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Si no teníais suficiente con el debate sobre Bob Dylan literato,
Ignacio Julià abre uno nuevo: ¡Bob Dylan pintor!

Cantautor
a tus zapatos

Por Ignacio Julià

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Tengo prohibido comentar, aun ya muy de pasada, la absurda polémica generada alrededor del largamente anunciado Nobel de literatura a Robert Zimmerman. Tanto despropósito me saca de quicio cuando uno imaginaba, iluso, que el imbécil abismo entre alta y baja cultura había quedado definitivamente olvidado. Y quede claro que tengo al menda por alta cultura. Solo un axioma indiscutible me permitiré: la palabra fue anterior a la literatura, esta anterior a la invención de la imprenta, y en consecuencia contar historias jamás debería constreñirse a las oclusivas tapas de un libro. Y una cosa más, ¡venga!: ¿cuántas voces del siglo pasado fueron más verbalmente punzantes, inspiradas, juguetonas, socialmente catárticas, relucientes, fraudulentas, en suma humanas, que la del llamado Bob Dylan?

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“Da la sensación de que haya estado siempre detrás de algo, cualquier cosa en movimiento -un coche, un pájaro, una hoja que se lleva el viento-, cualquier cosa que me llevase a un lugar mejor iluminado, una tierra desconocida río abajo”, escribe el esquivo Nobel a modo de certero autorretrato en el catálogo de su exposición pictórica The Beaten Path. ¿Qué… cómo se atreve? Además de galardonado literato, el simple músico, el carrasposo cantautor… ¿pinta cuadros? ¡Y esculpe, soldador en mano, artefactos metálicos a partir de piezas recicladas! Alejo de mí tales comentarios imaginarios, típicos de los cejijuntos intelectuales, al traspasar el umbral de la exquisita Halcyon Gallery en el barrio londinense de Mayfair. Y me topo con una muestra monográfica que es puro Dylan, cuadros de ingenuo cromatismo captando los paisajes secundarios de su América, esa que lleva décadas cruzando incansable durante la Gira Interminable.

Paseando por las muy nobles salas de la galería, pulcra y vacía salvo por las paredes donde cuelgan desde grandes cuadros hasta manejables bocetos, se visualiza una América que el artista ha querido fuese tan real como la que pervive en la memoria. “Tu pasado comienza el día en que naces y no tenerlo en cuenta es engañarte sobre quién eres realmente”, reflexiona Bob. De ahí que decidiese, en su apariencia naturalista, ocultar lo que no le interesaba, que es lo moderno y lo publicitario, ese feo mundo comercial. El encuadre de un puesto de perritos calientes en Coney Island omite por completo los rascacielos que “ensucian el cielo” a solo dos manzanas. Y la modesta pescadería en el Chinatown de San Francisco borra todo lo que llegó después de que se edificase aquel barrio de aires victorianos. “Esas frías y gigantescas estructuras carecen de significado para mí en el mundo que yo veo o elijo ver, el mundo del que formo parte”, confiesa.

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Cantautor a tus zapatos – O Productora Audiovisual

Contradecir el mundo moderno fue la callada intención de quien pasó dos años bocetando y pintando estas naturalezas transitorias. Ante detalles complejos que sus manos no lograban reproducir tal como transmitía la mirada, usaba el método ‘camara obscura’ sirviéndose de una vieja Nikon con un gran angular o la pantalla de un pequeño televisor estropeado. Pinta con acuarelas y acrílicos por su escasa emotividad, aunque no vea dichos materiales como necesariamente astringentes en ese sentido. Representa la realidad sin idealizarla, trabajando con objetos universales o fácilmente reconocibles, enmarcándolos en una cierta estabilidad. Hay que despersonalizar lo retratado, despojarlo de toda ilusión, buscando lugares comunes situados en un espacio racionalmente definido. A veces el punto focal está centrado, otras se encuentra en la distancia. Anheló crear imágenes que no pudiesen ser malinterpretadas, esa maldición que todavía le atosiga.

Quienes le acusen de intrusismo deberían saber que ejerció de pintor y escultor desde los primeros sesenta. Ahí está la portada de Music from Big Pink, debut de The Band, como primer atisbo. La simplicidad preñada de significado de estas imágenes –“carreteras, chozas, embarcaderos, automóviles, calles, pantanos, vías de tren, puentes, moteles, paradas de autobús, líneas eléctricas, granjas, marquesinas de teatro, iglesias, señales, etc.”, enumera- son obra de un observador curioso y honesto, todavía asombrado por la vida, sus verdades y misterios. Lo que ve conecta con su visión interior del país grande, y así lo intuirán quienes vivan inmersos en su música, pero lo importante -otro de sus rasgos literarios- es cómo estas pinturas neutralizan la realidad, su extrañeza. Endless Highway, su óleo de mayores dimensiones hasta la fecha, simboliza finalmente el camino sin fin que Dylan emprendió.

“The Beaten Path representa una temática distinta a la imaginería cotidiana de la cultura consumista”, afirma. “No hay nada que sugiera que estas pinturas se han inspirado en los textos de Sigmund Freud o que se basen en las imágenes mentales que ocurren en los sueños, no hay mundos fantásticos, misticismos religiosos o temáticas ambiguas. No hace falta que el espectador se pregunte ante estos cuadros si son objetos reales o imaginados. Si visita el lugar donde existe esa imagen, él o ella verán lo mismo. Esto es lo que nos une”.

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Hemos olvidado que el artista verdadero lo es en cualquier empresa que acometa. Dylan, que siempre pareció azorado por sus habilidades y por ello se negó a discutirlas con nadie o a cargarlas de presunción, es uno de esos elegidos capaces de transformar una rueda de prensa en un combate entre pugilista y dadaísta cuyos retruécanos siguen citándose medio siglo después; hacer de un recital una suerte de adivinanza cósmica en la que descubrir qué está cantando realmente, cuestionando toda una mitología industrial del rock; o plegarse al encargo de un galerista para ponerse a pintar cuadros que redefinan el canon del americana retando con luminosidad impresionista al mismísimo Hopper.

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Qué bien que el buen hombre no atendiese la llamada del síndrome de Estocolmo, que “no estuviese ahí”, como en la famosa canción. Al final, ni se presentó a recogerlo. Debía estar manos a la obra en su taller. Huyendo hacia delante. No hay otra.