El gran zapping de la muerte

– 電視死亡

Dos horas de insatisfactoria demencia gonzo televisiva con
Kiko Amat

Ilustración por
Luis Mazón

Yo nunca veo televisión. No les digo esto para dármelas de intelectual, pues el germen de mi descontento catódico nació en mi adolescencia, cuando yo no era precisamente traductor del griego ni crítico de danza contemporánea, y tuvo su aseveración definitiva durante el periodo 93-95: mi etapa slacker por excelencia, una época en que no hacía otra cosa que masturbarme como un mandril, fumar porros y engordar (“sitting on my sofa”) como si alguien me hubiese enchufado una mancha de bicicleta en el anus y hubiese empezado a arrearle al pedal.

Debo decir que aunque aquellos quehaceres y hobbies cotidianos no fuesen la panacea de lo elevado, me parecían una opción vital mejor que ver televisión. Cualquier cosa parecía mejor que ver televisión, incluso en mis Años Idiotas. Plantarse delante de aquella caja estridente y observar (sin posibilidad de diálogo o albedrío) a capullos diciendo capulladas, mercachifles anunciando sus productos de baratillo y reposiciones de films o series que ya eran ponzoña la primera vez que se emitieron me parecía el epítome de la claudicación. La derrota total. Ya lo dije: yo no estaba muy fino por aquel entonces, es cierto, pero ver la tele se antojaba la humillación definitiva. Estoy mal, tíos, pero no tan mal. Aún.

Desde entonces no he vuelto a ver televisión, ni siquiera por casualidad. No me gusta, me pone frenético y me indigna de una manera nada provechosa. Mi querido cuñado siempre se excusa (cuando empieza a trastear con el mando a distancia de forma errabunda, sin un destino claro) diciendo que un zapping mai fa mal”, pero creo que se equivoca. Un zapping acelerado por los numerosos canales de televisión actuales sí fa mal, y puede neutralizarte con más rapidez que una lobotomía frontal del siglo VI (sin anestesia). Es un pasatiempo realmente inane, el de mirar televisión. Casi no comprendo cómo la gente puede encontrarle el menor encanto.

Y precisamente porque no lo comprendo, queridos lectores, no he tenido otro remedio que arrojarme a sus embravecidas aguas para bucear en sus opacos contenidos. Arriesgando mi vida por ustedes una vez más… en este… ¡ZAPPING DE LA MUERTE! [baraúnda de truenos y aullidos lupinos].

1) Adán y Eva (Cuatro): Tiene narices que mi primer encuentro de este oneroso periplo sea precisamente esta ciclópea inmundicia: un programa de soft-porn absurdísimo, moralmente situado a la derecha de Benny Hill y con la ética político-sexual de Los bingueros, en apariencia guionizado a dos manos por Salacious Crumb (la mascota anormal de Jabba el Hutt), y Thanos (o un skrull) en pleno ataque de flamígeras hemorroides. Es decir: un monicaco farfullante y alguien que odia a la raza humana. La premisa de este insondable cagarro es sencilla: poner a una pareja heterosexual en pelotas (Adán y Eva), dejarlos en una isla nada desierta y, cuando está a punto de asomar la cabeza el inevitable calentón, mandarles a un símil de serpiente cizañera en forma de un tercer aguafiestas (macho o hembra). Y luego azuzar al trío para que saquen lo peor de cada uno y se descuarticen a picotazos ante la cámara, como si fuesen gallos de pelea, mientras unos cuentos vejetes desesperados se la sacuden en sus casas con el ocasional (y pacato) destello de pubis. Las conversaciones solo parecen oscilar entre el más burdo innuendo sexual (“Coge muy bien el bate”, codazo-codazo, guiño-guiño) y las declaraciones de memez incurable (“Me considero una persona loca”, afirma una concursante, a quien yo recomendaría un ingreso forzoso en el pabellón de oligofrénicos del psiquiátrico de Sant Boi). Un programa, en suma, que parece un chiste de bar de viejos falangistas: machista, afascistado, banal y espantosamente previsible. Empezamos bien.

