ARTISTAS EN TIEMPOS DEL 2.0:

Esta serie pretende crear un nuevo dialogo con la obra y la vida de diferentes grandes artistas del pasado. Queremos reactualizarlos, a ellos y a su imaginario, a través de la recreación de sus perfiles inventados en distintas redes sociales. Para ello, nos valemos del lenguaje directo y la multitud de formas de micronarración que han surgido en el contexto del 2.0. Esta sección pretende también reflexionar sobre el modo en que las obras se relacionan con el momento actual y en la forma con la que los usuarios juegan y resignifican las mismas.

Pintándole la cara

a Andy Warhol

por Déborah García

andy warhol

fuckyeahandywarhol

Debo confesarlo, nunca me gustó la obra de Andy Warhol, a excepción de algunos vídeos y una serie de fotografías que pude ver recogidas en un libro que tiene mi amigo Héctor en su salón (America, en edición de Estrella de Diego). Me gustó aquel viaje por las obsesiones de Estados Unidos, la fijación por la fama, y el dinero, los mitos inmortales y los nuevos creados alrededor de la escena neoyorquina. Aquella tarde en casa de mi amigo Héctor pensé que el libro era igual que el país que representaba, contradictorio, de opuestos que se niegan y se borran, autobiográfico y de viaje, como dice Estrella de Diego: América termina por ser una especie de extensión de la propia Factory, el particular plató –y no solo en sentido literal, que también–, donde Warhol fabricaba a sus personajes, esos «famosos de cuarto de hora» que lo eran porque él los había tocado con su varita mágica y que lo seguían siendo mientras duraba el interés de la inteligencia poderosa del artista, a veces poco más que esos quince minutos de popularidad a los cuales en el futuro, decía, todos tendríamos derecho”.

Las fotos de aquel libro mezclaban los rostros y paisajes de la América profunda con unos Estados Unidos cuyo rostro en apariencia era el de las estrellas que poblaban los medios. Había algo escalofriantemente tranquilizador en verlos a todos ellos al mismo nivel. Los anónimos mezclados con los archifamosos. Supongo que Warhol se dio cuenta de que había algo ahí, de que existía algo que los igualaba. La Coca-Cola que uno se tomaba en cualquier pueblo de Iowa era exactamente la misma que podía tomarse el presidente Kennedy en la Casa Blanca. Representarla en masa era como darle carpetazo a la lucha de clases, igual que aquella paja a dos manos de la prostituta a Olmo y a Alfredo en Novecento. Todos siendo atraídos por igual a una nueva era.

Desde que empecé a pensar en jugar con Snapchat para Artistas en tiempos del 2.0, Andy Warhol se me antojó como el personaje que mejor encajaba con la app: los filtros, las pegatinas al estilo comiquero, la reutilización de la imagen para someterla a las mutaciones deseadas y, sobre todo, su carácter efímero, que se ha convertido ya en un valor que la mayoría de empresas pretenden monetizar. Para ser sincera, Snapchat parece una extensión más de la obra de Warhol. La red social se ha convertido en el último año en la predilecta de los más jóvenes. El 75% de sus usuarios tienen entre trece y veinticinco años. Muchas marcas y políticos han visto el filón de la app. Por eso, candidatos como Bernie Sanders o Hillary Clinton han optado por abrir la campaña hacia un público más joven (algunos ni si quieran pueden votar aún) y mandar snaps. Lo que hace distinto a esta red social con respecto a otras es que mientras Facebook y Twitter han intentado recuperar información antigua, Snapchat te permite ver cada día contenido nuevo. Los datos no dejan duda: se ven cada día diez mil millones de vídeos que desaparecen a las veinticuatro horas de ser publicados. Ese carácter inmediato y efímero, marca y seña de Snapchat, que antes se veía como algo adolescente, se multiplica y deja de ser un hándicap para pasar a ser un valor.

