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O Magazine
2015-2017

“Seis grados de separación”, ya sabéis de qué va el juego, hombre: unir conceptos, personas, animales o cosas muy distantes en seis pasos que revelan qué todo puede estar conectado.
También es cierto que este pasatiempo a partir de una lectura lúdica de la teoría del caos está un poco superado. Ya está muy visto, sí, vale, de acuerdo. Así que ¿para qué quedarse ahora so lo con seis vínculos cuando se puede establecer un mapa de conexiones de… Un millón de grados de separación?
Es esta una Historia Universal (la que nos gusta a nosotros, al menos) contada a partir de los links. Miqui Otero se deja caer alegre e inconscientemente por el tobogán de la libre asociación de ideas en una chifladura holística por entregas.
Cada capítulo de esta epopeya tiene seis grados para respetar el referente original. Pero como rezaba aquel célebre claim de The Wire“Everything is conected”:  el final de cada episodio de Un millón de grados de separación siempre será el principio del siguiente. Y así, y si nadie nos detiene antes, hasta el infinito.

ilustración por
Sergi Padró

Un millón de grados de separación


por Miqui Otero

Capítulo VI

Donde se hermanan Los Chunguitos y los Sex Pistols, el cine quinqui y el blaxploitation y donde las leyendas del punk sirven para anunciar mantequilla y cereales infantiles en un país donde los grupos de pop hablan de escándalos políticos y sexuales mucho más explosivos que una película de James Bond.

Un millón de grados de separación – O Productora Audiovisual

— Vamos a ver, Juan, cómo no habéis hecho ninguna canción sobre ese gravísimo tema que es el caballo, que seguro que en vuestros barrios…
— El caballo no lo hemos tocado todavía, pero esperamos tocarlo dentro de muy poquito… Bueno, tocarlo cantando. Que eso es muy grave.

El programa La edad de oro era en aquella época una especie de cruce entre un bar de estación de autobús (de los que no cierran), una narco-sala y una franquicia del CBGB. Esta escena transcurría en 1985, meses después de que Tierno Galván arengara a la muchachada a sacudirse la modorra franquista: “El que no esté colocado, que se coloque”. Nunca el mensaje de un alcalde ha sido seguido con tal fervor. Por el plató de Televisión Española solían desfilar músicos lánguidos con gafas de sol Wayfarer y botines que hablaban de la calle como verdadera Universidad (aunque muchos fueran universitarios).

Solo semanas después de la visita de Johnny Thunders relatada en el anterior capítulo, el programa invitó a Los Chunguitos. Ellos venían verdaderamente de las calles de Vallecas y cruzaban rock  y rumba con el sonido de Caño Roto. La presentadora Paloma Chamorro, aniñada bajo su peinado de un Harlem Globetrotter que se hubiera metido en una bañera con una tostadora encendida, insistía en hablarles del “maco” cuando ellos simplemente decían cárcel. También les preguntaba por uno de los grandes temas del programa y de la época: la heroína.

Los hermanos Salazar pertenecían a esa rumba castiza, con ch, que se cocinó en los barrios dirigidos fundados por el franquismo para acoger a las familias de Extremadura y Murcia. Y, sin embargo, parecían bien desayunados y rollizos al lado de muchas de las estrellas que pasaban por el programa. Era el de Chamorro un loable intento de abrir esa rumba a la modernidad algo acomplejada y anglófila de La Movida. Hasta entonces, Los Chunguitos eran más bien los reyes de otro circuito. Si Bob Stanley explica en su ensayo Yeah Yeah Yeah que los charts de éxitos musicales son “historia social viva”, los anaqueles de cassettes de las gasolineras eran el verdadero pulso de la gente que no solía salir en la prensa o en los programas culturales.

Los Chunguitos habían accedido a un nuevo público gracias a firmar un par de canciones en la banda sonora de Deprisa, deprisa, la película de Carlos Saura que se había llevado el Oso de Oro de Berlín en 1981. Así que, como sucede ahora con cierto hipsterismo que reivindica a Camela, algunos habían decidido que Los Chunguitos eran asimilables. Ahí estaban ellos, con sus trajes color plata demasiado grandes y esos modales que se empeñan en ser educados (“Nos gusta pasarlo bien. Ir al Bingo, al cine…”) que exhibe la gente que, en realidad, ha dado muchísimos más tiros que los que quieren engolar su malditismo. Los Chunguitos quedaron, en cuanto se abrió el micrófono, mucho más verdaderos que aquel tal Johnny Thunders.

