por todos como el que según algunos de sus informadores –espeleólogos urbanos con los que ha confraternizado durante estos años– atraviesan el barrio de Vallcarca. Pero, además, porque pese a que como arquitecta su intención sea científica, pretenda anticiparse a dificultades y detectar potencialidades de uso comercial, recreativo, social y hasta residencial (una tendencia que ya se atisba) infradesarrolladas hasta el momento, no menosprecia la dimensión simbólica del mundo que ha descrito e incluso le entrega su óbolo. Cuenta que en el curso de su trabajo le han llegado no pocos rumores y relatos de apariencia fantasiosa; chismes como que la compañía de aguas empleaba a enanos para acceder a reparar aquellas conducciones más angostas en las que un trabajador común no cabría y cosas de este jaez. Leyendas que no se ha molestado en certificar o desmentir, porque ya le parece bien que algunas cosas sigan inmersas en el misterio. Quizá con una comprensión intuitiva de que el entorno al que ha ofrecido tanta dedicación nos incitará más a reflexionar sobre él si conserva algo de su capacidad de fascinación; si en una vida moderna tan dominada por la información excesiva, el ruido y la sobreexposición, se nos aparece como una reserva de quietud y sombra. O sencillamente porque es imposible internarse en este dominio sin quedar ni que sea un poco enredado en su trama de contrastes y ambivalencias. Como dice Peter Ackroyd en uno de los mejores libros dedicados a la materia, Londres bajo tierra, allí “la suciedad y la mugre coexisten con el misterio y hasta la belleza. Es el hogar del diablo y del agua sagrada. El inframundo mueve la imaginación tanto al asombro como al horror. Es en parte un territorio humano, hecho de la actividad de muchas generaciones, pero es también primigenio e inhumano y repele a la claridad y al pensamiento”

Solo que desde hace unos meses alguien ha prendido antorchas en sus corredores y hemos empezado a divisar mejor lo que contiene esa oscuridad.

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Espeleólogos urbanos descendiendo por las escaleras de acceso al Aqua Virgo, uno de los 11 acueductos supervivientes de la Roma antigua.

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Plano del sobre rasante y bajo rasante construido. (Rosina Vinyes i Ballbè 2015)