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O Magazine
2015-2017

“Avisamos que la siguiente actuación puede herir la sensibilidad de nuestros espectadores”. Así de fuerte introducía Àngel Casas a sus invitados Sigue Sigue Sputnik (“los peinados más vistosos que hayan visto… ¡La quinta generación del rock’n’roll!”) en el Àngel Casas Show que capitaneó en TV3 durante buena parte de los años ochenta. Seguramente, el presentador lo dijo como un simple reclamo para despertar la curiosidad de la audiencia, pero Martin Degville, Neal X y compañía hicieron honor a su palabra para escenificar un estrafalario exabrupto encima de la pregrabada 21st Century Boy. Hacia la mitad de la canción, el grupo abandona el escenario para avanzar hasta las mesas donde se encuentra el público, atosigando a un claramente incómodo Casas y al resto del respetable, para quienes, seguramente, la new wave era una curiosidad que estaba muy bien ver… de lejos. A decir verdad, la provocación de los británicos resultó tan corrosiva como un Peta Zetas; más simpática que verdaderamente transgresora. Pero el desconcierto generalizado que lograron simplemente con dar cuatro pasos fuera de las marcas que tenían establecidas (es evidente que los cámaras y la realización a duras penas podían seguir los movimientos del grupo) hizo evidente un secreto a voces: la música y los platós de televisión mantienen una relación más bien tensa, susceptible de estallar en el momento menos pensado.

Saltar por los aires.
Cuando la música
y el plató televisivo
chocan.

Por Gerard Casau

En nuestro fuero interno, sabemos que, casi siempre, hay algo (o mucho) de representación en un directo. Que los miles de detalles imperceptibles a simple vista que forman la especificidad de cada actuación están amarrados a un guión y a unas pautas fijas, que determinan lo que vamos a ver y escuchar. Pero cuando en esta ecuación entra una cámara, el cálculo se vuelve una parte integral del juego. Un servidor tomó conciencia de esto hará algo más de una década, cuando por circunstancias del destino me vi trabajando en el escalafón más bajo de un documental sobre el rock català. Durante la filmación del numero musical de uno de los grupos que participaban en el sarao, me llamó la atención cómo el guitarrista arqueaba la espalda y doblaba las rodillas, cerrando los ojos en expresión extática. El gesto se repetía siempre en el mismo punto de la canción, y a cada toma el flipe se volvía más y más ridículo, de manera proporcional al cansancio de los sufridos figurantes. Fue ahí, creo, cuando comprendí realmente de qué trataba eso de la gran estafa del rock’n’roll.

Fin de la digresión, y vuelta al plató. Cuando una banda acude a un programa de televisión, raramente actuará ante su público natural. Al contrario, su propósito no será otro que venderse ante quienes no les conocen, teniendo bien presente las enseñanzas de Elvis y los Beatles, y sabedores de que el punto exacto entre espectacularidad y respeto a las reglas del espacio catódico puede hacerles amos del mundo (al menos, durante unos minutos). Por esa razón, resulta tremendamente ilusionante que un músico se atreva (voluntariamente o no) a mear fuera de tiesto y llevar su aparición televisiva más allá de lo previsto. De alguna manera, es ver un destello de aquella energía imparable que nos enganchó por primera vez a a música, surgiendo como un brote salvaje en el lugar más imprevisto (y menos adecuado). Es la retransmisión, y captura, de ese momento mítico e irrepetible que esperamos encontrar cada vez que salimos de casa para dirigirnos a una sala de conciertos.

Cosas que hacen BUM

*
¿Hemos dicho destello? Para quienes vieron el debut en la televisión estadounidense de The Who, aquello fue algo más que una muletilla lírica. Acostumbrados a acabar sus actuaciones por todo lo alto, en esta ocasión quisieron dar a los espectadores yankis una muestra de lo que el sonido mod inglés tenía que ofrecerles. Keith Moon solía hacer literal lo explosivo de su técnica a la batería detonando unos cuantos petardos, pero esta vez se superó colocando el triple de fuegos artificiales. Así que, cuando el grupo culminaba una interpretación (en playback) de My Generation y Pete Townshend ejecutaba el numerito de insertar la guitarra en los amplis para luego reducirla a astillas, una tremenda explosión tomó a todo el mundo por sorpresa (incluida la propia banda), y su fuerza llegó a cortar momentáneamente la señal de la emisión. Sí, aquel día, el estruendo del rock cegó, literalmente, a todo un país.

