Cuando eres

Por Aïda Camprubí

En el mundo del cómic no existe la ley de peligrosidad social, se aceptan vagos y maleantes. De ahí que sea tan fácil verse reflejado en algunos personajes y que se conciba lo que se llama (anti)héroes generacionales. Aunque el tema de la generación mejor ni tocarlo, cada uno sabe a quién o qué le rinde culto. El cómic es una especie de tercer espacio –como el bar del que hablaba Mar Calpena-, donde te sientas a verles las caras a ciertos paisanos y socializar, especialmente con algunos recovecos de ti mismo. Fue en una de esas oscuras mesas esquineras donde me encontré con Simon Hanselmann, un ilustrador australiano travestido, que dice usar todos los clichés (pelucas, minifaldas, medias de rejilla y tacones) para “parecer esta especie de falsa versión mediática de lo que representa que debe ser una mujer”. ¿Cómo conectamos tan bien? Porque travestido, trans, mujer o no, nuestra vida parece una gran broma.

[Apunte: De hecho, no es el único autor heterosexual atabillado con tópicos de lo femenino. Daniel Clowes, a parte de reconocer su afición por el látex, fue dibujado por los hermanos Hernández con medias y ligueros; y en otros campos como el musical, se conoce la filia de Fat Mike por los vestidos elásticos, véase su última entrevista para la CBC.]

Megg

Cuando eres Megg – O Productora Audiovisual

Cuando
eres

Para más inri, Simon Hanselmann ha hecho lo que Rasca y Pica a Krazy Kat: adaptar los dibujos animados de su infancia -la Meg & Mog de Helen Nicoll y Jan Pienkowski- a sus costumbres adultas. Megg y Mogg (ahora con dos g y triple X) comparten piso con su amigo Buho y, ocasionalmente, con Werewolf Jones, pasan la mayor parte del tiempo en un sofá que imita intencionadamente el de los Simpson, se alimentan de drogas varias y se profesan desganados besos negros. ¿En qué nos parecemos? Si Ludolfo Paramio supo reflejarse en Anarcoma, quizá él tenga la solución. Su testimonio dice que estos personajes “nos hablan de nosotros mismos y de nuestras lamentables historias cotidianas, pero lo hacen con demasiada crueldad para que debamos aceptar que nos retrata, con demasiada ironía para que debamos angustiarnos, con demasiada obscenidad para que podamos sacar conclusiones ejemplares”. Pero aún así, aquí están nuestros nexos de unión, como si estuviésemos pegados a Megg como un pulgar y un índice untados en superglue. Pieles de dedos distintos encajadas por una sustancia tóxica.

¿Cuál es la esencia de esta modernidad que retrata Hanselmann y que nos engancha a sus historias? He aquí la receta del metafórico pegamento:

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1.
La autobiografía:
lo mío es tuyo.

Esa sensación de cuando se arriman para contarte una historia y no quieres oírla para no posicionarte. El maldito testimonio que te convierte en cómplice: la autobiografía en el cómic. Aunque esta vez la protagonista sea una bruja de tez verde cuya pareja es un gato. Ya lo dijo Adrian Tomine:“tengo la impresión de que mis personajes son como dobles raros de mí mismo” y lo mismo le pasa a Hanselmann. La autobiografía genera empatía. Vemos a Megg sufriendo una resaca en el sofá, cuando le fallan las fuerzas para negarse al sexo anal o perdiendo los nervios por culpa de un sándwich. Podríamos ser cualquiera. Cualquiera que haya saltado una verja para meterse en el bosque.

Y aunque seguro que cada autor/a autobiográfico encaja con una generación, hay algunos que envejecen mejor que otros. Por ejemplo, pocas chicas hoy se sentirán como las lolitas de Phoebe Gloeckner, pero lo de las féminas de los hermanos Hernández -aun y ser personajes de ficción-, sean Locas o vivan en El Palomar, es una cola de la que no te podrás desprender nunca.

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2.
LGTB:
lo normal.

La gran magia de cualquier forma de entretenimiento o de arte es convertir lo deseado en lo posible. Por ejemplo, la mejor amiga de Megg, Moco, antes era un chico. Desde que las dos son mujeres tienen una relación más íntima… y ahora usan el strapon. En los cómics de Hanselmann no es una excentricidad, es el pan de cada día. También lo hizo Nazario en su momento, y quién mejor lo cuenta es el doctor Onliyú: “es un hecho que el mundo homosexual sea considerado, tanto en sesudos análisis como en acaeceres de lo más mezquino y cotidiano, como ‘algo otro’, aceptado siempre que mantenga su carácter de excepcionalidad y de, en el mejor de los casos, exotismo. En la historia de Anarcoma sucede precisamente lo contrario; lo homosexual es lo lógico, lo evidente y lo natural. Con sus peleas, sus grandezas y sus miserias”. Que lo underground pierda su carácter perseguido es la fantasía de toda generación. Leer estos cómics te hace vivir donde te correspondería.

Y hay quién ha ido más allá. En la historieta El doble, Julie Doucet tiene un sueño muy muy transgénero donde se clona con pene para poder ser ambos géneros a la vez. ¡Está en el siguiente nivel!

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3.
El sexo,
ese terreno quebradizo.


“¡Bah! Si Dios castiga a una chica por gozar del sexo
de la misma manera que lo hacen los hombres,
me gustaría ir aún a la iglesia solo para poder dejar de ir.”