2) En la tuya o en la mía (La 1): Sí, es el programa de Bertín Osborne del cual todo el mundo habla. La fascinación surge, como ya han apuntado comentaristas con mayor tolerancia a la náusea que yo, de su esencia fundamentalmente anacrónica y su flatulento casticismo cañí-trasnochado. Se trata de colocar a aquel armario ropero hecho carne en su propia casa, y obligarle a ejercitar de anfitrión con invitados de similar órbita político-social (yo no esperaría que apareciesen los de la PAH o las Pussy Riot; aunque, bien pensado, esto último sería tronchante). Bertín se antoja aquí como nuestro Bill Grundy local (solo que en cachas): un chisgarabís extraviado que aún cree que estamos en 1954, que piropea a lo cavernícola y va siempre medio entonado (y carraspea todo el rato como una vieja castañera), a la espera de sus propios Sex Pistols humillantes. Se lo aviso: no están en camino. Bertín, como les dije, solo invita a celebridades descerebradas de su propio campo, gente famosa por absolutamente cero cosas, cantantes melódicos pasados de onda, políticos en indisimulada pre-campaña o nietas de dictador. Independientemente de su óptica feudal en cuestiones de género, redistribución de la riqueza y clase social, lo que sucede con este programa es que es soporífero hasta la catatonia. Un perchero con bisoñé haría mejores preguntas que el tipo de la camisa desabrochada. El Cid, fiambre y a caballo, sería capaz de indagar en las vidas ajenas con más perspicacia que Bertín. Los únicos momentos memorables de En la tuya o en la mía se materializan cuando, quizás por efecto de los copazos de fiero tintorro patrio que no cesa de echarse al gollete, Osborne empieza a confesar cosas muy privadas. Como que (la hostia) se le murió un bebé de veinte días en los brazos. A ver: esto es lo más obsceno que he visto en la vida o lo más increíblemente emotivo. O es la explotation cínica de la tragedia propia más descarada que he visto jamás, o la confesión imprevista de un hombre roto por el pesar. Aún no lo tengo claro.

3) Asignatura pendiente (la película de La 2): Gracias, oh señor, por ponerme a tiro una espléndida teoría sociocultural. Pues nada ilustra mejor el talante español que la ristra de programas que acabo de listarles: Adán y Eva, Bertín Osborne y un film coñazo de José Luís Garci. Vivimos, como ven, en un país patológicamente incapaz de hallar un punto medio entre la burricie cromañón por un lado y la solemnidad plomiza, cursi, deprimente e indigesta por el otro. Aquí vamos del chiste escatológico de Jaimito a la copia chunga de Ingmar Bergman, sin apeaderos ni contención. Asignatura pendiente es, como ya imaginan, el perfecto ESPANTO progre de ayer que trajo los suplementos culturales de hoy: mediocres, envarados, mortíferamente pelmas y carentes por completo de sentido del humor. Un film horrible, puro 1977, gris y arrítmico y bajonero, horror absoluto para los niños de los setenta como yo mismo (y también para mis padres; de hecho creo que a NADIE le gustaban esta porquería de películas), pretendidamente intelectual y “con mensaje”, mal doblado y con banda sonora de folk vasco (no, Dios santo, ¡Nooooo!) y de postre: José Sacristán, que después de varias décadas sigue siendo incapaz de actuar sin que parezca que declama frases ajenas. Eso sí, sale Silvia Tortosa, una mujer extraña de vida convulsa que merecería un artículo más serio que este. Pero vaya: ¡Zap!, y a otra cosa.

4) El viatge de Companys (TV3): No soy muy fan de los documentales con reconstrucción actual. Prefiero las imágenes de archivo, cabezas parlantes y señor de voz grave (David Attenborough, vamos) explicando con sumo detalle la ofensiva alemana en Las Ardenas. Las reconstrucciones con actores siempre ostentan ese look a videoclip de A-Ha, con claroscuros “sexy” y cortinaje bamboleante, actores con rictus de granito y tendencia al mohín general. Y si versan sobre la Guerra Civil peor aún, pues me obligan a pensar en series tristonas de los ochenta como La plaça del Diamant y las panzadas de llorar que mi madre se metía con ella. Es la ambientación, ¿saben? En las televisiones españolas opinan que para situar algo en los años cuarenta basta con un coche antañón, un corte de pelo back-and-sides y un militar con bigotillo de fondo, aunque vaya calzado con Nike y esté berreándole a un Samsung. Dicho esto, en este documental aparecen actores decentes, lo que para TV3 es un condenado milagro.

