Hace un par de meses, un día que me pilló por Barcelona, Rafa Montilla me pidió que escribiera un artículo para este invento llamado O sobre mi nueva vida entre Londres y España. La conversación transcurrió más o menos así:

Rafa: Me gustaría que escribieras un artículo sobre tu nueva experiencia en Londres.
Yo: ¿Mi experiencia personal o laboral? Rafa: ¿Acaso son divisibles? Yo: ¿Mi experiencia personal o laboral? Rafa: ¿Acaso son divisibles? Y así.

No es que yo no sea tozudo, pero Rafa es imbatible, por lo que en los capítulos anteriores he intentado combinar ambas cosas y así lo seguiré haciendo, si vienen más.

Pero el tema es que solo llevo siete meses aquí y eso es muy poco tiempo para emitir grandes juicios sobre mi experiencia laboral. Lo que sí puedo hacer es ceñirme a lo concreto y comparar determinados procesos o eventos de nuestro trabajo, cosas del día a día. Y para empezar, creo que lo justo es ir directo a lo que más nos importa a los profesionales del sector: los saraos de empresa.

Las fiestas de agencia son, desde el primer día que empiezas a trabajar en publicidad, uno de los motores que te empujan a seguir reptando por debajo de las alambradas a lo largo del año. En muchas agencias se designa meses antes un comité secreto que se ocupa de idear y organizar la fiesta. He estado tres veces en ese trance y puedo asegurar que es el encargo con más presión del año. Porque lo que está en juego es la felicidad de tus compañeros y sabes que si fallas tendrás que enfrentarte a una turba de borrachos descontentos. Pero también porque en las fiestas se puede medir el estado de ánimo de una agencia. Incluso su salud. Una agencia con energía, con buen rollo, suele desembocar en una gran fiesta. Y al revés, una gran fiesta puede funcionar como un desfibrilador para una agencia entristecida. Por eso rara vez decepcionan.

En aquel momento parecía
una buena idea.
Crónica de un redactor asturiano
en Londres.

(Capítulo 4)

En aquel momento parecía una buena idea. – O Productora Audiovisual

Una de las fiestas en “la oficina” de El lobo de Wall Street

por
Pipo Virgós

En estos años me han llevado a Lanzarote, a Ibiza, a Ámsterdam, a lo alto de la torre de comunicaciones de Collserola, a los hoteles más pijos de Barcelona y de Madrid o a un club de swingers, por ejemplo. Y he comido catering de El Bulli varias veces. Me he disfrazado de It, el payaso asesino de Stephen King, del batería de Guns N’ Roses, de la Reina Sofía (aunque algún cabrón dice que me parecía más a E.T. cuando lo visten de mujer), de gánster cubano y de los Beastie Boys. Pero sobre todo he visto a un redactor multipremiado golpear a un actor del pasaje del terror por haberlo asustado, a un becario agarrase a la barandilla de un barco para vomitar mientras el presidente de la agencia le gritaba (demasiado tarde): “Siempre a barlovento, nunca a sotavento”, me he fotografiado con Las Supremas de Móstoles y he visto a un director general en la recepción de un hotel de cinco estrellas pagando un minibar, el electrodoméstico, al que alguien había arrancado la puerta. Todo esto por poner algunos ejemplos que puedan leer los niños.

Y este año he asistido a mi primera fiesta de agencia en suelo inglés.

Decía Oscar Wilde que lo que nos diferencia es puramente accidental: el vestir, las maneras, el tono de voz, las opiniones religiosas y demás; que cuanto más se analiza a las personas más deprisa aparecen las razones para dejar de hacerlo; y que antes o después se llega a esa terrible condición universal llamada naturaleza humana. No puedo estar más de acuerdo, con el único matiz de que los españoles tendemos a llegar más tarde que pronto a la naturaleza humana y los ingleses más bien antes que después. Y ahora me explico.

Durante la semana previa, el grupo de brasileños me había estado prometiendo una bacanal en toda regla. Hombres, mujeres y el departamento de IT ebrios desde el minuto uno de la fiesta, decían. Cada vez que me los cruzaba por el pasillo insistían: “No te lo puedes perder, es algo único”.

La fiesta se celebró en la magnífica terraza de las oficinas de la agencia, en el día de más calor que se recuerda en Londres desde el gran incendio de 1666. treinta y cuatro gradazos coronados por un fallo en el sistema eléctrico del edificio que nos dejó todo el día sin aire acondicionado. Desde primera hora de la mañana, miraras donde miraras, solo veías gente semidesnuda y sedienta. La verdad, la cosa prometía. Y más aún cuando me enteré, tarde como siempre, de que la fiesta tenía el mar como motivo temático. Había alguna gente disfrazada de marineros, sirenas y otras cosas relacionadas con el mundo marino, había una barra con forma de galeón, una piscina hinchable, unos cuantos animadores disfrazados de Jack Sparrow, música ambiente chill-out y una extraña bebida azul. Todo fetén. Pero todo tranquilo. ¿Y la fiesta que me habían prometido?

Me tomé la primera y la segunda cervezas con un grupillo de compañeros ingleses. Y seguíamos sin noticias del pandemónium cuando mi vejiga empezó a apretar. En una fiesta de más de cuatrocientas personas no es de extrañar que los tres servicios tuvieran sus puertas cerradas pero, por los sonidos que provenían del interior, o habían encerrado ahí al kraken o ya había gente vomitando. Y no llevábamos ni una hora de fiesta.

Nada más salir de allí me encontré con Iván, un chico de Bilbao muy majo que trabaja de camarero en la agencia, y me arrimé con él a los colombianos del departamento de mantenimiento (para mejorar mi inglés). Cuando les conté cómo me había encontrado el baño me dijeron: “Eso no es nada, fíjate cómo van. En la fiesta de Navidad recuperamos más de quince tangas por todo el edificio”.

Y tenían razón, el bosque no me estaba dejando ver los árboles. El grupo seguía ahí, moviéndose acompasadamente como una bandada de pájaros al ritmo de la música chill-out, pero ahora sí podía distinguir en los chicos la mirada febril de los balleneros al bajar a tierra después de años en el mar, años sin conocer hembra; y en ellas el grado de excitación de un grupo de adolescentes que entran por primera vez en una discoteca. Y en todos podía ver la sed de Mr. Hyde. Eran las 19:30 y la cosa solo podía empeorar. O mejorar, por supuesto, según se mire.

A las 20:00 alguien se cayó a la piscina de juguete, desmontándola y derramando el agua por el jardín, convirtiendo aquello en un barrizal. A las 20:30 se acabó la sidra. A las 21:00 ya era fácil distinguir a los que no llegarían a casa esa semana. A las 21:30 un hombre empapado se empeñaba en invitarme a una cosa llamada Jaggerbomb. A las 22:00 decidí irme. A las 22:30 cortaron la música y unos cuántos conseguimos escapar por la puerta de atrás del edificio (lo sé, lo sé, pero tenía invitados en casa y no era cosa de no aparecer).

De todos modos ya tenía mis fuentes y, a parte de la versión oficial que habla de 1.764 cervezas, 180 botellas de vino y 31 de vodka consumidas, puedo contaros que esta vez el número de tangas no llegó a diez, según me filtraron con cara de “ya, yo también esperaba más”, pero a cambio alguien había roto uno de los lavabos. Seguramente el kraken.

Llegados a este punto, podría cerrar esta crónica con la mítica frase de Rutger Hauer en Blade Runner, aquella de “he visto cosas que vosotros no creeríais” y tal, pero creo que a esto le va más la de Carmen Maura en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón: “Hagas lo que hagas, ponte bragas”.