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O Magazine
2015-2017

LOS AVIONES DE PAPEL CONTRAATACAN

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(Y VENCEN)

por JUAN MANUEL DOMÍNGUEZ

“Te digo, si estuviéramos en Cannes, estaríamos rodeados de guardias y no podría hablar con nadie. Este festival es hermoso. Muy hermoso”. Me hermanea Guillermo del Toro. Estamos en una comiquería. Una repleta de milagros, de cientos de películas animadas y de ese paraíso que es el mundo editorial francés, y donde, como si faltara algo, cada libro tiene un pequeño papel que indica la fecha y horario de las de firmas a los fans (que hacen fila a lo Comic Con, muchas horas antes) que se van a suceder en los próximos días o que ya tuvieron lugar. Los nombres generan sonrisas en dueños de bibliotecas superpobladas: Andrew Stanton (uno de los líberos de Pixar), Ron Clements (codirector de La sirenita, HérculesAladdin y otros clásicos Disney de segunda generación), Lewis Trondheim, Boulet, Alberto Vázquez, el mismo Del Toro, Peter Lord (papá de Aardman) y Zeb Wells (héroe de la clase obrera de la comedia geek, pluma de la sátira de Robot Chicken). Impresionante lista, ¿verdad?

Son solo algunos nombres/puntos, entre varios que unidos dan cuenta del mapa geek animado y dibujado contemporáneo (aunque, definitivamente, hay una presencia no representativa de la cultura oriental). Grandes nombres de la animación que van desde sus agentes secretos a sus gigantes de acero, desde sus principales creadores a sus actuales renovadores.

Opiniones aparte sobre el Toro, que quería ser la versión más mexicana posible entre Vincent Price y los cómics de la EC (que los Hellboy son una maravilla, que El laberinto del fauno esto, que Pacific Rim aquello), todo el instante torero suena a un sueño húmedo geek. Y lo es.
Bienvenidos a Annecy, el festival de animación más grande del mundo. Del 13 al 19 de junio, largos, cortos, medios, celebrities pop y cientos de estudiantes corriendo de sala en sala, escapando de la lluvia constante, asombrados a cada paso de la juguetería cinéfila más amable y accesible que pueda imaginarse.

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Aquellos que frecuentan los festivales, ese ejercicio de elitismo que suele ponerse plúmbeo y hermético, que cada vez más olvida la felicidad del cine para satisfacer la de instituciones o cinéfilos posesivos (cada vez menos expansivos), no podrán creerlo. En un sentido hasta podría generar alergia la alegría anneciana: la calma plúmbea en la sala es aquí trocada por una felicidad permanente, hasta inocente, que solo quiere celebrar el medio sí o sí.

Ejemplos de las 24-hour-animation-party-people:

1. Rasgo primero: antes de cada función, así se pase un documental sobre niños malayos golpeados a mazazos cuál foca en el Ártico (eso sí, rotoscopiado), se van a lanzar aviones de papel contra la pantalla. Es más, la llegada del vuelo contra la pantalla es motivo de celebración y detonación general. Claro, como la felicidad es un bien degradable, al quinto día de haber vistos miles de aviones de papel (algo insospechado) un hombre de treinta y cinco años con resaca querría que todos los aviones den la vuelta y se instalen en el globo ocular de su lanzador. Por suerte, el mundo apenas está hecho con un escueto porcentaje con hombres de treinta y cinco años con resaca. La misma suerte que no hace que cada función en el planeta sea el terror de los árboles del Amazonas. Es un buen balance.

2. Cada vez que un conejo osa aparecer en la pantalla, como bien lo mostraba el corto institucional, toda la audiencia, toda, gritaba “¡Lapin!”. Al parecer, sería imposible ver un corto de Bugs Bunny o Wallace & Gromit: La maldición de las verduras con el público de Annecy. Otra vez el síndrome “Por cinco días, ok, lo puedo amar, odiar o ignorar…¡pero solo cinco días!”. Algo así como nuestra convivencia con el uso de mallas a lo Superman en la playa.

3. Hay, y eso se respira en la calma de esas montañas, ese lago y la lluvia constante, una alegría concreta por estar allí. Programadores, público, directores, estudiantes, los cientos de señores con tarjeta del mercado de animación y todo aquel que usa una credencial se saluda, te pregunta qué estás por ver en la sala, te recomienda. No hay status, más allá de la cantidad de funciones. No hay clase cinéfila. Todos se cruzan, todos se hablan. Todos te dicen de ir al Café des Arts, clásico bar de cervezas minúsculo y famoso por su aglomeración de “todo vale” (Del Toro se quejaba feliz: “Hoy me levante a las siete de la mañana y ayer estaba en Café des Arts”). Todos entienden que son de las personas que en este instante horrible del planeta pueden ver animación, puede hablar con quienes la crearon, pueden beber a la par y citar influencias por igual. O discutir sobre lo que sea pero entendiendo que se comparten sensibilidades, si bien no gustos. Para alguien que ama la animación (y ama odiarla de vez en cuando, ¿qué clase de amor sería si no?), Annecy es algo así como el paraíso con cerveza a ocho euros. Mejor dicho, casi el paraíso.

