En aquel momento parecía una buena idea. Crónica de un redactor asturiano en Londres.


(capítulo 3)

Por Pipo Virgós

Dejé la carrera de Derecho al terminar el tercer curso. Me harté de las leyes, mi novia se hartó de mí y me cogió una ventolera existencialista que me llevó a Barcelona, donde ya vivía mi hermano mayor Jorge. El plan, si es que había un plan, era buscarme la vida mientras decidía si quería hacer el segundo ciclo de periodismo o el de comunicación audiovisual. De aquellas, mi hermano trabajaba en una agencia de publicidad llamada *S,C,P,F… (el asterisco y los puntos suspensivos son parte del nombre) y a Toni Segarra, la “S”, le pareció buena la idea de que yo hiciera unas prácticas allí hasta que me centrara. Nunca le pregunté por qué. Aunque después de un tiempo allí comprendí que la pregunta correcta nunca es esa sino la contraria. Y así, casualidades de la vida, el día de mi vigesimoprimer cumpleaños empecé en esto de la publicidad. Aquello me pareció Disneylandia. Entraba más o menos cuando quería, salía de madrugada, no siempre sobrio, y los viernes íbamos en manada a comer a El Pescadito de L’Illa, de donde se volvía, no siempre sobrio (otra vez), para pasar la tarde cantando a Tomeu Penya “de tot cor”. Si un día no había trabajo, nos quedábamos jugando al diccionario. Si había mucho, lo hacíamos entre todos. Habían pasado dos años cuando tuve conciencia por primera vez de que aquello era un trabajo; cuatro hasta que decidí que sería mi profesión.

Si cuento todo esto es porque es importante para entender lo que se me pasaba por la cabeza cuando, quince años más tarde, en víspera del día de Reyes, crucé el umbral de una multinacional con más de cuatrocientos empleados, moqueta gris, luz blanca y techo microperforado. Sentía que me había formado a bordo del Unicornio y ahora estaba entrando por mi propio pie en la Royal Navy. Hubiera corrido escaleras abajo, pero eran escaleras mecánicas y ya me caí una vez en una cinta de correr en un gimnasio. Suficiente ridículo para una vida entera. Y lo que vino después no hizo más que confirmar mis sospechas de que las nuevas experiencias que estaba buscando no me iban a decepcionar.

Nada más presentarme en recepción me entregaron una tarjeta de seguridad provisional que no funcionaba, cosa de un fallo informático que debía solucionarse en las próximas horas. O eso dijeron. En un edificio de semejante calibre, por el que pasan cientos de personas cada día, entiendo que es importante mantener un cierto control del tráfico de personal, así que cada planta tiene sus puertas equipadas con su lector de tarjetas. Lo que no entiendo es por qué el baño está en el lado de fuera.

Una vez dentro, me abandonaron en una mesa vacía y me convocaron a una serie de reuniones de bienvenida: con el departamento de IT para conocer los protocolos de seguridad, con el departamento de recursos humanos para repasar todo el papeleo que tendría que rellenar y firmar (incluido un formulario con mis beneficiarios en caso de defunción, una posibilidad que empezaba a ver más cercana ahora que veinte minutos antes), con las personas de mantenimiento del edificio para hacerles saber mis necesidades logísticas y con el guardia de seguridad para que me hiciera la foto para la tarjeta de seguridad definitiva (a los que piensan que nunca se sale tan feo como en la foto del pasaporte solo puedo decirles que prueben a hacerse una foto para una acreditación que van a utilizar todos los días y que se pongan en manos de un hombre armado con una Panasonic digital de la era en que los megapíxeles se contaban en fracciones, y dotado con el talento que le sobró a Dios cuando creó a Richard Avedon).

Para cada reunión estaba citado en un lugar diferente del edificio: en la sala Rogers, en la sala Golden Gate, en la sala de reuniones del departamento de Recursos Humanos de la cuarta planta o en la mesa de noséquién. Me pasé el día cruzando puertas que nunca sabía si podría volver a cruzar, porque la maldita tarjeta nunca funcionó. Llegué tarde a todos los encuentros. Y cada vez que salía de una planta aprovechaba para ir al baño como quien va antes de subirse al coche, no vaya a ser. Hasta la última reunión, que consistió en un tour guiado para que no tuviera problemas para ubicarme. Me enseñaron dónde estaba la sala Rogers, dónde la Sala Golden Gate y dónde el departamento de Recursos Humanos. Glorioso. Por lo visto los ingleses no solo conducen por el otro lado, también tienen la agenda al revés.

Otros datos relevantes que fui aprendiendo en los primeros días son que aquí se come entre las doce y las dos, que no quiere decir que tengas dos horas para comer sino que en esa franja horaria tienes quince minutos para hacerlo, y que, como en todo buen portaaviones, hay una cocina capaz de hacerse cargo del rancho de toda la nave a precios populares. Todo muy digno excepto la tortilla española; ese día prefiero ir a buscarme un bocadillo. O ayunar. También hay un servicio de mensajería interno a la vieja usanza. A la muy vieja usanza. Cada mañana y cada tarde un señor se pasea con un carrito por los pasillos repartiendo el correo. Se da un aire al mítico bibliotecario de la cárcel. Algún día voy a comprar tabaco a ver qué puedo conseguir por unos cuántos cigarrillos.

Esa misma semana nos convocaron para un encuentro de toda la agencia en un cine de South Kensington. Un cine enorme. Y aún hubo gente que se tuvo que sentar en los pasillos. Vi desfilar batallones de planners, de project managers, de community managers, de diseñadores, de redactores, de directores de arte, de todo y de más. Y allí, todos reunidos en comunión fraterna, repasamos el trabajo del último año y conocimos los planes de la agencia para el próximo trienio. Fue una presentación bastante extensa en la que se comunicaron ascensos, reestructuraciones y oportunidades de negocio. Y, a pesar de todo eso, lo más celebrado fue el anuncio de que se iba a quitar la vieja moqueta sintética para reemplazarla por una nueva moqueta sintética. Así son las oficinas y así somos la mayoría de los publicistas: nos parece más divertido mirar el dedo que la Luna.

Llegué al primer viernes albergando pensamientos suicidas y preguntándome si en ese caso los beneficiarios de mi seguro cobrarían su pensión. Y de repente, cuando ya estaba contando los minutos para salir pitando, oí el tintineo inconfundible que hacen las botellas de cristal en movimiento. Por la puerta de mi planta estaba entrando un carrito lleno de bebidas, cubos repletos de hielo y cerveza y algunos brebajes de alta graduación. En España hubiéramos salido todos a su encuentro corriendo como posesos para ser los primeros. Aquí no. Aquí cada uno esperó pacientemente en su sitio a que el carrito pasara a su altura para recibir su ración. Y entonces lo vi claro: esta gente hizo de la piratería un arte. Saben que un entorno apropiado estimula la creatividad igual que una moqueta sintética estimula la electricidad estática. Pero también saben que un barco pirata no lo hacen ni su casco ni sus velas. Ni siquiera su bandera. Un barco pirata lo hace su tripulación. Y una buena ración de grog. Así que me pedí una London Pride y me senté a esperar. Quién sabe, quizá alguien se anime a cantar a Tomeu Penya.