¡Gloria al hipnosapo y a sus hipnóticos GIFs! – O Productora Audiovisual

¡Gloria al hipnosapo
y a sus hipnóticos GIFs!

El Hipnosapo, una de las ideas más brillantes de Futurama, bien podría habérsele ocurrido a Andy Warhol: es la celebrity mediática total. Tiene un poder imparable, acceso a millones de víctimas… ¡y lo usa para que le sigan viendo! Sería fácil compararlo con ¡Están vivos!, Shepard Fairey y sus Obey, pero su hipnosis es acrítica y apolítica: no busca más que seguir en antena ad infinitum. La fama como fin monótono y desapasionado.

Aún más: si Warhol hubiera hecho GIFs, seguramente serían como Everybody Loves Hypnotoad, el programa que lo peta en la tele del siglo XXXI. Además de la composición pictórica (la serie no es más que un encuadre frontal y sin fondo que muestra a la criatura como en un catálogo), Everybody Loves Hypnotoad emparenta con el Warhol cineasta y sus filmaciones estáticas que se alargan más allá de lo razonable. Un capítulo de Hypnotoad (y en el DVD de El gran golpe de Bender se incluyó uno entero, de veintidós minutos) no es muy diferente de Empire: plano fijo y sin apenas acción de un icono pop que, a fuerza de ocupar espacio y tiempo, adquiere una dimensión mística. ¿No es esto un ensayo del slow cinema o, mejor aún, un protoGIF?

Por mucho que se dilate, el tiempo en Empire o Amazon Adventure (así se llama el episodio) sigue siendo lineal. El protoGIF tiene límite y, por tanto, final. También permite cambios mínimos: en Empire varían la luz y los reflejos en el cristal, en Hypnotoad hay insertos de planos de situación y risas enlatadas que se cuelan entre el incordiante drone. Luego están los montajes que, aprovechando el límite de YouTube, ponen a la criatura en repeat durante 10 horas: un exceso maratoniano más warholiano que Warhol. Así, el protoGIF está entre la provocación y la prueba de resistencia, es lúdico y subversivo y se carga la hegemonía de la narrativa y el sentido en el audiovisual.

La promesa de la hipnosis total no se cumple hasta que el Hipnosapo se libra del proto- y entra de lleno en el GIF, su hábitat natural: con el tiempo infinito y marciano del formato puede, por fin, secuestrar nuestra mirada al completo. En el baile oscilante de sus pupilas no hay discurso ni voluntad, no hay principio ni fin: solo un magnetismo que nos convierte en autómatas y le procura sus quince (millones de) minutos de fama. All glory to the Hypnotoad.

Por Víctor Navarro Remesal