– Carmen en El Palomar, de Beto Hernández

Si fuese tan fácil… Simon Hanselmann describe el sexo como “algo retorcido y extraño, incluso dentro de la corriente principal. Es superfluo, más allá de la reproducción, donde básicamente se ha convertido en un deporte, una obsesión, una actividad con sus propios juguetes”. De esto van las relaciones sexuales ahora, tras la alegría del destape volvieron para encasillarse dentro de las normas del deporte.

Pero a pesar de la frialdad de su práctica, Hanselmann también tiene mucho en común con Julie Doucet, porque “muestra muy patentes sus inseguridades para relacionarse con los demás, para relacionarse con chicos, con otras mujeres. Sobre todo con mujeres que son sexis o abiertamente sexuales o deseadas. Ella es una persona más deseosa que deseada, no tiene ningún problema para decir que es una persona sexualmente activa, pero sí que tiene problema a la hora de relacionarse con los demás en este aspecto”, cuenta la fanzinera Andrea Ganuza.

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4.
Enfermedad vs.
Indiferencia.

“- Realmente deberíamos hacer lo que dice el doctor, Maggie…
– Bah. Los médicos no tienen ni idea de cómo tratar la tisis. Cuando te diagnostican una enfermedad incurable solo resta una cosa por hacer…
– ¿Sí? ¿El qué?
– Vivir la vida como si no la tuvieras.”
La mujer rebelde: La historia de Margaret Sanger, de Peter Bagge

Megg no tiene tisis, casi nadie tiene tuberculosis hoy en día. Bueno, conozco un par de casos y ambos lo solventaron viviendo unos cuantos meses en plan straight edge. Pero hay dolencias que se te cuelan inevitablemente en lo cotidiano, como la depresión, y es algo que sí que aqueja a nuestra protagonista. Dice Tom Spurgeon de The Comics Reporter que “los comediantes ven la dignidad que hay en un alma pisoteada”. Hay algunos, como el personaje de Buddy Bradley de Peter Bagge que asumen sus limitaciones, pero Megg está irremediablemente hundida en ellas. Esa depresión, a un ojo poco preparado le parecerá un océano de indiferencia que todo lo hunde.

Otras expertas en convertir el agua en aceite son Conxita Herrero, cuyos personajes reaccionan a este mundo extraño aparentando normalidad, y Flavita Banana, que le da un toque de humor -algo recalcitrante- a todo aquello que, visto de otro modo, provoca un rictus más de llanto que de risa.

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5.
El feminismo
defectuoso.

“En cualquier instante, caerán las bombas. Soviéticos, americanos, da igual quién las tire primero. Todo el mundo lo sabe, y sin embargo la gente, incluso los críticos más pesimistas, sigue funcionando y teniendo hijos como si la cosa no fuera con ellos. Como si un crío de dos o tres años pudiese impedir algo que los adultos no pueden: ¡la muerte! Y algunas de estas bombas ya están aquí, el SIDA es una y su consecuencia es la homofobia militante.

No quiero estar implicada en ninguna muerte, Israel. Si me dejaras preñada abortaría para salvar al niño de una muerte futura… Así que, ¿dónde están mis bragas?”

– Tonantzín en El Palomar, de Beto Hernández

Cualquier cómic actual que se precie debe ser feminista, o al menos intentarlo, porque las corrientes de pensamiento, al igual que las personas que las piensan, son fragmentarias e imperfectas. Megg es feminista, sin embargo no encaja con el resto de las militantes cuando su amiga Moco la lleva a una reunión en casa de una de ellas. Las odia. Las otras son demasiado respetuosas, sonrientes y activas, no les aqueja su carcomiente depresión y no les apetecen las mismas drogas.

Un ejemplo perfecto de este feminismo con el motor estropeado es La mujer rebelde: La historia de Margaret Sanger de Peter Bagge. La biografía de la principal precursora del control de natalidad está llena de humanidad, de intereses ocultos y de cachondos libertinajes. Feminismo sucio, pero feminismo al fin y al cabo.

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6.
Lo que al final importa:
la intimidad.

“¿Cómo podemos establecer una comunicación tan íntima que se acerque al límite de lo que se supone que es decoroso? Suena raro, viviendo como vivimos rodeados de pornografía. Se trata de decir, ¿cómo podemos compartir lo que es realmente íntimo?”

David Toop

“A la hora de crear y leer tebeos la soledad es lo que manda. Se quiera o no. Se inventa en soledad, se procesa en soledad. La intimidad es lo que permite un nexo distinto, quizá hasta un ‘espectador’ distinto. Más inmediato”, nos contaba Jason en su entrevista para O. Megg de Hanselmann nos cuenta su íntima vida disfuncional y demuestra que no tiene nada de esperpéntico. Por una vez los relegados somos la norma, la historia es la nuestra. Quien no tiene lugar aquí es la otredad, lo que para el resto es común.

Otra autora capaz de arrastrarnos a la más grotesca intimidad es Alison Bechdel (inventora del Test de Bechdel) con su Fun Home, que habla de homosexualidad y del suicidio paterno. A pesar de su cruenta sinceridad, o quizá gracias a ella, su cómic ha tenido tanto éxito que se ha convertido en un musical. Por su parte, Hanselmann espera que algún día Megg, Mogg y Buho cristalicen en una serie de televisión trash protagonizada por la tremenda Lindsay Lohan. Que estas propuestas se trasladen al lugar del que huyen, el de la obviedad generalizada, no va a romper fronteras. Pero lo más seguro es que empujen los límites sociales para que se abran unos cuantos centímetros hacía fuera y los que estamos dentro, podamos aflojar las correas de lo socialmente aceptable y, quién sabe, tal vez respirar mejor.

Simon

Hanselmann

& Mogg

Megg