Superyo

*
En televisión, el camerino de los invitados es un fuera de campo que la mente calenturienta del espectador convierte en escenario del consumo temerario de toda clase de sustancias estupefacientes. Pero mientras todo el mundo sea profesional y no se note, aquí no ha pasado nada… Aunque, claro, eso díselo a Iggy Pop. En esta aparición en un programa de la tele australiana a finales de los setenta, James Newell Osterberg, Jr., no puede estarse quieto; la mandíbula (y con ella, el resto del cuerpo) se le dispara en todas las direcciones posibles, mientras el presentador trata de sacar adelante una entrevista condenada al esperpento. Iggy no está por lo que ha de estar, pero… ¿va pasado de vueltas, o aquí hay truco? En un momento dado, comenta que “David Bowie me enseñó lo que significa el compromiso, porque antes yo era un…salvaje”, y por la comisura de los labios se le escapa una sonrisa que nos sugiere que el truhán tiene más control de la situación de lo que parece. Y cuando llega el momento de la actuación, el músico pasa por encima del playback para dar rienda suelta a lo que podríamos llamar un Grandes Éxitos del Lenguaje Gestual de la Iguana. Liberado de la obligación de cantar, se superpone a sí mismo para interpretar I’m Bored en una montaña rusa de caídas, saltos y reubicación del (inutilizado) micro en la entrepierna. Un Iggy elevado al cubo, gracias a la cocaína o a la hiperconciencia del artificio que le rodeaba.

El ventrílocuo de sí mismo

*
Hemos podido comprobar que, en no pocas ocasiones, la causa principal de las desavenencias entre música y televisión tiene que ver con el falseo del directo, enlatando en playback las canciones y forzando a los músicos a un poco natural ejercicio de ventriloquia. Nadie aireó tan claramente su descontento al respecto como John Lydon, que acudió con PIL al programa American Bandstand para “interpretar” Poptones & Careering (a todo esto, un tema más bien poco amigable). Cuando la canción empezó a sonar, Lydon aparecía sentado en un rincón con cara de fastidio, mientras sus compañeros seguían el hilo a la pantomima. En el momento en que la voz del cantante salió por los altavoces, este ya estaba pululando por el plató, haciendo el ganso junto al público y animándolo a ocupar la escena. Al final, el simulacro bobo acabó degenerando en una fiesta extraña; en verdadero arte pop (o, para el caso, post-punk).

Cambio de planes

No debía estar allí. Aquella noche de 1977, la banda invitada en Saturday Night Live debía ser los Sex Pistols (¡nada menos!), pero un problema con su visado les impidió poner píe en los gloriosos Estados Unidos. Así que el programa pidió a Elvis Costello y sus Attractions, que se encontraban de gira cerca de allí, que los sustituyeran in extremis. Se cree que, aunque el deseo de Costello era presentar material nuevo, su discográfica en USA lo presionó para que tocase Less Than Zero, un single que ya había sido radiado con éxito en el país. En un primer momento, Declan Patrick Macmanus aceptó hacer esa concesión, pero a la hora de la verdad, le pudo la integridad. Apenas había entonado diez segundos de la canción, cuando el cantante reventó al grito de “¡Parad!”, para luego dirigirse al público –“Damas y caballeros, lo siento, pero no hay ninguna razón para que toquemos esta canción hoy”– y dictar a la banda un cambio de planes: Radio Radio, un tema que aún tardaría casi un año en editarse oficialmente.

El aspaviento de Elvis Costello hace visible el instante preciso en que un músico se niega a ser producto para reivindicarse como artista, informando al público del lugar en que su cabeza está en ese momento. La osadía le costaría al autor de Armed Forces un largo destierro del SNL, colocándolo en el pabellón de afrentas y transgresiones que se han vivido en el plató 8H de la NBC; una lista por siempre encabezada por la iconoclastia de Sinéad O’Connor.

Invasión

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Hablando del Saturday Night Live; en buena hora quisieron los productores darle un gusto a John Belushi, invitando al programa uno de sus grupos preferidos: los hardcoretas Fear. El grupo se trajó con él un séquito de colegas (entre ellos, un jovencísimo Ian MacKaye, que toma el micro para gritar “New York sucks!”), para enseñarle al mainstream el significado de la palabra “moshing”. Una noche de empoderamiento punk, con la misión de romper cosas y abrir unos cuantos millones de ojos.

Gente joven

*
Al fin y al cabo, para esto debería servir el rock televisado. Para que aquellos que no suelen tener un contacto directo con él sepan de qué va la cosa. Y, con un poco de suerte, para contagiar fiebres. Buena muestra de ello es esta intervención de Jon Spencer Blues Explosion en un programa matutino dirigido al público infantil, atravesando el plató a lo largo y a lo ancho, tocando todo lo que se pueda tocar, cargándose parte del atrezzo, y encaramándose a la grada del público mientras los chavales, todavía tímidos, se preguntan si aquello está permitido, o alguien castigará a Jon sin merienda. También Green Day, antes de convertirse en un monstruo épico-corporativo, se ganaron, si no el cielo, sí una reserva de simpatía al sabotear un programa para infantes australianos, al que habían acudido, teóricamente, solo para ser entrevistados. Pero como no tenían gran cosa que decir, Billie Joel Armstrong y sus compinches dieron un golpe de estado, expulsaron a la timorata banda residente y regalaron a los felicísimos zagales un subidón de azúcar punk-pop. Pero de todos los contactos televisivos entre música e infancia, mi preferido quizá siga siendo la insólita intervención del combo de noise-punk-jazz The Flying Luttenbachers en el jovial programa Chic-a-Go-Go, rodeados de monstruos, marcianos y freaks descamisados. ¿Su lección para los niños? Destruir la música, claro.

