INSTAGRAM ANTES QUE INSTAGRAM. La serie que pretendo realizar se centra en la fotografía pre-Instagram, entendiendo por pre-Instagram aquella fotografía realizada independientemente de la era internet. Me gustaría, sin embargo, aproximarme a esta fotografía en bloque desde el lenguaje que se usa en el contexto de lo digital, desde el denominado #hashtag, que abordaré atendiendo a la expresión de diferentes autores y autoras, temáticas o géneros de la fotografía muy concretos y que hoy disfrutan de gran popularidad en la red.

Por Déborah García

#SELFIE #ME

Siempre he querido hacer esta serie. Hacerla es hacer memoria, y eso es lo que se hace cuando nos colocamos ante el móvil y nos sacamos infinitas fotografías, las mandamos por WhatsApp o las subimos a Instagram. Siempre he querido hacer esta serie, hacer una especie de arqueología del hashtag, de la etiqueta, y viajar. Iniciar un viaje del gesto, ver quiénes lo hicieron antes, recuperarlos y, en definitiva, sacar conclusiones. Decantarme por el selfie como primera opción era decantarme por la reina de Instagram. Es la etiqueta más utilizada en el 2016: #selfie, #me, #myself, #selfportrait… En este scroll infinito en el que nos movemos, me apetecía recuperar los mismos gestos de quienes se fotografiaron, porque tanto en pintura como en foto, casi todos los artistas han caído en el deseo de representarse.

¿Por qué repito el gesto? ¿Qué hace que me fotografíe? ¿Qué hace que todo el mundo se fotografíe y estampe su cara en cualquier red social? El fenómeno del selfie nos hace remontarnos hasta la época del Tell el-Amarna donde Bak, el escultor del faraón Amenofis IV y de su esposa Nefertiti, talló en una estela de cuarcita su autorretrato y el de su esposa Taheri. Por alguna extraña razón, pienso en Ed van der Elsken fotografiándose ante el espejo, con su mujer, dejando su marca en la obra. Rápidamente recuerdo otra foto de su esposa en la que aparecen con un gato negro, y me acuerdo de una foto mía en la que aparezco con mi novia, con nuestro gato. El gesto descansa debajo del gesto. Nada parece nuevo, ni viejo, solo soterrado, apareciendo casi de manera instintiva y relacionándonos a todos en la forma en la que interactuamos con nosotros mismos y con los demás.

Me veo obligada a pasar de puntillas por la pintura, pero es que fueron la pintura y más tarde la fotografía las que popularizaron el autorretrato, hasta el punto de que no existe artista que no se haya inmortalizado alguna vez. Todo artista, independientemente del medio, todos se han aproximado al retrato.

¿Qué artistas dedicados a la fotografía exploraron y podrían haber explotado las etiquetas #me y #selfie? Pienso en Jan van Eyck cuando coló su nombre en el Retrato del matrimonio Arnolfini, en un espejo, detrás de la pareja. Igual que su “Johannes de Eykc fuit hic” (es decir, “Jan van Eyck estuvo aquí”) revela la presencia en el lugar del pintor, automáticamente veo deslizándose por el cuadro la forma en que Vivian Maier se plasmaba en sus fotografías, a veces como reflejo, otras como sombra, pero siempre introduciendo su propia figura como una parte fundamental de su obra. La fotógrafa niñera a la que se ha encumbrado en los últimos años como una de las representantes más importantes de la fotografía callejera no dejó jamás de fotografiarse. En esa misma línea del autorretrato-firma podemos encontrar la sutil presencia de Imogen Cunningham.

El autorretrato es una exploración, una revelación, y en último caso una creación. La catarsis, el descubrimiento o el deseo de autoafirmación son motivos que están detrás del gesto infinitamente repetido de colocarse ante el objetivo e inmortalizarse.

#CATARSIS #EXPLORACIÓN #AFIRMACIÓN #DAVIDNEBREDA #FRIDAKAHLO #SCHIELE

El autorretrato parece surgido de algún rito ancestral en el que un doble de la persona es lanzado al fuego para consumirse y así conjurar los demonios. Algo así sugieren algunos retratos.