Poco después, por consejo de un directivo de la discográfica EMI, Los Chunguitos fueron más allá. En 1991 un alto cargo del sello hizo de alcahuete para que editaran un maxi a medias con el gurú zulú Afrika Bambaataa, referente primero del rap y luego de otros ritmos más house. Fue ese el más certero ejemplo de intentar maridar dos culturas gemelas: la quinqui y la blaxploitation, la gitana y la negra: nómadas, nacidas en barrios de vivienda social, con el ritmo como único rey y cierto apego por las armas (también con un dandismo más basado en el estilo personal que en la pasarela). El cine quinqui, con esa temática social sin ser panfletaria, con esa mitología propia y con esos actores anónimos sacados de la calle (a menudo pagados con caballo), se puede leer en paralelo al cine blaxploitation.

Volvamos a la obra musical en cuestión. Unos meses antes, incluso Lola Flores se había atrevido con el hip-house con Ay, Alvariño, pero esta colaboración de Bambaataa con los Los Chunguitos afianzaba esa conexión.

ero los Hermanos Salazar compartían aún más cosas con otro personaje: John Lydon, también Johnny Rotten, el rey del punk que unos años antes había grabado con Bambaataa el excepcional tema World Destruction. No es el creador de la Universal Zulu Nation lo único que los une, ni tampoco la heroína que destruyó a algunos de sus mejores amigos, sino la televisión. Habrá quien conozca a los Hermanos Salazar  por sus colaboraciones actuales en programas como Gran Hermano Vip y el propio Johnny Rotten, ex líder de los Sex Pistols, participó, allá por 2006, en el reality I’m a Ceebrity… Get me out of here. Ambos sufrieron una salida abrupta del concurso.

Los orígenes del Sex Pistols fueron casi tan duros como los de los Salazar. En su segundo libro de memorias, La ira es energía, Lydon/Rotten explica cómo contrajo una meningitis aguda por culpa de las ratas: jugaba con barquitos de papel en los charcos donde estas hacían sus necesidades. Si no hay ahí una rumba, que baje Bambino y lo desmienta.

Si viviera en España, Lydon sería hincha del Rayo Vallecano, el equipo del barrio de Los Chunguitos. Yo mismo lo entrevisté recientemente para El País y el tipo andaba obsesionado, no con las canciones de karaoke de los Sex Pistols ni con el problema en Siria, sino con su cruzada contra el fútbol moderno: “Con lo que cuestan unas entradas para ir al campo, deberían permitirte follarte a las mujeres de los jugadores”. En concreto, se encabritaba con los peinados de las estrellas del balón: Rotten me dijo que los futbolistas parecían notarios o monaguillos hasta que él, con sus trasquilones coloridos y sus crestas, cambió el panorama, de Beckham a Neymar.

Dos años después de participar en el reality VIP, Lydon fue más allá: entró en el mundo de la publicidad. La marca de mantequilla Country Life le pagó un dineral por protagonizar un anuncio: el rey del punk, el autor de Anarchy in the UK, el único músico al que le quisieron aplicar la Traitors Act (penada con la horca) por sus arengas antimonárquicas, aparecía con traje de tweed, en un entorno absolutamente rural, como un lord demasiado aficionado al jerez y a las campesinas, diciendo: “It’s not about Great Britain, It’s about Great Butter”.

No era la primera leyenda punk que se internaba en el mundo de la publicidad alimentaria con miga cómica. John Cooper Clarke, el gran poeta punk con aspecto de hermano loco de Bob Dylan, lo había hecho antes exhibiendo su peinado crespado a lo Paloma Chamorro de resaca. Que un reconocido heroinómano anunciara los cereales infantiles Honey Monster Puffs podría ser raro, sino fuera por lo delirante de esas piezas publicitarias y porque la temática no andaba lejos (Clarke había debutado con éxitos como I Married a Monster from Outer Space en 1978).

