BIBLIOMANÍA EN MI MENOR – O Productora Audiovisual

ESPECIAL
LECTURAS Y AGOSTO
Texto por Kiko Amat.

BIBLIOMANÍA
EN


MI
MENOR

6.

“Y aquí tengo los libros”. Ese es el título provisional de este artículo que al final Kiko Amat descartó. Un ejercicio sincero, brutal y en primera persona (cómo no) en el que el autor somete a una auditoría a su propia biblioteca y enjuicia su vida como lector. ¿Canon occidental? ¡Anda ya! ¿Corrección cultural? ¡Sí hombre!

1)

Libros que rompí
en mil pedazos

Hace tan solo unos días mi santa esposa llegó al domicilio conyugal y me sorprendió blasfemando, empapado en sudor y con la mirada fija en un punto distante, cual francotirador que acaba de hallar a su presa tras meses de infructuosa búsqueda por los pantanos. A mis pies, una alfombra no-metafórica de libros despedazados. Sí, así soy yo, amigos lectores. Un hombre paciente con la estolidez ajena y la escritura de sandeces. Veamos. Hice trizas aquellos libros por una sencilla razón: aunque puedo tolerar cualquier carencia humana, no me gusta la mala narrativa. Aborrezco la cursilería, abomino de la afectación y la pomposidad, me sacan de mis casillas la cripticidad gratuita y la birria y los lugares comunes y los libros llenos de chicas “locas” e “impredecibles”, con faldas plisadas y hábitos cleptómanos, quienes en el mundo real estarían bajo llave –y fuertemente medicadas– en un hospital psiquiátrico. No me gustan esas bazofias irredimibles, que dijo H.L. Mencken. De hecho, estoy siendo generoso: no solo es que no me gusten; es que su misma existencia física es un insulto contra todo lo que considero sagrado y valioso de este planeta. Son libros que atentan contra mi sistema moral. Precisamente por ello me chifla cuando todo encaja, y un escritor que me horroriza se deshace en elogios sobre un libro que me repugna. Por ejemplo, Benjamín Prado hablando de Dana Spiotta hace unos días. Esto sí es un caso conspicuo de “the blind guiding the blind”, como dicen los ingleses, solo que cambiando ambos “blind” por algún epíteto relativo al estiércol. La lista de libros que detesto y he despedazado (literalmente) es demasiado amplia para ser incluida aquí en su totalidad. Pero algunos de los más recientes son Chronic City de Jonathan Lethem, las inefables inanidades de Dana Spiotta, los de Jennifer Egan y La casa de hojas de Mark Z. Danielewski.

2)

Libros que presté

Se confunden ustedes de persona. Yo no hago eso: prestar. No soy una biblioteca. Pero aparentemente mi mujer sí lo es, pues cada día echo en falta más libros, y sé de buena tinta que yo no soy, por propia naturaleza, propenso a ese tipo de prodigalidad. No, es ella, y encima jactándose de su repugnante acto. Mi esposa llama a eso ‘terapia de shock’: un cuestionable método de su cosecha para convertirme en alguien desprendido y obsequioso con mis pertenencias en el plano físico. Su deleznable táctica consiste mayormente en ir prestando por ahí todas mis cosas a cualquier majadero que las pida. Por supuesto, el único “shock” de esta terapia acontece cuando estoy buscando alguno de mis amados libros, y ella confiesa, tras un parapeto recién inaugurado, que se lo dejó a su amiga Piluca, y entonces yo procedo a descuartizar a hachazos los muebles uno a uno, y cuando termino con el mobiliario la emprendo con alguno de los libros mencionados en el párrafo anterior. Porque yo no presto libros. Los libros que presté en un pasado muy lejano, cuando yo era otra persona, jamás me fueron devueltos. Pero no teman: conservo aún una lista (mental) de a quién presté cada libro, aunque muchos de esos tipos ya estén muertos. No sé si espero que me los devuelvan en otra vida, o qué. Otra cosa distinta son los libros que (si he de creer a mi esposa) he Perdido De Verdad. Misteriosamente (dijo él con mirada de borrico, después de haber realizado cuatro mudanzas, una de ellas intercontinental). Supongo que estarán en el cofre de Davy Jones, o en la dimensión fantasma a donde van a parar los calcetines desaparejados y las llaves Allen de Ikea que guardas para cuando urge un conato de bricolaje, y que nadie vuelve a ver jamás.

