En aquel momento parecía
una buena idea.

por Pipo Virgós

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Crónica de un redactor asturiano en Londres.

Especial verano

En aquel momento parecía una buena idea. – O Productora Audiovisual

El 1 de julio no se vio una nube
en todo el día y se alcanzaron los treinta
y cuatro grados en Londres.

Ese día los trenes se detuvieron en las vías. Las autoridades explicaron que era porque los railes son viejos y había riesgo de descarrilamientos a causa de la dilatación. Pero la verdadera razón era que un día así no se podía pasar enlatado. Y los perplejos viajeros abandonaron los vagones como en esos finales de película en los que se han muerto ya todos los extraterrestres y la humanidad puede reencontrarse tranquila en las devastadas calles. Ese día se estropeó el aire acondicionado en mi empresa y los jefes nos enviaron un mail a todos invitándonos a salir del edificio. Y por una vez no importaron ni la productividad ni los clientes. Y yo sigo sospechando que todo fue obra de un saboteador, porque un día así tampoco merecía vivirse entre cuatro paredes.

Ese día los parques se abarrotaron de gente que disfrutaba del olor dulzón de las petunias y las lobelias. Y entre los árboles verdes, tan verdes como solo se ven los árboles del norte en los días soleados, los hombres se remangaban las perneras y apoyaban sus cabezas en sus americanas dobladas a modo de cojín, mientras que las mujeres extendían las toallas y lucían sus bikinis olvidados desde Málaga o Canarias. Y ese día lo blanco se tornó rojo. Ese día se agotaron las existencias de barbacoas portátiles en los establecimientos de ferretería y menaje del hogar. Y los improvisados domingueros de miércoles por la tarde se impregnaron una y otra vez de carbón y química de pastillas incendiarias hasta que no les quedó más remedio que preguntarle a maestro Google.

Ese día la gente mayor se hartó de repetir que no recordaba nada igual desde el 62. Y los más jóvenes nos apuntamos bien el año, sabiendo que llegará el día en que los mayores seremos nosotros y habrá otros jóvenes que nos escuchen hablar del 2015. Ese día mucha gente descubrió la heladería Marine Ices de Chalk Farm Road, que había permanecido todo el año oculta tras las capuchas y paraguas. Y los sorprendidos londinenses probaron por primera vez sus deliciosos helados de pistacho, fresa o caramelo. ¡Qué cosa tan maravillosa era aquella!

Ese día, como casi todos los días, se averió el metro en la estación de Hyde Park Corner. Y aunque estábamos tan cerca de sus interminables campos de hierba verde, de la sombra de sus árboles y de las frescas aguas del Serpentine, aquel paraíso nos quedaba ahora muy lejos. Porque esa vez nadie nos invitó a disfrutar del exterior. Y las camisas se empaparon de sudor y los aromas ya no eran de petunias ni lobelias. Pero todos sonreíamos felices al saber que ese era un día que difícilmente volveríamos a vivir, porque ese día fue verano en Londres.