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La vida secreta de los gatos en el cine o Del experimental como cine gatuno – O Productora Audiovisual

CINE


O DEL EXPERIMENTAL COMO CINE GATUNO

POR EULÀLIA IGLESIAS

La vida secreta de los gatos en el cine o Del experimental como cine gatuno – O Productora Audiovisual

Antes de que se convirtieran en los reyes de YouTube y la Red se llenara de GIFs, Vines y vídeos con gatos desafiando, sin quererlo, la ley de la gravedad, tocando el teclado, durmiendo en posturas imposibles, marcando territorio frente a un perro, escurriéndose de niños gamberros que acaban probando de su propia medicina, acumulando capital o asustados por pepinos, estos animales ya habían protagonizado múltiples películas caseras de la mano de reconocidos pero oscuros cineastas. Por aquí unos apuntes para una antología felina del cine de no ficción y experimental.

Lo sentimos, YouTube. Aunque la cantidad de vídeos de gatos que proliferan por la plataforma agrupados muchas veces en recopilaciones temáticas (los subgéneros del cine felino YouTubero incluyen desde gatos-que-resbalan-en-el-parqué a gatos-encajando-en-los-recipientes-más-mínimos, pasando por clásicos como gatos-persiguiendo-su-propia-cola o epic-fails-literales-de-gatos) es innumerable, la mejor película casera con gato se remonta a los años cuarenta del siglo pasado. The Private Life of a Cat, de Alexander Hammid y Maya Deren, representa un hito en tanto se trataba de la primera vez que unos cineastas convertían a sus gatos en protagonistas de un film. A lo largo de su media hora de metraje, The Private Life of a Cat deviene una docuficción ejemplar, una lección de narrativa cinematográfica a partir de la construcción de una historia con un protagonista no humano. Situando la cámara a la altura de su minina, Hammid y Deren urden un relato a la manera clásica pero desde el punto de vista del animal. Con su prólogo que presenta a los dos protagonistas y justifica el posterior embarazo de la gata hasta el seguimiento del proceso de preparación del parto, pasando por los rácords de mirada entre los dos mininos y los intertítulos que puntúan la diacronía de la historia hasta el final feliz estandarizado, The Private Life of a Cat se erige como la historia de un gato doméstico idealizada a través del cine.

Aunque se aparte de la práctica ausencia de narratividad que caracteriza la mayoría de vídeos de gatos online, Hammid y Deren sí que anticipan, a través de la antropomorfización de la vida de sus gatos, el interés que surgirá pocos años después en el cine experimental por convertir la esfera privada del propio cineasta (desde los instantes más fútiles de inactividad a momentos tan vitales e íntimos como el del parto) en el centro de la película. Y con primeros planos tan hermosos como los del vientre de la gata con los pezones hinchados que dan prueba de su gravidez también apuntan a la futura inquietud en torno a cómo se filma un cuerpo desde la intimidad documental.

Aunque Andy Warhol dedicó una serie de litografías a gatos en su época pre-pop art, estos animales apenas tienen presencia en su práctica cinematográfica. Excepto en Eat, en que la única distracción durante los tres cuartos de hora en que contemplamos a Robert Indiana comerse un hongo es el largo cameo del michino del autor de LOVE. Sin dejar de masticar, Indiana sostiene orgulloso a su mascota ante la cámara como si de un screen test gatuno se tratara… Desde el film pionero de Deren y Hammid hasta llegar a piezas como las de Guy Sherman, los gatos han sido algo más que una presencia caprichosa en el cine experimental y se podría aventurar la idea de hasta qué punto han contribuido a articular las características de este cine de no ficción.

En De Poes, Johan van der Keuken convirtió a su gato en el vehículo para subvertir desde el experimental los preceptos del cine convencional. Según explicaba él mismo, la película responde a una invitación que recibieron él y otros cineastas para conformar un largometraje en que cada pieza arrancaba con el último plano de la anterior. A Van der Keuken le tocaron unas imágenes típicas del thriller (un revólver disparando…), pero en lugar de seguir por este camino genérico, reivindicó a través de su mascota y también desde la voz en off la vocación de un cine que rompe con las expectativas del espectador.

Chris Marker, el cineasta gatuno por excelencia, articuló como nadie la idea del gato como álter ego del cineasta experimental, musa y cómplice de su proceso creador y figura recurrente de toda una cinematografía. Guillaume-en-Egypte es una presencia continua en la multiforme obra del francés, pero nos quedamos con el haiku que le dedicó en su Bestiario, Chat écoutant la musique, en que contemplamos a Guillaume en una actividad de aparente inacción: escuchar a Frederic Mompou, uno de sus músicos preferidos. Agnès Varda convirtió a Guillaume en el portavoz de un Marker siempre huidizo en su visita al taller del director de La Jetée en Agnès de ci de là Varda. Ella misma también ha profesado su vinculación a los gatos a lo largo de su filmografía. Y entre los extras de Los espigadores y la espigadora se encontraba su Hommage a Zgougou, tributo a su animal de compañía más querido.

En 1959, Stan Brakhage había filmado otra obra pionera, Cat’s Cradle, una pieza de febril sensualidad que se adentraba en el círculo íntimo de dos parejas, las formadas por él mismo y su por entonces esposa Jane, y la de Carolee Schneemann con el músico James Tenney, con el gato de la artista Fluxus, Kitch, como mediador y testigo. Carolee nunca se acabó de sentir cómoda con el rol que Brakhage le hizo jugar en la película, por ello convirtió su obra Fuses, donde aparece haciendo el amor junto a James, en una suerte de respuesta dialéctica a la pieza de Brakhage que replanteaba la representación del cuerpo y la sexualidad de la mujer, con el mismo protagonista felino de testigo. Kitch de hecho es una figura recurrente en la filmografía de Schneemann, el punto de vista que contempla desde una íntima impasibilidad (la perspectiva cat-on-the-house como una versión más próxima y autoconsciente del fly-on-the-wall) la vida cotidiana de la mujer y su pareja, aquí y en otros títulos como Kitch’s Last Meal.

Aunque es Infinity Kisses – The Movie su película con mininos más rompedora. Si The Private Life of a Cat es pornocute nivel hardcore extremo, en el otro extremo podríamos situar este ejemplo perfecto de la vocación subversiva de una artista que practicaba performance con carne cruda o leía manuscritos recién desenrollados de su propia vagina. Inifinty Kisses – The Movie transgrede los límites de la ternura que se les supone a los vídeos de gatos para explorar territorios más incómodos. El vídeo es una sucesión casi infinita de fotos de Schneemann besando a sus animales. La proximidad de la cámara, la actitud de la artista, lo bruto de la estética y el dispositivo de pantalla partida que sitúa cada imagen junto a una ampliación desenfocada de algún detalle de la misma (a la manera de los primeros planos genitalocráticos del porno) producen un efecto revulsivo al plantear una erotización explícita de los vínculos entre la protagonista y sus gatos. La plasmación visual de la naturaleza subversiva del concepto “loca de los gatos”.