3)

Libros que fui
incapaz de terminar

Hace mucho que no me dejo recomendar libros ni por mi santa madre. Nadie acertaba, y eso que soy transparente cual vasija de delicado cristal. Pero la gente sigue empeñada en recomendarme cosas; debe tratarse de algún tipo de compulsión patológica. A veces algunos de esos pobres chiflados incluso me describían el argumento, como si fuese aquello algún tipo de incentivo irresistible. Pero esta magulladora vida me ha enseñado que mucha gente maravillosa tiene un gusto atroz (o cuanto menos no compatible con el propio) y viceversa. En el pasado, y para evitar la tabarra argumental que sin duda se avecinaba, me avine a leer novelas que me recomendaron algunos bienintencionados plúmbeos. Fue un acto condenado al fracaso. No pasé de la página 60 del intrincado, cenagoso y exasperante Vineland, de Thomas Pynchon, o el simplemente plomizo Oblomov de Iván Goncharov (en la página 58 el fulano aún no se ha levantado del diván; comprenderán que no puedo ser cómplice de una indolencia narrativa de ese calibre). Tampoco soporto Crimen y castigo, diga lo que diga todo el mundo, ni el resto de rusos barbudos. Beckett y Joyce me parecen unos latosos intolerables, como la mayoría de modernistas (menos B.S. Johnson), y un buen número de escritores del XIX (exceptuando a Wilde y Dickens) escriben como gente fallecida. Otro notable porcentaje del canon americano de los sesenta es, pura y llanamente, ilegible hoy (Mailer y Vidal son prescindibles en un 90% de su producción, además de incapaces de ocupar menos de 700 páginas por libro). ¿Y quién anhelaría hoy malgastar un mes entero de su vida leyendo a Henry James, Eugenio Oneguin o La Regenta? En serio: la vida es demasiado corta, y La montaña mágica avanza al ritmo de los grandes glaciares.

4)

Libros que me
obligué a terminar

Solo hay tres razones para terminar un libro que no solo no te gusta, sino que estás empezando a detestar de forma latente: a) por orgullo (no vas a vencerme, Rayuela), b) para cerciorarte de que lo detestas y luego poder insultar al autor en público sin que alguien te afee que no lo has leído (qué verdaderamente inmundo y pomposo eres, Rayuela) o c) para comprender algo que necesitas saber a toda costa, aunque sea ese un conocimiento oneroso o baladí. Pueden incluir en este triste apartado todos los ladrillos anarquistas que consumí en mi juventud utopista, convencido de que allá se escondía la verdad (política) del universo, y que luego confiné al trastero de chorradas biempensantes pero completamente inservibles de mi biblioteca. Respóndanme, se lo ruego: ¿Quién compra todos esos opacos tratados sobre anarco-sindicalismo y revuelta proletaria que se agolpan de manera contumaz en el catálogo de AK Press, o en las vitrinas de la librería de la CNT de la calle Joaquín Costa? Alguien debe adquirirlos, supongo, aunque luego sean solo attrezzo para ligar con mozas jipis en el bar de la “facu”. ¡Ah, leches! (dijo él, arreándose un manotazo a la frente): era esto, claro. ¿Cómo puedo haber sido tan idiota? El corpus entero de literatura anarquista sí sirve, después de todo, un propósito diáfano: fornicar.

5)

Libros que
no recuerdo
haber leído

Esto no es tanto un género como una época. Hubo un tiempo, hacia 1999, cuando yo vivía en otra ciudad mucho más vasta que esta, en que yo siempre llevaba libros de bolsillo encima, y los leía en los transportes públicos a lo largo de cuarenta minutos de periplo, después de haber pasado una tarde jocunda y enteramente provechosa en el pub. Borracho, quiero decir. Leer ebrio es una actividad asaz intrigante. Una parte de tu cerebro está electrizada por el estimulante morapio ingerido, así que entiendes perfectamente todo lo leído, mientras que otro hemisferio (el pertinente a la memoria y el almacenamiento responsable de recuerdos) ha echado la puerta metálica y colgado el cartel de Cerrado por Defunción. Wreckless Eric afirmaba en sus memorias que, cuando dejó de beber, una de las cosas que le reportó más satisfacciones fue lo de leer sin tener que cerrar un ojo. Yo he leído muchos libros así, con un ojo medio cerrado y la mitad del cuerpo atenazado por la hemiplejía alcohólica, y desde luego no recuerdo ni jota de ellos. Por fortuna, algunos de esos libros eran pura cháchara situacionista, paparruchas dadá o flipadas sixties de popes de la friquidad (como el Playpower de Richard Neville, o Bomb Culture de Jeff Nuttall, ambos degustados en diversos trayectos de la Central Line, de Embankment a Archway, mamado hasta las trancas) que no hubiese entendido (o disfrutado) sobrio, así que todos contentos.

6)

Libros que
no entendí

Estando sobrio, quiero decir. Hay muchos de esos, tantos como razones para haberlos leído. No comprendí casi nada del V., aquel tocho de Pynchon, porque me empeñé en leerlo en inglés en una época en que aún no estaba preparado para leer obras de ese calibre en inglés. Tozudo que es uno. Claro que luego lo leí en español y tampoco entendí la mitad (creo que era porque a ratos me quedaba dormido). Lo mismo puede decirse de El arco iris de gravedad, del mismo autor, que como ven ya ha aparecido tres veces en este artículo, y eso es algo que dejo aquí para que extraigan sus propias conclusiones. Y por supuesto no me avergüenza confesar que no pillé ni p-a-p-a de La sociedad del espectáculo de Guy Debord. Nadie lo ha hecho. Y los cinco o seis visionarios que sí lo comprendieron atestiguaron para el resto de nosotros que, pese a su reputación y título amenazante, se trataba tan solo de unas cuantas perogrulladas hegelianas con algo de utopía marxisto-delirante y tres observaciones de calado, solo que convertidas en ininteligibles por ese afán francés de hacerse el listo a costa de cualquier cosa. De la claridad, en este caso.