Antes del episodio de los cereales, Clarke con esa cadencia de anuncio de Micromachines o de lectura de contraindicaciones en anuncio farmacéutico, puso el humor al servicio de la poesía punk. Sus poemas telonearon conciertos de los Sex Pistols, pero también de The Fall, Buzzcocks, Elvis Costello o Nico (y aún hoy se le puede ver en festivales como el ATP haciendo…¿haikus?).

Sin embargo, su poema más bonito se lo dedicó a una estrella semidesconocida de la música pop de los ochenta: Martin Newell.

Fit like a fiddle
Drinks like a fish
You should be so tough you wish
He’s got muscles in his piss
Who’s this. Martin Newell
A shallow dish of slender gruel
And a pint of ale his only fuel
Goes by the name of Martin Newell
Who’s that then. Martin Newell
Every seven years it’s said
Martin Newell goes to bed
That’s enough poems. Ed.

Martin Newell es ahora un articulista sobre temas rurales, pero fue uno de los compositores de pop más brillantes que haya dado Gran Bretaña. Aunque siempre se quiso alejado del arquetipo de estrella del rock (“Me gusta el alcohol barato y las chicas de mi edad”), tuvo cierto renombre con su banda Cleaners from Venus. Trabajaba en un restaurante con su socio musical Lol Eliott y el único día que libraban (el lunes) compraban un six pack de cervezas de marca blanca y se pasaban toda la jornada festiva grabando canciones de pop alucinantes en un Sony TC-130. Su primera maqueta se titulaba On Any Normal Monday. Aunque ni el talento de Newell era tan normal ni tampoco su look: con su chistera y sus gabanes victorianos de terciopelo verde seguramente no sería muy aceptado en un chiqui-park.

Cleaners from Venus, como los Smiths o Television Personalities, estaban fascinados por toda la imaginería del Londres de los sesenta. Tanto con su versión proletaria (las películas de fregadero, chicas modosas y guapas que pierden los papeles en Londres, trabajadores de fábricas encabronadísimos que tocan la trompeta a escondidas) como con la Swinging London, la nueva aristocracia pop.

Uno de sus mejores temas es, por ejemplo, Julie Profumo.

Quizá al lector más musical de este Millón de grados de separación le suene el nombre de Profumo por una canción de The Skatalites, de Dusty Springfield (con Pet Shop Boys), de Alaska y Dinarama (Señora Kleenex), de Phil Ochs, por una mención en un disco de los Kinks o por la portada de The Kick. Pero el caso es que Christine Keeler, que protagoniza esas canciones y muchas más, casi desmonta la Guerra Fría sin necesidad de armamento nuclear, con el poder de sus rasgos y su escote. Hablamos del Caso Profumo, uno de los más célebres de la Gran Bretaña de los años sesenta. La historia es simple, ni siquiera muy excepcional: el ministro de Guerra británico, John Profumo, tiene una noche de gresca con una corista y bailarina que conoce en una fiesta organizada por un Lord.

Todo sucede en 1963, cuando ese ministro de Guerra tiene aún fresca en la memoria la Crisis de los misiles (cubanos), así que dirige los suyos hacia la corista. El problema no es ni siquiera ése. El problema llega cuando se descubre que la muchacha había conocido (en la acepción bíblica del término) a un espía soviético: Yevgeny Ivanov.

Esta intriga a lo Modesty Blaise se vio agravada cuando el ministro Profumo mintió solemnemente sobre este detalle ante la Cámara de los Comunes. Allí, siguiendo la táctica del adúltero (niégalo siempre, aunque tengas un dildo en una mano y una oveja en la otra), declaró que no había “absolutamente nada impropio” en su relación con la dama. Un “No impropriety wathever” que, pasado el tiempo, recordaría poderosamente al “I did not have sex with that woman” de un presidente de Estados Unidos canoso aficionado a llevarse a los labios puros habanos y boquillas de saxofón.

Muchos quizá ya os estéis avanzando a los acontecimientos y aventuráis que en la próxima entrega saldrán Monica Lewinski (y Philip Roth y Carl Sagan). Pero, ¿y si en realidad sale Marilyn Monroe (y Saul Bellow y Stephen Hawking)? ¿Eh? ¿Entonces qué, listos?