Pienso en las obras de Egon Schiele, y sobre todo en el trabajo de Frida Kahlo, que postrada en la cama veía constantemente gracias a un espejo colocado en el techo su cuerpo siempre enfermo. En el autorretrato, Frida encontró una forma de explorar su sufrimiento y de exorcizarlo, una terapia. Me viene a la cabeza la obra del artista madrileño David Nebreda, un artista al que en este texto le sobran los epítetos. No mencionaré ni uno solo de esos con los que se ha reivindicado, o tal vez vendido, su obra. Independientes de él, sus retratos con su cuerpo herido, sus heces y sus quemaduras dan buena cuenta de la forma en la que la fotografía de Nebreda, aun estando él aislado del mundo (el fotógrafo vive sin contacto alguno con el exterior), se comunica con un tipo muy concreto de instagramers que hacen de la anorexia, y del cuerpo y la delgadez, el epicentro de sus galerías virtuales.

#VIVIANMAIER #ME
#IMMOGENCUNNINGHAM #SELFIE #SELF-PORTRAIT
#MYSHADOW #LEEFRIEDLANDER

Durante los años sesenta del siglo XX, Lee Friedlander abordó en la calle, con su fotografía, infinidad de temas, pero entre ellos destacan sin duda sus personalísimos retratos. Igual que Vivian Maier, Friedlander se mostró en los reflejos de las superficies metálicas o colando su propia sombra en el encuadre. Su presencia en sus fotos era su firma. Aunque destacó en muchos géneros de la fotografía, y sus portadas para Atlantic Records y retratos de músicos de jazz son míticos, jamás dejó de practicar el autorretrato. De igual manera exploraron la inclusión de la sombra László Moholy-Nagy, André Kertész o la fotógrafa Lotte Stam-Beese. La silueta introducida en la imagen pasó de ser un gazapo a un signo de afirmación del artista. La sombra de Friedlader funciona en sus fotos como una suerte de doppelgänger, de álter ego, que se fusiona con mujeres, peluches, mobiliario, o con la vegetación del Gran Cañón en Arizona. La sombra es sin duda el elemento más interesante en los autorretratos de Friedlander, que convierte un error1 común de principiante en un leitmotiv sublime e interesante.

1. En los primeros años del siglo XX la aparición de la sombra en una fotografía era considerada una falta de habilidad del fotógrafo. Sin ir más lejos, en 1905 existía ya un anuario general de fotografía que recogía está clase de errores.

#EXPLORACIÓN
#CELEBRITIES
#2.0 #WARHOL
#ALBERTODURERO
#GUSTAVECOURBET

Y no solo como firma… El autorretrato también ha buscado la consolidación del artista y ha dado forma a lo que debía ser. El artista siempre ha sido consciente del poder que tenía para proyectarse. El ejemplo más claro está en la pintura es Durero, un pintor que parecía estar embebido por su propia imagen. Se exploró durante años, hasta el punto de que se convirtió en modelo para su propia obra Cristo, Varón de Dolores. Durero, como hoy en día James Franco o Justin Bieber, usaba el autorretrato como una forma de autopromoción, y es tal vez este tipo de autorretrato el que más entronca con las RRSS, esa idealización, y también dramatización, esa especie de poetización extrema de la imagen.

MODO BELLEZA ON, 100%

En el siglo XIX, Courbet pintó una serie de alegorías sobre la vida del autor donde se autorrepresentaba en el terreno de lo imaginario, como si se hubiese photoshopeado en diferentes situaciones igual que hoy en día se cuelan los selfies de muchos anónimos con las celebrities del momento. Tampoco puedo olvidarme de Rembrandt, que ni se idealizaba ni se proyectaba, solo se pintaba. This is me, this is who I am. En los autorretratos de Rembrandt podemos encontrar la evolución física y psíquica del pintor. Es una exploración de su ser, sus cuadros son testimonios del paso de la vida en su propio óleo-cuerpo.

Rembrandt comparte con Durero el hecho de emplearse como modelo, sus autorretratos servían para experimentar formalmente. Sin embargo, cuadro a cuadro, grabado a grabado, sus más de cincuenta obras muestran su vida como si se tratara de su galería de Instagram.

