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O Magazine
2015-2017

Historia
de una
sugerencia

Por
Violeta Kovacsics

No han sido ni una ni dos las personas las que me han dicho que, cuando vieron la imagen de una masa de pelo negro y largo abrazando a una mujer delgada y de tez blanca, de la que apenas se ve el peinado, rubio y recogido, sintieron que debían ver la película que había detrás del póster. El título del film es Toni Erdmann. Además de ser una de las cintas más aclamadas de la temporada, esta historia en torno a un padre excéntrico que intenta a toda costa devolver la ilusión y el humor a su hija va acompañada de una imagen, la del póster citado anteriormente, que genera, al menos, curiosidad. Aquí no hay rostros de actores mirando al frente, y los cuerpos peludos parecen incluso pincelazos de color marrón oscuro y amarillo brillante respectivamente. Podríamos decir que se trata de una imagen tan sugerente como conceptual. Es, también, un desafío a los pósters que pueblan nuestra cartelera, donde priman los rostros y el fotomontaje. En cierta manera, más que un póster, el cartel de Toni Erdmann parece un teaser, aquella imagen primeriza, que se crea cuando el proyecto de película apenas está comenzando a andar y se quieren dar los primeros cantos de sirena.

El teaser es la historia de una sugerencia. Una mano vendada, una escopeta, la camisa por dentro del pantalón, la ropa de tonos entre grises y marrones, y un fondo abstracto. Encima de esta imagen, se lee: “Tarde para la ira, una película de Raúl Arévalo”. Eso es todo. Más adelante, cuando la película se ha instalado en las salas comerciales, cuando las teles, las radios y la prensa escrita comienzan a hablar del talento de Arévalo también detrás de la cámara, del actor devenido director, de la violencia seca, de la presencia callada de Antonio de la Torre, la imagen es otra: en el centro, está el rostro del actor, y va acompañado de un puñado de información.

El teaser es la figura de un murciélago rodeado de cristales rotos (El caballero oscuro: la leyenda renace), o el dibujo de una cadena blanca sobre un fondo rojo (Django desencadenado), o una mujer abrazando un bebé (El curioso caso de Benjamin Button). O una línea roja y vertical que cruza un libreto negro (Pozos de ambición). A menudo, es apenas una imagen y una palabra (“Beware”, rezaba el cartel que anticipaba el Drácula de Francis Ford Coppola). O, en el caso, del terror, apenas basta con la seña de identidad del psicópata: es, por ejemplo, la máscara de hockey de Jason en las distintas partes de Viernes 13, son las garras de Freddy en Pesadilla en Elm Street. O los labios, pintados y sonrientes, del Joker. Lo mismo sucede con el héroe: la pajarita de 007 es más importante que el rostro de Daniel Craig. Está la pistola de Jason Bourne, o las garras de Lobezno. También se pueden dar las dos cosas a la vez: el héroe y el villano en una misma imagen. Es el caso de La guerra de las Galaxias, episodio I: La amenaza fantasma, en la que vemos al pequeño Anakin en el desierto, mientras su sombra se imprime en un muro, reflejando así la silueta de Darth Vader. Basta con un detalle para que se propague por las redes un proyecto, un concepto.

Alguien fabulaba la siguiente hipótesis. El teaser de La mort de Louis XIV, la flamante película de Albert Serra, podría centrarse únicamente en la peluca del rey, que la lleva hasta en sus últimas horas, incluso en cama. El póster, sin embargo, no puede prescindir del rostro de Jean-Pierre Léaud, santo y seña de la nouvelle vague, convertido, por designios de un genio como Serra en monarca agonizante.

El teaser es más conceptual. No tiene necesidad de incluir los datos y compromisos, los nombres de los actores o del director, los créditos, los logos. No tiene necesidad de exhibir el rostro de la estrella, de exponer a George Clooney mirando al frente. O a Jean-Pierre Léaud. O a Kristen Stewart. O a Antonio de la Torre. Nada puede salir mal.

El póster debe resaltar los méritos de la película para el público. Mientras este lo hacen a menudo las distribuidoras, que intentan aplicar el libro de estilo del país donde estrenan la película, el teaser se hace normalmente desde la productora, y es una pieza que suele dirigirse a las ventas internacionales. A veces, es otro elemento promocional. Es el caso de las películas “tochas”, para las que se hace teaser y póster y teaser y trailer. Nada es suficiente en la era de la bulimia internáutica, en la que se engullen imágenes nuevas sin parar. El teaser se hace en un momento en el que apenas hay materiales de la película. Es más, puede que aún no haya ni siquiera película. De ahí que sea, ante todo, una pieza conceptual, cuya vida es provisional. De ahí que, a menudo, tenga que ver más con el diseño que con el mero márketing informativo.

Hace tiempo que se impuso una máxima irrefutable en el cine, aquella que dice que a veces es mejor no mostrar, que lo verdaderamente poderoso es sugerir, que en la intuición está la magia y el misterio. El teaser no hace más que seguir este postulado. Propone, invita a una historia, y deja volar la imaginación de aquel que lo contempla.