7)

Libros que me
empujaron a escribir

Esto va a ser breve: escribo como escribo gracias a John Fante, Richard Brautigan, Nik Cohn, Colin McInnes y Kurt Vonnegut. No todos esos autores siguen gustándome del mismo modo o con la misma intensidad, pero sin ellos jamás me habría atrevido a empuñar un bolígrafo en mi rozagante mocedad. Autores o novelas que han representado una influencia particular en libros concretos son El secreto de Donna Tartt, It’s me, Eddie de Limonov, Algo ha pasado de Joseph Heller o The Dwarves of Death de Jonathan Coe. Entre mis heces, si rebuscan bien en los resultados de la última colonoscopia, no hallarán traza alguna de tradición española o barcelonesa. No he hecho esto a sabiendas; simplemente ignoraba que existiesen esas corrientes. Cuando he copiado (y lo he hecho, aunque de forma cautelosa, por osmosis y solo cuando llevaba la L) he tomado de gente lejana, cadáver y que en vida usó un idioma distinto al mío. He hecho lo digno, vaya; no lo ignominioso.

8)

Libros que
simulé disfrutar

Cuando era joven y bobo, y aún cedía ocasionalmente a la presión cultural de mis pares, aparenté ser fan de William Burroughs, por ejemplo, pese a que me horroriza la literatura onírica y lo experimental y los pasotes fumetas de todos esos yonquis sesenteros con mensaje distópico y propensión al automatismo mecanográfico. Cut-ups, mi culo. Supongo que lo hice para hacerme el guay, algo que (como ha afirmado en alguna ocasión Manuel Jabois) es el origen de la mayoría de catástrofes que han tenido lugar en mi vida. Ya no hago cosas así, se lo garantizo, y la última vez que simulé pasarlo pipa con una novela que me estaba dando cien patadas fue en 1997, si bien con un propósito noble: encamarme con la que hoy es mi cónyuge y madre de mis rorros. Sí, no existe otro modo de decirlo: me deshice en elogios hacia Madame Bovary porque quería que ella se deshiciese de sus bragas. Qué quieren que les diga: funcionó, aunque hacia la mitad de Rojo y negro ya empecé a confesar la vil motivación de mis actos, y en El caballero de la carreta tuve que aullar “Para el carro, chata: no voy a leer ni uno más de esos bodrios. ¿Cómo? Sí, claro que quiero seguir haciendo lo otro”. En un apartado completamente distinto están todos esos manuscritos de escritores-en-ciernes que leo por cortesía elemental y ganas de devolverle algo al mundo (que dicen los raperos lucrados), y que finalmente tengo que devolver con un abstracto “le falta trabajo” cuando en realidad debería decir lo primero que le dijo un editor a Richard Price (creo): “quémalo, hijo; el fuego es un gran purificador”.

9)

Libros que releí
(por placer)

Quiero decir: no coaccionado por la entrega de alguna reseña alimenticia en prensa. No tiene demasiado secreto: son libros que me pirraron en mi infancia y adolescencia, y que leí de cabo a rabo por segunda, tercera o cuarta vez para intentar rozar de nuevo aquel subidón, que por supuesto es irrepetible por definición (como el de la heroína). Pero valió la pena. Aunque el primer corte es el más profundo, sin duda, lo de releer mis favoritos me reportó un raro disfrute, por no decir confirmación de estar en lo cierto desde el principio (lo que siempre es un alivio; imaginen revisitar algún clásico cambia-vidas de adolescencia y tener que admitir que es un churro infumable). Algunos libros que he leído dos o tres veces, mínimo, son: El día de los trífidos de Wyndham, Principiantes de Colin McInnes, El mundo perdido de Conan Doyle, Los viajes de Gulliver, varias novelas de John Fante y Kurt Vonnegut, varias de Richard Brautigan (no siempre con resultados satisfactorios: ya no puedo leer Un detective en Babilonia sin encontrarlo infantil hasta el puro gu-gu-ta-ta; y Kerouac, que me agradó a los dieciocho, me parece más bien justito y juvenil) y El buda de los suburbios. Y El guardián entre el centeno, claro, claro.

10)

Libros que me
proporcionan esa
ansiada paz

No tomo calmantes ni acudo al psiquiatra, pero tengo a P.G. Wodehouse. Cuando me canso (fugazmente) de él, me refugio en la serie Plinio de García Pavón. Y así, del uno al otro, voy esquivando la arbitrariedad, malicia y palmario imbecilismo de este mundo. Masajeo mi alma, si quieren. Llámenme gallina, pero yo necesito “acolchar la cruel realidad con vendajes de blanda ilusión”, que dijo –con bastante mala fe– H.L. Mencken, aquel viejo gruñón. Necesito que alguien me mienta a conciencia y me diga que todo va súper, tronco. Pues huérfano de beneficiosa mendacidad narrativa, ¿cómo podría vivir sin ahorcarme?