Somos testigos de los cambios que se suceden en su vida: riquezas, ropas, mujeres, juventud, vejez y, finalmente, enfermedad. Rembrandt saluda a James Franco, a Justin Bieber, los saluda a todos, saluda a las Kardashian, se presenta como un actor que performa una y otra vez su propia existencia. Fotógrafos de la talla de Robert Mapplethorpe, Andy Warhol o Claude Cahun personificaron a los largo del siglo XX estos tableaux vivants que ya podían intuirse en el Autorretrato con atuendo oriental de Rembrandt. Una teatralidad que encuentro, más incluso que en esos grandes nombres que cito, en la fotografía de Cindy Sherman, en sus retratos que ella no considera tales. Su manera de ironizar sobre los estereotipos de género y los tópicos estadounidenses también está de plena actualidad.

De este retrato que explora surge en cambio un selfie que hoy es generalizado en nuestro día a día digital, ese selfie que en cierta forma yo llamo basura, no porque no tenga valor, sino porque se presenta a sí mismo como un desecho, una foto que haces sin pensar casi, de manera automática, y que compartes. Una foto cuyo único valor es el constatar que subimos un selfie a esa hora, ese día, lo que se llama un autorretrato-biográfico, retrato que entronca con esa tendencia obviamente más dilatada en el tiempo (aunque tecnológicamente hoy nos cueste menos conseguir un selfie), y con el trabajo de pintores como Van Gogh y de fotógrafos como la donostiarra Esther Ferrer2.

2. La obra Autorretrato en el tiempo, desarrollada entre 1981 y 1999, es un buen ejemplo. Compuesta por doce composiciones fotográficas, cada una con dos mitades del rostro de la artista unidas por el centro, concebida como un work in progress, se desarrolla con imágenes que abarcan un espacio temporal de cinco años en los que la artista ha ido fotografiando su rostro de manera que los lados derecho e izquierdo son combinados cada uno correspondiendo a un momento distinto. La imagen de cada fotografía ocurre en un tiempo concreto, pero también en un espacio concreto. Uniendo el antes y el después nos muestra el deterioro que provoca la vida, cómo el tiempo nos transforma, cómo la persona, aun siendo la misma y conservando determinados rasgos, cambia, se modifica, permaneciendo solo la identidad inalterada, cómo envejecemos de manera visible.

#cahun
#Vangogh
#sherman
#schiele
#fontcuberta

Si algo queda claro a estas alturas es que, desde la autopromoción que buscaba Durero, de la catarsis de Nebreda o el deseo de romper estereotipos de Sherman o Cahun, más allá del deseo de registro de Van Gogh y del narcisismo de Schiele, el autorretrato es un medio para la comunicación. Necesitamos comunicarnos. Necesitamos que exista algo de nosotros en todas partes, por eso nos colamos en los espejos, por eso embalsamamos ese momento en el que observamos nuestro reflejo en el retrovisor o el espejo de un tranvía. La forma en la que el selfie se ha transformado, no es ni siquiera una evolución, simplemente una adaptación al medio, y nadie mejor que Joan Fontcuberta3 para mostrárnoslo y cerrar este texto:

“La voluntad lúdica y autoexploratoria prevalece sobre la memoria. Tomarse fotos y mostrarlas en las redes sociales forma parte de los juegos de seducción y los rituales de comunicación de las nuevas subculturas urbanas postfotográficas de las que, aunque capitaneadas por jóvenes y adolescentes, muy pocos quedan al margen. Las fotos ya no recogen recuerdos para guardar sino mensajes para enviar e intercambiar: se convierten en puros gestos de comunicación cuya dimensión pandémica obedece a un amplio espectro de motivaciones. Millones de personas empuñan la cámara y se enfrentan a su doble en el espejo: mirarse y reinventarse, mirarse y no reconocerse. Aunque paradójicamente sea ocultándonos como nos revelamos, el mero hecho de posar implica a la vez ubicarnos en una puesta en escena y sacar a relucir una máscara: el autorretrato por tanto no puede sino cuestionar la hipotética sinceridad de la cámara.”