5) Fútbol (3/24): Zap. Si existe algo más plomizo que la televisión en general es el fútbol televisado. No pienso quedarme en este canal un minuto más. ¡Eh! Un momento: ¿ese no es Luís Enrique? Yo cené con Luís Enrique una vez. O sea: en el mismo restaurante, a cien metros de su mesa. Pero vi cómo se conducía en público, y pasé un largo rato de aquella cena sin escuchar a mi anaranjada esposa; solo fisgando sin ningún pudor los movimientos del tipo. Era la adulación, amigos. Jamás había visto a alguien tan lisonjeado como al entrenador actual del FC Barcelona aquella noche. Era para caerse de culo: le rodeaban cinco machos guaperas y sporty (ni una sola mujer) sirviéndole tal ración de coba enloquecida que solo faltaba que se arrodillaran y le chuparan la cosa allí mismo, bajo los manteles a cuadros. Créanme: soy un hombre razonablemente gracioso, pero nadie es tan gracioso como aparentaba serlo L.E. en aquella velada. Su concurrencia se carcajeaba y arreaba manotazos en la mesa con cada frase del ídolo, aunque les estuviese contando algo terrible sobre los niños de la Talidomida o el caso más reciente de pederastia escolar. Aquellos cinco pelotas se reían hasta la cercana asfixia, de veras, de una forma tan servil e indigna que estuve a punto de carcajearme yo también. La fama, Dios mío… Qué cosa tan dañina es. Le vuelve a uno imbécil perdido, no me digan.

6) Canal 33: Ni recuerdo qué programa era, porque pasé por encima de ello con la rapidez de un dron teledirigido. Pero iba de música clásica y directores de orquesZZZZZZZZZZZ.

7) Acció executiva (8TV): A primera vista esta película me pareció un excremento, y en verdad lo era, pero tras unos minutos de atento examen caí en la cuenta de que versaba sobre el asesinato de JFK. Y ponía en duda –si bien en formato casi telefílmico, y con el peor guión de la historia después de Showgirls– las conclusiones de la Comisión Warren; lo que no es moco de pavo, teniendo en cuenta que se filmó en 1973. Y 1973 años son los que parece que tenga Burt Lancaster, que aquí aparece ya en el ocaso de su carrera y vida, arrugado como un escroto sumergido en té durante varias edades geológicas, pero conservando aún algo del rictus burlón (ahora mueca geriátrica) de J.J. Hunsecker o El temible burlón. En cualquier caso, debo confesar que me enganché y pasé un largo rato visionando este detrito fílmico. Pero eso tiene menos mérito del que asumen, porque como he dicho hablaba del magnicidio de Kennedy, que es pura hipnosis para mí (como los nazis, o JTR). Me quedaría pegado incluso a un biopic sobre JFK protagonizado por Joel Joan. Bueno, eso no. Pero casi. Casi.

8) Una película policíaca griega del 2003 (BTV): Policíaca. Griega. 2003. No les digo más. Pasé por este zapeo a la velocidad de una estrella fugaz, como también habrían pasado ustedes.

9) Top Chef (Antena 3): Otro gran misterio de nuestro soleado país. La mitad del estado está sin empleo y viviendo de los servicios sociales, y el restante 49% que sí trabaja sobrevive a base de fuagrás, chóped frito y birra de marca blanca, pero si uno conecta la televisión no cesan de aparecer programas de superchefs y alta cocina, como si la audiencia potencial fueran los dueños de Downton Abbey o algún jeque loco de los Emiratos Árabes. Ahora en serio: independientemente del pijerío desmadrado y el clasismo colonial que campa a sus anchas por este tipo de artefactos, ¿quién rábanos puede soportar, sin aullar muy fuerte ni romper mobiliario, tantas frases sobre “limpiar el pescado”? A mí me gusta la cocina como al que más -no soy el clásico pelanas que se alimenta de Coca-Cola y Twix- pero incluso así soy incapaz de traducir esta fascinación descocada por la comida de los ricos. Bueno: por la comida en general. No hay para tanto, ¿verdad? Por muchas “reducciones” a los que les sometas y aunque erijas zigurats imposibles con ellos, son solo alimentos, joder. No puedo estar escuchando a cocineros de rancio abolengo escupiendo inanidades culinarias durante tanto rato. Mi tiempo en esta tierra es finito.