Cuando Snapchat se creó, permitía mandar videos o fotos que desaparecían tras ser visionados, por lo que una de sus grandes bazas era la privacidad. Tampoco es posible saber los seguidores que cada usuario tiene. Se elimina así esa jerarquía social que sí tiene, por ejemplo, Twitter, donde las “clases” están perfectamente delimitadas. Aquí todo el mundo tiene derecho a sus segundos de fama. La red social amarilla se ajustaba a la perfección a las características estilísticas de la obra y del propio espíritu de Warhol.

El carácter efímero de Snapchat me obligó a buscar la manera de recrear esa destrucción que conlleva todo lo que se publica en ella. Entonces se me ocurrió que la mejor forma de recrear el valor efímero de Snapchat era funcionar con GIFs, otorgarle a la imagen un tiempo de visionado de diez segundos y después convertirla en una capa negra de duración aún más prolongada. También pensé en ponerle fecha de caducidad al texto (pero, xd).

Los snaps que he imaginado para Andy Warhol están llenos de emojis y de pegatinas, colores pop y las frases que el mismo pronunció durante su vida. Reproducir otra vez sus imágenes como el mismo hizo con los retratos de tantos artistas y farándula hollywoodiense, pintarle la cara, insertarle sus míticas frases y el factor igualador me ha hecho sentirme un poco él, salvando las distancias.

El carácter lúdico de la obra pop, incluso de lo que aquí recreo, no niega en absoluto el compromiso social y de lectura histórica. Pues la obra de Andy Warhol funciona a modo de termómetro, no solo para los movimientos sociales que se vivieron, sino también para los que tuvieron lugar en el mundo del Arte.

Snapchat marca los tiempos ahora mismo, el reto de empresas, políticos y personalidades, es adaptarse al lenguaje de la aplicación. Ahora mismo, Snapchat funciona a modo de consolidación de la marca, pero los profesionales del marketing ya trabajan por ver cómo puede rentabilizarlo económicamente.

Andy Warhol se camufla tras sus máscaras a veces frívolas. Yo misma lo he velado y he escondido eso que se vislumbra casi siempre en su obra: a un Warhol preocupado por los asuntos sociales, por la exclusión y sus formas de paliarla, por el desempleo, los sin techo y desde luego la inmigración. Temas de tremenda actualidad.

De Warhol casi todo el mundo se queda siempre con la frase famosa, y parafraseo: “en el futuro todo el mundo va a tener derecho a sus quince minutos de fama”. Ya ni eso. Un tweet ingenioso, un vídeo en Vine, una foto en Instagram… lo que todo el mundo parece olvidar (yo misma incluida) es el tremendo trabajo que hay detrás.

Al haber estado estas semanas en contacto con su obra, he podido comprobar cómo se “trabajó” Warhol, la fama. Al final, lo que se atisba en la obra del artista es que no es tanto trabajar para hacerse famoso, sino hacerse famoso por todo el trabajo que se ha hecho. O lo que es lo mismo, Warhol es todo lo contrario a los “famosos de cuarto de hora” que, por cierto, tanto abundan hoy en día en televisión, twitstars, personas de influencia…VIPS. Quizá Warhol, a su modo un personaje moralizante, encarna como nadie ese planteamiento: la fama fruto del trabajo y no el trabajo para alcanzar la fama.

Snapchat, además, tiene algo que me aterra pero que es muy contemporáneo: una pulsión de muerte tremenda (algo también muy presente en la obra de Warhol). La muerte de la imagen creada en el 2.0 pone de manifiesto lo efímero del mundo en el que pasamos tanto tiempo, el digital. Lo que ayer existió hoy ya no existe. Mi propia experiencia con Snapchat ha sido así. El primer día que cree el perfil FuckYeahWarhol guardé todo los snaps en mi biografía. Ilusa de mí, veinticuatro horas más tarde cuando quise revisar mi biografía digital como Andy Warhol, no había nada de mí. La fragilidad de lo digital emerge con más fuerza que nunca en una red social que no quiere recordar más de un día quién eres, qué has hecho, con quién has interactuado. Snapchat, la red social desmemoriada. Snapchat, me acojonas. Larga vida a Snapchat.