FALSOS AMIGOS

3. JOHN WATERS
POR RUBÉN LARDÍN

Un falso amigo es una traición del vocabulario. Escribir cartas abiertas a desconocidos puede llegar a ser una imprudencia.

En esta sección, Rubén Lardín lanza todas las semanas una misiva no deseada al proceloso mar electrodinámico.

Señor Waters, en qué andas; no sé si podrás oírme porque escribo desde la península ibérica, un puntito negro y colérico que se encuentra lejos de todo y así se siente y se jacta. Si me asomo a la ventana puedo oler recorriendo Europa un fantasma no sé yo de qué signo, así que vuelvo a meter el cuerpo y echo rápido el cortinaje antes de que se me cuele en casa algún tipo de ideología. Luego miro una película tuya y se me asientan todos los males.

Tengo entendido que has dejado de hacer cine por una cuestión de medidas, porque las películas ahora han de ser colosales o de estar por casa, no hay término medio, así que has optado por apartarte un poco del circuito y dedicarte a otras cosas, a escribir, algo que siempre hiciste con mucho talento, y a girar haciendo unos monólogos, unos parlamentos, algo también muy a tu medida porque eres elocuente como un asturiano. El de la comedia de escenario es en los triunfos un formato muy parecido al toreo, aunque en los fracasos es más sufrido porque no conlleva gloria eterna. Pero la gloria eterna es para la gente de gravedad y tú eres muy de la broma.

Una de las cosas que me hace sentirte tan familiar es el humor, y no hablo tanto del sentido del humor como del humor en sí, constante, como vehículo, filosofía y modo de estar. Que estés siempre de humor, esa cualidad tan grande. No sé si habrás oído hablar de eso que ahora llaman los límites del humor, supongo que sí porque los has estirado muchas veces, sabes que están para eso. Aquí se está poniendo de moda explicar los chistes después de contarlos, un asunto gravísimo, un privarnos de la unidad del humor para que nos dispersemos. Poca broma con esto, nen, muy poca, estamos olvidando que con el humor no cabe hacer chistes. Pero la situación es extraña: clamamos por la libertad de expresión y no parecemos darnos cuenta de que esta no va a servirnos de nada sin libertad de pensamiento, y el pensamiento lo tenemos descuidado en memes, relatos edificantes y lacitos de solapa. Por ‘libertad de expresión’ hoy se entiende “expresarse todo el rato”, y así entre la algarabía no habrá manera de escuchar nunca el pensamiento. Te hablo desde España, sé lo que digo.

La necesidad, al fin y al cabo, va a ser siempre la de ser entendido. Para ello tú te has servido de los errores, de las anomalías, has propuesto la anormalidad como ventaja. En tu juventud convocaste ante tu tomavistas a una caterva de monstruos en los que reconocerte y a través de los cuales cambiar el mundo, hacerlo mejor, nunca modificarlos a ellos porque la singularidad es un tesoro, algo a proteger de los elementos. Con ese fin, en tu obra lo has mezclado todo, has mezclado los sexos, has diluido el cielo en el infierno y has entregado unas fantasías que colman todas nuestras curiosidades. Por aquello de que como hombre nada humano te es ajeno, tu propuesta ha sido despojar a todo de su sentido con el fin de comprenderlo, de ahí la atracción que sientes por los asesinos que matan con gusto y carácter, supongo, la llamada de esos individuos que hacen bien el mal. Con tu cine lujurioso y desbocado nos sacas de nuestra burbuja de seguridad, dinamitas el sistema desde dentro sabiendo que esa es la única manera de transformarlo.

Tus magníficos ataques hacia la iglesia católica, por ejemplo, esa organización fascinante, kitsch y plagiaria. Si no la conocieras bien no podrías atacarla con tanto cariño. Te he leído que lo bonito de la iglesia ocurrió antes de la Reforma, que fueron Lutero y Calvino quienes acabaron con aquella mitología de lunáticos que habían sido los anoréxicos y bulímicos de la época, santos deliciosos enajenados en un éxtasis perpetuo. La religión es proveedora y mantenedora de tabúes, y los tabúes son ganzúas para entendernos entre nosotros y para comprendernos todos a una. Es por eso que tú llegaste a estrenar en iglesias algunas de tus películas más infames, va a ser por eso que tienes tantos feligreses y tantos conversos, por algo Disney se basó en Divine para la villana de La sirenita. La religión te hizo descubrir lo prohibido, que para eso está, para ser revelado, te alentó en tu rebeldía y eso es algo que no tiene precio. Demos gracias.

