Fuzz.

Se derrumba la cuarta pared y no hace falta citar ninguna tesis doctoral sobre las grandes barbas de Bertold Brecht o a Ingmar Bergman; el tabique se cae él solito cuando irrumpe, a menudo involuntariamente, el efecto muaré (o moaré) en la pantalla. Esas telas fuertes cuyo patrón forma extrañas aguas nos chivan que aquello que estamos viendo en el monitor NO es la realidad. ¿Cómo va a serlo? ¡Si hace daño a los ojos! ¡Si parece que se mueve y no se mueve! ¡Si es cualquier cosa menos natural! Aunque este efecto óptico también esté presente en la realidad (en los tornasoles de cualquier tejido de seda, por ejemplo), nuestra percepción solo lo identifica como una molesta interferencia visual cuando lo vemos por televisión.

Según la física (sub-apartado óptica), la explicación de este efecto distorsionador producido por la superposición de dos o más tramas de líneas muy cercanas y muy parecidas que crean un nuevo patrón repetitivo no deseado incluye su solución (o instrucciones para evitarlo): basta cambiar el ángulo desde el que miramos o ampliar el entramado geométrico para descubrir el verdadero dibujo, no el que nace de la inexactitud de nuestra mirada. En televisión, este antídoto para el veneno del muaré no está a nuestro alcance. O no estaba: ahora en los monitores con una resolución mínima de 1024 X 768 píxeles, las ondulaciones desaparecen y la imagen cesa de fluctuar verbigracia de estos tiempos HD.

Así que los temibles arabescos involuntarios de una tela con estampado en cuadrícula (pata de gallo, tweed, vichy… de hecho, hay algunos tejidos a los que directamente se les llama muaré) empiezan a ser un vestigio de aquel pasado no tan lejano en el que los monitores de 625 líneas producían ruido audiovisual cuando aparecía un presentador o un entrevistado con un atuendo que desafiaba los consejos del departamento de vestuario. Y, por tanto, el muaré, como cualquier reliquia pre-digital (aunque sigue produciéndose, sucede en muchísimas menos ocasiones) ya se puede recordar y aliñar con nostalgia.

El moaré, que ahora ya se busca y se genera voluntariamente, es alguien pisando el pedal de fuzz estético. En alguno casos, los objetivos son puramente paródicos, como el del GIF de esta semana (befa de las peculiares americanas del cantante y actor de televisión Iósif Kobzón, el Frank Sinatra soviético). Aunque, en la mayoría de ocasiones, este efecto mareante es una excusa para crear ilusiones ópticas más o menos conseguidas, más o menos “triposas”, más o menos interesantes. No obstante, no puedo evitar considerar mucho más entrañables aquellos guantazos de moaré en televisión por venir acompañados de una dimensión op-art involuntaria que repentinamente se colaba en el salón de nuestra casa. Simpatía por el chirrido.