FALSOS AMIGOS

5. ISABELLE
HUPPERT
POR RUBÉN LARDÍN

Un falso amigo es una traición del vocabulario. Escribir cartas abiertas a desconocidos puede llegar a ser una imprudencia.

En esta sección, Rubén Lardín lanza todas las semanas una misiva no deseada al proceloso mar electrodinámico.

Una carta siempre se ha escrito para declarar amor o para pedir pasta, y yo nunca he necesitado un duro para sentirme millonario. Así soy, Isabelle, date cuenta, un cantamañanas, pero me tendrás que perdonar porque vengo con la artillería.

No consigo recordar, pero supongo que te conocí alguna tarde de invierno en la puerta de los Verdi, que en aquella época era un lugar al que íbamos a ver cine de categoría –digamos– humana. Estábamos aprendiendo, éramos voraces, intuíamos que el cine era una escalada de conocimiento y habíamos empezado a tomar conciencia de lo que yo llamo, no sé por qué, adioses narrativos. En las escenas de tiroteo, por ejemplo, contábamos las balas que dispara un revólver, y en la media docena que podía alojar el tambor manteníamos la verosimilitud a raya. No estábamos dispuestos a pasar ni una, la magia empezaba a diluirse y de pronto requeríamos un cine no tan lúdico, más “comprometido” con nuestra realidad. Nos creíamos muy listos porque éramos tontos de baba, ya entonces nos daban mucho gato por liebre, pero si en la película estabas tú sabíamos que íbamos a salir satisfechos, eras un elemento diferencial. Desde entonces bebo por ti los vientos. No te lo he dicho antes porque tu persona es múltiple y me apabulla, porque contienes a mi madre, a mi hermana, a todas nuestras amantes, a las mujeres que creo haber conocido y por encima de todas ellas a las que nunca llegaré a conocer. También porque, aunque me sacas veinte años, podría ser tu padre. Esto es así porque está demostrado que cualquier hombre es más viejo que tú.

Hay una edad en que los hombres, establecidos y satisfechos, quedan domados para siempre. Nos volvemos sentimentales y reaccionarios y no hay vuelta atrás. Esto a ti no te ha ocurrido, es una atrofia exclusiva de los varones, que nos hemos ido anquilosando mientras tú te ibas alzando en gran dama, algo para lo cual es necesario haber crecido revoltosa, inquieta, con nervio y un tanto desconsolada. Entre tus primeros papeles se encuentran algunas de mis películas favoritas, elegías a la vida como Los rompepelotas o Deslizamientos progresivos del placer, títulos que se filmaron siendo yo un niño. En verdad te conocí ya mayor porque en cierta manera siempre lo has sido, ¡no tienes edad, Isabelle, perteneces a todos los tiempos! Y juraría que nunca me he aburrido viendo una película tuya y que si alguna vez me he despistado habrá sido por provocarte la anatomía, por tratar de contagiarte un bostezo desde la platea, algo que no se ha dado jamás porque tu entereza frente a la cámara es sobrenatural.

Escribió Mark Twain que, a diferencia del resto, que venimos de los monetes, las pelirrojas descendéis de los gatos. Tú, en la madurez, mientras otros optaban por exponerse al bochorno declamando monólogos de la vagina y pollas en vinagre, estabas leyendo a Sade sobre un escenario, a pelo y siendo a la vez Justine y Juliette, con los ojos desconfiados que tienes, con esa sonrisa tuya más frecuente en otras épocas de tu filmografía, una filmografía escarpada y más larga que tu cuerpo, que en conjunto siempre fue muy menudo porque menuda tú eres entre todas las mujeres. Tu trabajo es copioso porque eres una guerrera, y ser un guerrero implica reivindicarse a uno mismo constantemente, es la única manera de seguir adelante. Lo tienes todo, Isabelle, lo único que te falta es un VHS de aerobic.

A la interpretación te enfrentas al revés que la mayoría de tus colegas, como Dios manda, y es ahí donde das con la clave: se trata de perder el yo. Lo más difícil de ser actor no es llegar a ser otro sino dejar de ser uno. Dejar de ser todo. Estoy seguro de que cuando te haces mal interpretando, porque entiendo que eso ocurre, cuando alguno de esos papeles tan expuestos te mella el costado, en la herida te aplicas vino rojo tal y como hacía el hijo de Dios, y en ese dato debes de haberte entendido muy bien con Verhoeven, que desde su ateísmo lleva media vida obsesionado con la figura de Jesús de Nazareth. Me es fácil imaginaros a los dos tomando café, tú echándote un pensamiento de azúcar moreno y él volcándose en la taza un granel de refinado… Tengo que decir que desde que os vi esa película que habéis hecho juntos me cuesta mirar cualquier otra, no me la quito de la cabeza.