4. Hay un sentido nulo de culpa. No debería por qué existir o percibirse. Pero la cultura pop, aunque domina la mayoría de las expresiones industriales del entretenimiento, suele ser vivida con una extraña penitencia, que se percibe flotando en el aire. Basta con ver cualquier superpelícula de los últimos años: la gran mayoría sacrificó el hedonismo súper por una idea suntuosa que debe obligatoriamente hablar de la presencia de los súper en una versión deshilachada y anémica del mundo real, y lo que implica el género caminando bajo la vista gorda de la ONU.
Lo mismo con Pixar, por ejemplo: suele perder últimamente cuando se vuelca al sentimentalismo. Todos nos hemos conmovido con Pixar, y cada película es un avance gigante de la técnica. Pero al mismo tiempo se han dejado de lado las pequeñas anarquías para generar algunos chistes memorables, o no, y emoción que sí o sí debe conmover. Pixar ha perdido su sentido hermanos Marx, su alteración, y creo eso se debe a su crecimiento como usina de franquicias que debe sostenerse económicamente, y para ello necesita estrenar una o dos películas por año.
Ambos ejemplos dan cuenta de determinada lectura comercial de lo pop. Aquí en Annecy, la animación, que suele leerse como pop antes que nada (otro error, pero uno entendible), se permite cientos de lujos y pecados. No importa si gustan o no los largos o cortos: lo que suele generar tensiones en la feliz sala son las películas que buscan explotar fórmulas y claramente pierden. Por ejemplo, Sheep and Wolves, animación rusa que busca imitar los modos bastantes homogéneos del Hollywood digital actual pero sin sus capacidad visual. Fue la única película donde vi gente salir de la sala.

5. Pasión no implica devoción. Ese descubrimiento se dio en el primer día: Seoul Station, film coreano de Yeon Sang-ho que comienza como una especie de drama indie sobre gente que vive como mendigos en la actual estación de Seúl y deviene, en su mejor giro, una película de zombis animada. Zombies y animación, dos zanahorias enormes para los modos burros de la generación geek. Aun así, muchos instantes ridículos del film, sobre todo aquellos que implican el sometimiento del estado y lecturas políticas que parecen delineadas con brocha gorda que cree ser el bisturí de George Romero, generan una real sonrisa por parte de la audiencia. No era tanto una sonrisa burlona, ya que apenas terminado el film todos aplaudieron, sino reconocer los límites de aquello en pantalla mucho más que sus propios creadores. En ese sentido, era un movimiento muscular de la cinefilia que hace rato no veía en persona. Era casi como imaginar a la película tomando una cerveza con su público, antes que esperando reverencias o alabanzas lanzadas, o recibidas, desde un púlpito.

6. La ballena por dentro. Si hay un aspecto espectacular, que realmente le habla al consumidor de animación, son las charlas de los creadores. Aquí, ver la maqueta de la próxima, y enorme, película de Disney (y después caminar con una cerveza en mano junto al director de La sirenita) permite humanizar procesos que llegan demasiado destilados a nuestras pantallas. Aquello que se vio, por ejemplo, de Moana o la nueva camada de episodios de Samurai Jack permite ver lo personal en lo gigante, lo que realmente sueñan esos directores en medio de la maquinaria. Ese ‘realmente’ implica quitar el romanticismo y oír de forma concreta cómo funcionan esos gigantes. Claro, es un interés para paladares que busquen eso, pero permite saber que, aunque después lleguen pasteurizados, que todavía hay instintos en el mainstream que al menos son oídos en una primera instancia.

Escribo esto sentado en un tren, agotado, sin entender, repensando instantes. Todavía sin poder creer que oí en vivo y en director a John Kricfalusi, el gran rebelde de la animación de autor y padre de Ren & Stimpy, gritar como Ren (o Stimpy) mientras mostraba cómo creaba clásicos de mi vida soez y de mi ADN en la comedia y que habló con claridad sobre por qué odiaba, aunque entendía los logros técnicos, la animación moderna (se refirió a la ausencia de gestualidad humana y el abuso de los modelos a la hora de generar restos). O incluso oír una posición opuesta, la de Michaël Dudok Wit, director de la primera película con un director europeo del Estudio Ghibli, La tortue rouge, título de apertura que peca de poética pero aun así sabe ser espectacular con modos primarios de la animación (impresionan sus diseños, sus capacidad de crear naturaleza con recursos que claramente buscan recrear una página).

Sigo agotado, sigo sorprendido. ¿Será Annecy siempre así? ¿Viví un milagro y todavía no tengo idea? ¿Es esta la forma de la resaca de la felicidad cinéfila? La certeza es una sola: sé que nunca podré mirar de la misma manera ningún avión de papel. Y es una enorme y animada sensación.