DESCENSO

AL

MAELSTROM

POR

Conozco la aprensión que pueden provocar las formas espirales. Uno de mis terrores infantiles era el de ser tragado por un remolino y la palabra ‘xuclador’ con la que en catalán se denomina a estos fenómenos todavía me trae acentos ominosos. Los especialistas tal vez aducirán que padezco una ligera fobia a las estructuras geométricas y repetitivas de la naturaleza. Una confesión paradójica en un texto que versa sobre GIFs que contienen este motivo.

Pero la inquietud que transmite la visión de vórtices rotando suele ir aparejada de una fascinación morbosa que impide dejar de mirarlos. Nada excepcional: el de la espiral es uno de los símbolos duales por excelencia; un arquetipo muy antiguo y presente en muchas culturas que lo mismo puede expresar elevación que hundimiento, crecimiento que aniquilación. Es una imagen recurrente en el arte prehistórico y que en la tradición hermética, como señala Juan Eduardo Cirlot, representa el aliento y el espíritu. Los marinos del norte de Europa, en cambio, sabían que era un heraldo de la muerte y lo llamaron ‘maelstrom’ (“corriente moledora” en holandés). Luego Julio Verne y Edgar Poe trasladaron con eficacia ese topos a la literatura. En lo sucesivo, el torbellino que puede absorbernos y engullirnos ha sido utilizado en el arte y la cultura popular con resultados igualmente perturbadores, de la serie manga Uzumaki a la obra del escultor indio Anish Kapoor.

Como siempre que nos sitian miedos irracionales y supersticiones atávicas, podemos intentar ponernos al socaire de la ciencia. La mecánica de fluidos y la física aplicada describen los principios que mueven tornados y embudos de agua, tormentas superceldas y corrientes circulares oceánicas. Su socorro, sin embargo, no aporta demasiado alivio en esta ocasión. Por el contrario, nos confirma que existen en los mares esas entidades de pesadilla de cuyo vórtice es imposible escapar; bucles capaces de atrapar y retener todo lo que se acerque demasiado a su borde. Y si la simple idea no fuese lo suficientemente aterradora, aún hay más. En el universo encontramos un equivalente matemático al de las partículas de fluidos que describen una órbita alrededor de las vorágines marinas: los fotones de luz que caen dentro de un agujero negro.

Existen regiones del espacio-tiempo en las que ambas dimensiones se invierten y dejan de tener sentido; remolinos con la masa de millones de soles y que vagan por el espacio aspirando materia como gigantescos sifones cósmicos. Son singularidades en las que ocurre lo imposible: si nos precitásemos en ellas, la realidad se dividiría en dos. En una quedaríamos incinerados por la radiación y en la otra seguiríamos adelante ilesos, cayendo en espiral hacia su centro y sin vuelta atrás posible.
Y ahora, si les quedan ganas, ríanse del escalofrío primordial que me producen imágenes como la de esta colisión entre dos agujeros negros. Por simulada que sea, enuncia la verdad más temible que podamos concebir.

ALEXANDRE
SERRANO