Kawaii oscuro,

casi negro

Por Aïda Camprubí

Hay muchos caminos para ser rebelde, insurrecto y subversivo. Andar por el lado salvaje de la vida no es una fiesta, también son polémicas, resacas y palizas. Es menos probable pegar, que recibir la torta. Es familiarizarse con la muerte, y muchas personas se acercan a ese límite a través del arte. Dice Jenny Hval que “en un instante puedes notar que estás roto, o que realmente tarde o temprano vas a morir; pero también contiene el ímpetu de decirte que estás bien, que puedes sentirte mejor. Crear o componer es dar sentido a la propia impermanencia. El arte es un lugar donde está bien morir, así que cuando actúo o escribo de algún modo me reconcilio con la muerte”. Pero nada de dramatismos, acercarnos a nuestro fuero interno, que está lleno de emociones pero también de vísceras, puede ser un viaje incluso bucólico y lleno de humor. Hablamos con Mia Álvarez, Oh Carol, Pussie Toys y Núria Just, todas ellas lozanas artistas e ilustradoras que se acercan a las cavilaciones noir desde algo tan cute y tremendamente irónico como es el kawaii. Metamos un piececito en el cenagal y si nos gusta, luego meteremos la cabeza.

Mia Álvarez lo resuelve rápido: “El Kawaii Noir sale de esa sobredosis de azúcar del “todo es mono”. La necesidad de estar mal, que de eso se aprende y luego te hace estar bien. La balanza que ejerce la polaridad. A la semana de salir Mr. Wonderful salió Mr. Wonderfuck por pura urgencia. Tú, si estás bien, no precisas de tantos mensajes positivos. Esta obsesiva repetición de “nos va a ir bien, nos va a ir bien”… ¡déjame en paz!”.

“Es mucho más genuino ser fiel a lo que sientes en cada momento”, continúa Carol, y para los recién llegados matiza: “’kawaii’ es una expresión japonesa al uso que significa “¡qué mono!”. Tiene que ser de proporciones pequeñas, extremidades exageradas, esquinas redondeados, como un cachorrito o un bebé. Parece sencillo, pero tiene una estética muy marcada, aunque cuando entras en su zona oscura no hay límites”.

Mia, que es la más veterana, contextualiza: “Mi primer contacto con algo parecido al kawaii fue el universo de Osamu Tezuka, que mezclaba el estilo de dibujo japonés y ese tipo de ilustración bonita de Walt Disney. Paralelamente, ese tipo de kawaii llevado a referencias del diseño europeo generó personajes como el conejito Miffy , dibujado por el holandés Dick Bruna y en el que luego se inspiraría la Hello Kitty de la empresa Sanrio, ilustrada originalmente por Yuko Shimizu. En Japón, la cultura kawaii se utiliza para todo. Cada empresa, o incluso cada prefectura del país, tiene su mascota, como aquí –y en menor escala– fueron Naranjito, Curro, Cobi o Petra, que era de los paraolímpicos y le faltan los brazos, muy al estilo kawaii noir.”

“Es una estrategia para llamar la atención, humaniza a la empresa y genera un mayor vínculo con el público”, puntualiza Clara de Pussie Toys. “De hecho, en Japón le ponen cara a todo, incluso a la comida. ¡Hasta les dibujan ojos a los donuts! Aquí no podríamos comerlo, porque nos recuerda a una persona y nos parecería gore, pero allí es un tic habitual. Y a quién no le guste el fetiche popular del momento, siempre encontrará su versión antisocial”. Véase el gozoso tedio del Gudetama del que hablaba Victor Navarro, los Sumikko Gurashi de San-X, la anti-mascota por excelencia que reniega de la compañía humana y su equivalente nacional, Michopocho el gato abatido.

En el país del sol naciente incluso los personajes femeninos Moe (“floreciente”, “querido”) tienen alguna peculiaridad que ayuda a ganar la simpatía del fanático. Y este ideal de belleza de lo raro, del efecto espejo que genera la debilidad, concuerda bastante con el ideal de Baudelaire: “Lo bello siempre es extraño. No extraño voluntaria y fríamente, porque en este caso sería un monstruo salido de los raíles de la vida. Lo que digo es que es que siempre contiene un poco de extrañez, de extrañez ingenua, no premeditada, inconsciente, y que esta extrañez es lo que lo convierte en particularmente bello. Es su matrícula, su característica. ¡Invertir la proporción e intentad concebir una belleza banal!”. También dice el poeta, según Antoine Compagnon, que lo extraño no siempre es bello, pero que lo bello siempre es triste.

