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O Magazine
2015-2017

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Viñetas robadas,

por Jordi Costa

Cuando salió al mercado el primer volumen de la Integral del Philémon de Fred, editado por ECC, no podía entender qué demonios hacía la gente perdiendo el tiempo por las calles, paseando, tomando cañas en una terracita, charlando a la fresca… ¿Acaso nadie se había enterado de que esa puerta dimensional a un inagotable universo de maravillas acababa de llegar a las librerías? No podía concebir otro estado más feliz que encerrarme entre cuatro paredes y con las ventanas bajadas ante ese volumen, en cuyas páginas parecían desfilar todos los colores y formas del universo mundo (y aun de Otros Mundos: todos los posibles e imposibles). La mejor forma de viajar sin moverse de un punto fijo.

En el texto de presentación que, quizá siguiendo la heterodoxia de la obra de Fred, se incluye al final –y no al principio- del libro, Jorge García sitúa al autor y a la obra bajo el encabezado de una cita de Georges Perec –cuya procedencia me encantaría conocer: ¿es de Las cosas? ¿De La Vida. Instrucciones de Uso?-. En ella, el célebre oulipista da fe de su encuentro con el universo de Fred y, de hecho, constata la paradójica sabiduría que en él se contiene: “En un tebeo, se ve a un joven alto con melena que viste un jersey azul a franjas blancas; va montado en un asno. En el bocadillo que sale de la boca –porque es un asno que habla- se puede leer: El que quiere hacer el asno, hace el burro”. Desconocía totalmente esa conexión Perec/Philémon y nunca había podido leer hasta ahora la obra magna de Fred, pero ese cruce de caminos entre la vanguardia lúdica y feliz del historietista parisino y uno de los más destacados representantes del Oulipo se revela casi como algo no ya significativo, sino quizá inevitable, porque ambas corrientes comparten el mismo sustrato aurífero. Los miembros del Oulipo –o Taller de Literatura Potencial- destacaron en el arte de imponerse absurdos pies forzados en aras de poner a prueba su capacidad de convocar la emoción y la maravilla: novelas enteras escritas sin la letra e, juegos combinatorios de versos en rudimentarias máquinas analógicas para un surtido de poesía para lectores insaciables, variaciones juguetonas sobre una situación trivial… Todo servía para enfrentar el vuelo libre de la imaginación con la rigidez del corpiño conceptual en el que los oulipistas se empeñaban en encerrarla.


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El universo imaginario de Philémon se sustenta, también, sobre una aparente paradoja: la de una implacable lógica surrealista. Philémon pasó de ser la crónica de las aventuras delirantes de un joven atolondrado que no dejaba de detectar desvíos fantásticos en su entorno cotidiano de campiña francesa a proponer una intrincada arquitectura de lo irreal. En sus primeras apariciones, Philémon, en compañía de su asno Anatole y bajo la mirada reprobatoria de su padre racionalista, aunque con la complicidad de un tío afín al vuelo delirante, se topaba con circos subterráneos, invasiones de payasos y súbitos cambios de escala a golpe de catalejo mágico. En 1968, su universo ya inestable se revolucionó no ya para descubrir que bajo los adoquines latía la playa, sino para constatar que, bajo la literalidad, se camuflaba lo imposible. En El náufrago de la A, Fred empezó a construir una nueva coherencia demencial para su universo imaginario a partir de una idea de piel sencilla y corazón asombroso: Philémon descubría que las nomenclaturas de los mapas existían, petrificadas, en el ámbito de lo real. Para entendernos: la secuencia verbal “Océano Atlántico”, que atraviesa la correspondiente zona de los mapamundis y reproducciones del globo terráqueo, equivale, en el mundo dibujado por Fred, a un pétreo islote por letra. En el interior de cada uno de estos islotes, la efervescencia plástica y fabuladora del artista campaba a sus anchas, imaginando una cosmogonía terrestre esculpida a golpe de zumbonas y poéticas ocurrencias. Philémon se transformó, así, en el cuaderno de bitácora ideal para ese recorrido imposible de letra en letra a través de un Atlántico que se erigía en incesante sucesión de encuentros con lo extraordinario. Con el tiempo, Fred llegó a poner en cuestión incluso la geografía de su propio soporte: la página de historietas en cuatro tiras de viñetas, mutada a menudo en trampantojos y laberintos que añadían extrañeza al conjunto y desafiaban a sus personajes con progresivos retos de adaptación al medio.

La viñeta aquí Robada pertenece a El piano salvaje, segunda entrega en este definitivo ciclo de las aventuras de Philémon, recogida por primera vez en álbum en 1973. Dispuesto a rescatar al pocero extraviado que le contó el secreto de las letras de los mapas, Philémon abandonaba en esta aventura su entorno cotidiano para abismarse en el globo terráqueo de su tío Barthelemy: allí encontraba a viajeros capaces de caminar sobre las aguas del océano, acampaba sobre el mar bajo una feroz tormenta, se subía a un globo aerostático que podría haber surcado los sueños de Julio Verne y Karel Zeman y caía en una tierra cuyos habitantes habían desarrollado alas de mariposa para sortear la más rigurosa prohibición de su demarcación territorial: pisar el césped. Toda vez que Philémon había infringido la ley, un juicio le condenaba a lidiar con un feroz piano animado. A la espera de la celebración del ritual, el perplejo héroe era encerrado en una celda-cebra, concepto que sólo da  una medida modesta de la desbocada imaginación visual de Fred. La imagen, sí, vale su peso en oro, pero lo realmente llamativo de la viñeta no es tanto esta cebra penal, sino ese bocadillo que emite una  voz en fuera de campo cuando Philémon exclama: “¡Una cebra! ¡Estoy dentro de una cebra!”. En ese “¿Y?” hay toda una declaración de principios, una filosofía para la vida, la única manera de lidiar con el misterio y la sorpresa. Y, por supuesto, toda una guía de lectura para seguir las imprevisibles sorpresas de Fred, un autor que no intentaba epatar, sino educarnos para la sensata aceptación del sinsentido.

La sección VIÑETAS ROBADAS se despide aquí por un tiempo. Su autor tiene que embarcarse en tareas que requieren el tiempo que en esto invertía y mucho más. La cosa volverá, si en O tienen a bien consentir su regreso. Entretanto, sigamos aceptando, sin aspavientos ni alteración de ánimo, lo improbable.