Elle tiene como característica que desorienta incluso a quienes la disfrutan, es una trampa para incautos. Los lilas la han llegado a catalogar de feminista, que según Verhoeven es lo más divertido que le ha pasado: “¡Lo que me faltaba!”, se doblaba de risa. El holandés se descojona porque admira a las mujeres fuertes, no pierde el tiempo ni en feministas ni en feministos, y le entiendo muy bien porque a mí también me abochorna esa cháchara y prefiero dedicar el tiempo a desmenuzar como un bizcochito vuestra película tan limpia, diáfana hasta la obscenidad, tan divertida y despojada de perversiones. Manda carallo que seáis los más mayores del lugar los que tengáis que hacer este cine arrojado y ultrajante, tan valioso. Que seáis los ancianos, si me perdonas, los que proponéis películas de semejante lujuria intelectual, mientras cineastas más jóvenes se dejan vencer por obras circunspectas o de inercia burguesa, cine para viejas con calefacción central. Cuando no hay nada que ofrecer es habitual tirar de drama y gravedad, mira a tu alrededor: es la realidad miserable usurpándonos la ficción.

Mi opción ante esta situación es asumirla, esperar tiempos mejores y distraer los que corren desde la resistencia pasiva. Entretanto me pregunto si habrá constancia de la primera fotografía en la que se sonrió. Nuestros antepasados debían sostener un rictus severo durante largas exposiciones, esto lo sabemos, pero en el fondo yo creo que si no sonreían era porque no les daba la gana, porque no estaban dispuestos a cuestionarse la representación. Años después todos esbozamos la mueca de gilipollas en cuanto alguien alza una cámara, sonreímos para hacernos el muerto durante un instante. La proliferación y multiplicación de imágenes se ha convertido en información, y en cierto modo la información es lo contrario a la experiencia. Sin embargo, la sensación es que de tus películas se sale a un sitio distinto, ciertamente el mundo es otro después de haberte mirado trabajar, aunque también es verdad que ver cine es de pronto como leer libros, un hábito antiguo. Hoy cine no ve nadie porque el gusto de los espectadores ha sido realineado y predominan de nuevo las series de televisión, que son herramientas para la cohesión, material que acompaña al que está solo e incluso al que está solo en compañía, que es la más terrible de las circunstancias: mirar teleseries en pareja, días de vino y rosas, el infierno doméstico. A diferencia del cine, las series no solicitan, no requieren, no instan. No necesitan nada de nosotros más que la atención durmiente y no tienen la capacidad de cambiarnos porque su tarea es modularnos para que no lo hagamos, para que permanezcamos estacionados. ¡Sonríe, Isabelle!

Saliendo del cine el otro día, después de verte interpretar por enésima vez a esa mujer filmada por Verhoeven y escrita antes por Philippe Djian (“lo he pasado peor con hombres a los que escogí libremente”, le hacía decir a tu personaje en su novela), bajé al metro entendiendo que el cine es una de las mejores herramientas que tenemos para combatir la realidad. No el tedio, cuidado, hablo de la realidad en todos sus aspectos. El ir pensando vuestra película me aisló de las pantallas publicitarias y las molestas megafonías con que se mantiene el simulacro también bajo tierra, y se me ocurrió entonces que ese personaje que encarnabas era en cierta manera la aniquilación de un personaje, un reverso, y desde la cola del tren empecé a caminar a lo largo el convoy, mirando al suelo y preguntándome a qué velocidad me estaría desplazando en la suma de la mía, de mi caminar, con la de aquel suelo ya en desplazamiento. Y viajando la línea colorada como si recorriese la película en un trazado lineal crucé los fuelles entre vagones tratando de mantener el equilibrio, tuve que improvisar algún recorte de cadera entre los pasajeros aturdidos en sus móviles, unas pequeñas coreografías que me fueron revitalizando, y llegando a la cabeza tenía la seguridad de que te iba a encontrar entre la muchedumbre, sabiendo que eras proa de mi día del espectador, que emergerías como mascarón de aquel tren que se manejaba autónomo, sin conductor.

Eres una mujer con tigre, Isabelle. Eres prójima pero no tienes semejante. Eres multitud y por eso mismo escaseas. En tu presencia todos somos semihombres. Te miro la belleza ceñida por la edad y distingo entre tus atributos algo de archiduquesa disgustada, te detecto en el gesto un vivir haciendo pesquisas y sé que te lames con el abandono alegre de un animal sin yugo. Tu serenidad gobierna sobre los excéntricos del mundo y te asiste la capacidad, si algún día fuera necesario, de beberte un porrón de arena fina. Eso o es que estás a punto de arder. Nunca lo he tenido claro pero jamás te pediré explicaciones.