10) Gumball (Boing): Como ha sucedido tantas veces en el pasado, resulta que lo mejor de las televisiones de hoy continúan siendo los dibujos animados. Gumball (como sucedía con Futurama, Los Simpson, Bob Esponja y un larguísimo etcétera) dice más sobre la sociedad actual que todos los plomizos análisis de publicación serio-marmórea. Y lo dice de forma eléctrica, entretenida y a menudo tronchante. Las enseñanzas también son altas, no crean; sobre la amistad, sobre chicos/chicas, sobre las obligaciones, sobre los vínculos de sangre, sobre hacerse mayor, sobre la injusticia. Si yo tuviese una hija, le pondría el capítulo de The Goons (de Gumball) una y otra vez, pues allí está todo lo que una niña necesita saber sobre su sexo y su lugar en este mundo desigual. Lo único que me inquieta de todo ello es que ya hayan dado las 00:30h y Gumball siga emitiéndose, y la target audience no sea (no creo que sea) adulta. ¿Qué clase de niño sigue levantado a estas horas, a ver?

11) Gym Tony (Cuatro): Exijo saber quién es el guionista de esta colosal montaña de heces. Necesito verle la cara para aseverar que no tiene una babosa espacial (como las de Futurama) sorbiéndole la sesera. Veamos: el tono de Gym Tony, arquetípica comedia españolaza de sketches, oscila entre Benny Hill (de nuevo; deberían hacerle una estatua en el hall de alguna cadena televisiva) y los chistes de maricones y gangosos que soltaba Arévalo en el 1,2,3 de 1979. Humor zafio y cuartelero, troglodita y criptohomófobo, “apolítico” a ultranza, que apela a lo que los marquetingueros de estos canales consideran que es el cerebro medio de la nación. Tiran bajo, como suele suceder, y dan por sentado (de forma muy condescendiente) que se trata del mínimo cerebral posible, un coeficiente intelectual semejante al de una estrella de mar que se hubiera caído de la cuna solo nacer. Porque si tuviésemos que juzgar a los telespectadores españoles basándonos en Gym Tony, esa afrenta a la inteligencia y el sentido común, tendríamos que concluir que allá fuera solo hay zombis trastabillantes en un planeta destruido. Ustedes, lectores míos, ya saben que yo soy un tipo asaz bruto, si me pongo a ello, y puedo rever muchas veces seguidas Top Secret (que no es la cosa más sutil que me he echado a la cara) pero esta inmundicia está por debajo de mí, y de todos nosotros. Es un insulto a las posibilidades (políticas, pero también meramente entretenedoras) del humorismo. Es malísima, así de claro, y no tiene la menor gracia; aunque todo el rato aparezca gente emborrachándose (cosa que debería gustarme por principio). Qué desperdicio de presupuesto y posibilidades, María santísima. Parece la serie inmunda que parodian en el Extras de Ricky Gervais, “When the Whistle Blows”, todo chascarrillos verdes, perfiles gay en modo cliché sonrojante, atorrantes a granel y parodia política de la escuela Pedro Ruiz (inofensiva, centrista y tiralevitas, en resumen). Lo peor de la actualidad.

Conclusión: la TV sigue en el mismo lugar donde la dejé en 1987: el cubo de la basura. Solo que más al fondo aún, porque a finales de los ochenta al menos teníamos Black Adder y The Young Ones. Nos vemos en treinta años, odiada televisión, a ver si has conseguido mejorar una pizca, maja. No ha sido un placer.

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