Wilde dejó escrito que el público se siente mucho más a gusto cuando le habla un mediocre, pero el asunto tan malentendido del buen mal gusto ya está muy hablado, no abundaremos ahora. Otra cosa que me acerca a ti es que te asquea la televisión, que a tu decir solo es divertida en los magnicidios, si disparan al Papa. La tele cohesiona, hace a las personas idénticas y rechaza la diferencia, por eso estar en casa mirándola no es vida, la vida está en la calle, pero si decides quedarte en casa ha de ser para estar leyendo, algo así has dicho alguna vez, y que ser rico es poder comprar cualquier libro sin mirar el precio. En esto último se te entiende bien, aunque los que no leen pero se quieren leídos prefieren citarte en aquello otro de que si llegas a casa de alguien y no tiene libros no debes follártelo. Yo, si hago recuento, advierto que algunas de las personas más agradables que he ido conocido en mi trayecto no habían leído un libro en su vida, pero sé lo que quieres decir.

Al final todo tiene un sentido, con libros o sin ellos todo se va explicando como lo explicaron Buñuel, Pasolini, Genet, Russ Meyer, Herschell Gordon Lewis, Visconti, Fassbinder, Keneth Anger, los Kuchard, William Castle… Fíjate que, de esa lista, la mitad son maricones. Si vivieras aquí también Nazario estaría entre tus influencias, un día te hablaré de él. Nazario, que utiliza con precisión las palabras, dice que por muy gay que seas no dejas de ser maricón, que es algo que a mí me habría gustado ser para contar con los privilegios originales del homosexual, que consistían en eludir un poco la tiranía biológica, esta rémora. Pero por maricón ya no sé qué se entiende hoy en día. Tú tienes un físico delicado y frágil y la pluma justa para por ejemplo llevarte a la vista unos impertinentes, tampoco más, pero está claro que eres un hombre presumido. Me es fácil imaginarte dando cuerda a un reloj de bolsillo, instalado en el dandi, para a continuación comerte un drácula, refrescándote, una cosa no quita la otra. Tu elegancia ya no es cuestionable porque la has ido dando a conocer mucho, pero durante un tiempo sorprendía a quienes creían conocerte por tus películas, por escenas como aquella donde Divine se zampaba una mierda para hacerse famosa, algo que hoy hace mucha gente, ¡dedican sus vidas!

Para el dandismo es imprescindible un bigotillo de adulto pero no del todo. Un bigotillo fino y sinuoso, aunque lo tuyo no es tanto un bigotillo como un bigotín, casi un delineado labial. Porque tú eres aristocrático pero como hay que serlo, como parodia, por eso te lo maqueas con eyeliner del mismo modo que en tu casa, estoy seguro, todas las servilletas tendrán ojal para colgárselas de un botón de la camisa. Un babero adulto y un bigote infantil, me parece óptimo. El bigote es además un sello de garantía en sus dos acepciones: unas veces certifica a un dandi y otras delata a un impostor. Las barbas serían una cuestión más compleja. Una barba o es antigua o es moderna pero nunca es del todo adecuada, porque es máscara y refugio, es quererse impenetrable por pretenderse alguna cosa, cuando detrás de una barba siempre va a haber un imberbe, el hombre desnudo.

Yo a ti siempre te he visto como a un accionista, mira lo que te digo, y no hablo de especuladores sino de artistas vieneses. Tu misión ha sido ponernos nerviosos, soltar una rata en un avión, que el cine huela, que apeste a ser humano, que sea una fiesta y una fiesta es por definición un atentado. El modelo de conducta, en muchos aspectos, has sido tú. Además del humor, la que más envidio entre tus cualidades es el control absoluto del peligro, y supongo que por eso se está tan cómodo en tus películas, porque en ellas el fiel de la balanza vibra en el punto exacto donde sensatez y temeridad se alían. Tampoco tengo mucho más que decirte y no quiero que me hagas caso. Hay que protegerse de quien te dice lo bueno que eres, lo bien que lo haces, lo mucho que le gustas. Hay que protegerse de esas personas que quieren aniquilarnos. Lo que sí me gustaría es desearte una larga vida. Una que lo haya contenido todo.