Pero el kawaii noir no es solo triste, tiene un componente mucho más sórdido y se considera un acercamiento tenue al ‘guro’ (que viene de ‘grotesco’) de Shintaro Kago, al ‘eroguro’ (‘erótico-grotesco’) y tiene guiños del manga punk setentero de Teruhiko Yumura. Cuenta Mia que “el kawaii noir nació en Japón paralelamente a su antagónico, de la mano de artistas como Junko Mizuno y Luke Chueh. Siempre ha existido esa dualidad, porque es un país que las ha pasado muy putas. Su situación en la línea de fuego de China, Rusia y las dos Coreas, sus guerras y sus periodos de aislamiento o la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki, hay muchas referencias de lo que es la radioactividad, por ejemplo, o la lluvia negra, o personas deshaciéndose. Lo tienen muy arraigado, es un trauma social”. Es delicado crear desde una herida en el ADN de la civilización, pero es allí donde supuran algunas de las piezas más telúricas.

“Ser capaz de trabajar con el arte es poder ver más allá de lo políticamente correcto” –citando a Jenny Hval– “porque si observas desde un punto de vista político, entonces tu cerebro empezará rápidamente a aplicar la censura en aspectos que pueden tener mucho valor artístico”. En cuanto a la experiencia personal de Mia: “Perdí el miedo a este tipo de dibujo cuando vi que podía controlarlo. No sabía qué podían despertar en mí y me generaba rechazo, pero he tenido experiencias que me han hecho entrar más en contacto con la realidad y aceptas que forma parte de la vida. Cuando alguien tiene un accidente de coche, hay un instante en que tu cara explota y ese es el frame”.

¿Dónde está el límite? Hay personajes clave del kawaii noir, como Gloomy Bear, que devora al niño que lo adoptó, o Pedobear, que “sigue a los niños, los mira y no comete ningún acto vandálico, pero muestra una actitud que tiene libre interpretación y por supuesto que se malinterpreta. Juega mucho el contexto donde lo sitúan, si lo ves solo no deja de ser un oso Kawaii”, cuenta Mia. Hay japoneses que no se escandalizan frente a estas actitudes del mismo modo que en nuestra sociedad hemos asimilado “el logo del cerdo de la charcutería, al que le falta una patita o que sujeta sus propias salchichas o vestido de carnicero, que fuera de contexto es violencia y sigue una premisa muy kawaii noir”, añade Núria Just, y continúa “hay ejemplos que caen en el efecto bola de nieve, empiezan a bajar por la cuesta sin frenos y su humor se va haciendo cada vez más grande y sádico, como es el caso de Electric Retard, aunque poco tenga que ver con el kawaii”.

“La moraleja es que el hecho de que sea mono no significa que sea inofensivo –apunta Carol– pero en el momento en que te molesta tanto algo, te tienes que plantear por qué te afecta a ese nivel”. Por ejemplo, Oh Carol no ha participado en las facetas del kawaii estéticamente más gore –el llamado ‘noir’– pero “hice un dibujo de una mujer con los pechos un poco caídos para mi serie Physically not acceptable club y algunos de mis seguidores se volvieron locos”. Aunque unas tetas normales están así, repartidas por el tórax. “Dibujé algo que me parecía que tenía que ser natural, y decidí no entrar en debate. La gente por si sola se retrata en sus comentarios”.

Oh Carol también ha editado el fanzine Your Nudes Are Safe with Me, donde analiza cómo se mueve el material personal en los nuevos métodos de comunicación, donde compartes tu parte más íntima con personas que no conoces tanto, generando quizá inesperadas consecuencias. En estas primeras experiencias donde te quemas para aprender es donde se desarrolla la exposición Whatever, inaugurada el 19 de noviembre en The Gallery, by Error de Barcelona, en la que distintas artistas nacionales expondrán sus obras explorando las facetas más vandálicas del kawaii. Habrá gore, estética sadomasoquista, desapego y gamberrismo ilustrado, algunas de las actitudes del kawaii oscuro, casi negro en su faceta nacional.