Tócala otra vez

*
En todo este maremágnum de vaciladas musico-televisivas, al presentador del programa le suele tocar el desagradecido papel de mantener la compostura y devolver las aguas a su cauce. Pero hay ocasiones en que es el maestro de ceremonias el principal instigador del exceso. Sucedió, por ejemplo, el día en que la formación de rock-soul The Heavy visitó el Late Show de David Letterman. Los ingleses, más efectivos que verdaderamente brillantes, no serían una banda de primera división, pero habría que estar muy fuera de onda para no darse cuenta de que aquella noche bordaron su interpretación de How You Like Me Now? (el desgarro vocal sumado a la insistencia de los metales es y será siempre un recurso irresistible). Tan bien les salió, que Letterman (no lo olvidemos, una persona que durante décadas ha sido diariamente un espectador privilegiado de las transformaciones del rock y el pop, teniendo a la flor y nata del mundo de la música a un palmo de sus narices) no pudo reprimir su entusiasmo y, mandando a paseo las formalidades y el milimetrado esquema del programa, animó al grupo a dar un rodeo más a la canción; un auténtico, y rarísimo, bis en prime time. En su siguiente visita al programa, además de introducir un nuevo single, The Heavy no pudieron negarse a complacer al veterano presentador, quien les dejó caer un “¿podéis tocar la de la otra vez?”. De ahí al running gag solo había un paso, pero es innegable que tener a David Letterman como fan numero uno ya te da galones.

Homies

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Si hay un presentador de talk shows sensible a lo musical, ese es sin duda alguna Jimmy Fallon. Hace unas semanas, Joan Pons nos recodaba su Historia del hip hop junto a Justin Timberlake, y el simple hecho de que tenga como banda residente a The Roots ya dice mucho de su talante. Entre sus muchos hitos se cuenta el de ser el introductor del colectivo hip hop Odd Future en la televisión norteamericana. A su show acudieron como embajadores Tyler, the Creator y Hodgy Beats para interpretar Sandwitches, si bien tuvieron que cambiar tanto la muy malhablada letra que casi deberíamos referirnos a un tema nuevo (entre otras cosas, sustituyeron la palabra “clitoris” por el nombre del presentador). Pero la barrera lingüística no amilanó a los jóvenes raperos, que sazonaron su intervención luciendo pasamontañas, colocando enanitos de cerámica en el escenario y trayéndose a la niña del Exorcista para que deambulase turbadoramente en segundo plano. Al final, Tyler decidió que el escenario le quedaba pequeño y salió del marco para gritar a la cara de los invitados y acabar subiéndose a hombros de Fallon. En una palabra: Victoria.

La lucidez del indeseable

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Stromae, sin duda el músico que más atención nos ha obligado a prestar al lenguaje corporal en los últimos años, convierte cada interpretación de Formidable en un acto subversivo en la que un personaje ebrio de lucidez toma la palabra y exige atención sobre la otredad. Su aparición en la televisión francesa no iba a ser menos, encarándose con una galería de mentes bienpensantes que aguantan el chaparrón con burguesa estoicidad. Todo parte de un teatro por exigencias de la canción/guión, evidentemente, pero está claro que a nadie le gusta que le escupan verdades a la cara.

El cotillón

*
Sinatra cantaba a aquellas horas de la madrugada en la que solo los corazones doloridos estaban despiertos. Ese momento en que la televisión emite señales sin saber ni siquiera si hay alguien al otro lado, creando un cierto espacio de libertad, porque ya no hay nadie “mirando”. En la Nochevieja de 1976, Fernando Esteso también lanzó un guiño a esos minutos residuales, ocupando la pantalla cuando ya teóricamente no quedaba nadie celebrando el Año Nuevo, y desparramando dos de sus hitos, La Ramona y El zurriagazo. Como no quería estar solo en un decorado vacío, primero sacó a unos comparsas, y luego rompió espacios y paredes para invitar a la juerga al equipo técnico, a las señoras de la limpieza y a cualquier persona que corriera por allí. La pantalla quedaba revolucionada a catetazo limpio, en un instante epifánico y memorable que, para Javier Pérez de Andújar, simbolizó la verdadera llegada de la democracia a la televisión española.