Adiós al lenguaje

“Una imagen vale más que mil palabras”. Menuda chorrada. Las redes sociales han demostrado que esta sentencia que hemos escuchado tantas veces es rigurosamente falsa. La gran mayoría de los selfies que vemos todos los días no valen nada, o menos que nada. Son imágenes que caducan enseguida y que demuestran, como ya anticipaba George Orwell en 1984, que lo más característico de la vida moderna “no es su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido”. ¿Qué hay detrás de todos esos autorretratos con detalles de la vida de millones de personas y que se exponen en Instagram, Facebook, Snapchat o Twitter? Hay, como mucho, un reflejo de cómo queremos que nos vean, un dibujo de nuestro yo idealizado. La utilidad del selfie es, pues, la de mandar un mensaje encubierto, ser interpretado, ser leído. Sin embargo, nadie utiliza el lenguaje para enviar ese mensaje.

¿Y eso por qué? Pues, sencillamente, porque en nuestra era las imágenes han ganado por K.O. a la palabra. Cada día se publican en Instagram ochenta millones de fotografías. Cada segundo se suben a Snapchat más de ocho mil fotos y a Facebook más de cuatro mil. Sí, sí, cada segundo. Y no sólo eso: en las aplicaciones de mensajería instantánea como WhatsApp, Messenger o Telegram, en las aplicaciones de ligoteo como Tinder o Grindr, en los foros y hasta en los e-mails nos estamos acostumbrando a acompañar nuestros mensajes de emoticonos (iconos que expresan emociones), GIFs (imágenes animadas en bucle), memes (fotografías manipuladas o acompañadas de una palabra o frase) y demás parafernalia visual. Son los sustitutos de la comunicación no verbal, de los gestos de toda la vida, pero también de los matices y la riqueza en el lenguaje. Escribe una frase simple y acompáñala de una imagen para que quede clara la emoción que deseas transmitir.

Una lengua va evolucionando a medida que evolucionan las necesidades de las personas que la utilizan. Y en este siglo Internet está provocando una alarmante simplificación del lenguaje, porque el uso de imágenes permite comunicarnos rápido y expresar nuestros pensamientos y sentimientos con muy pocas palabras. Al fin y al cabo, una imagen puede encerrar una idea que resulte comprensible de manera inmediata. Los GIFs, por ejemplo, explican pequeñas historias, son casi cine mudo. Son fáciles de ver, entender y compartir. Y aunque sea una obviedad, hay que recordar que los 319 millones de usuarios de Twitter no pueden exceder los 140 caracteres. Facebook no tiene esa restricción, pero la mayoría de sus estados no suelen exceder las dos o tres líneas ante el riesgo de que el mensaje pierda impacto, el ansiado “me gusta”. Se trata de decir mucho con poco o, la mayoría de las veces, poco con menos. Consecuencia: los millenials (nacidos a partir de 1980) y los no tan millenials tenemos un lenguaje cada vez más pobre, más limitado.

Lo importante en la comunicación no es sólo lo que decimos, sino cómo lo decimos. La forma, la intención. Ser lectores habituales de libros o prensa y conocer las reglas de la sintaxis ayuda a expresar lo que tenemos en la cabeza con todos los matices posibles. Y eso es lo que se está perdiendo por culpa de las redes sociales (quince millones de usuarios en España en 2016) y las apps de mensajería instantánea (dos tercios de los españoles las utilizamos diariamente: líderes en Europa). Algunos lingüistas consideran que estas innovaciones nos permiten una comunicación más fluida y, a la larga, enriquecerán el idioma. Pero el que firma, aún a riesgo de pasar por un carroza que no se adapta a los nuevos tiempos, sólo ve una precarización del lenguaje y el pensamiento que nos llevará a convertirnos en una sociedad más mediocre y más ignorante.

Un dato: en las sectas destructivas, las técnicas de control mental o lavado de cerebro incluyen siempre, siempre, siempre una simplificación del lenguaje. Dado que la lengua nos suministra los símbolos que utilizamos para pensar, controlar las palabras ayuda a controlar el pensamiento. Muchas sectas sintetizan situaciones complejas, las etiquetan y las convierten en frases hechas para sus fieles. Estas etiquetas son las que dictan su forma de pensar. O mejor dicho, son las que consiguen que los miembros de la secta se acostumbren a no pensar. Siempre hay un lema o una frase hecha como respuesta a las preguntas más difíciles.

El pensamiento crítico es incompatible con la simplificación. Las situaciones complejas requieren de un lenguaje rico y matizado, y eso implica el esfuerzo de leer y escribir. Reducirlo todo a un cliché, a un estereotipo, es la forma más eficaz de entorpecer la capacidad de un individuo para analizar la realidad. “La preocupación por el lenguaje no es frívola ni exclusiva de los escritores profesionales. Cuando uno se libra de los malos hábitos al escribir puede pensar con más claridad”, decía George Orwell en La política y el idioma inglés, un ensayo publicado en 1946.

Otra vez Orwell. El escritor británico era un visionario, y algunas de sus obras anticipan prodigiosamente lo que estaba por venir. En la capital 1984 (la partida de nacimiento del concepto “Gran hermano”, no nos olvidemos), ideó el término neolengua, una versión simplificada del inglés que sirve para dominar la mente de los miembros del partido gobernante y hacer inviables otras formas de pensar (lo que en la novela se denomina “crimen de pensamiento”). Y La política y el idioma inglés nació para criticar el lenguaje político de su tiempo, pero hoy puede servir para analizar cómo nos expresamos en Internet. “Cuando escribimos hay que dejar que el significado escoja la palabra y no al revés”, aconsejaba el genio, que rechazaba las “metáforas moribundas”, ésas de las que se abusa en exceso. Los topicazos, vamos. En líneas generales, el autor de Rebelión en la granja consideraba que el problema de muchos textos es la falta de precisión. “Hay que hacer un esfuerzo y pensar antes de escribir. Así evitaremos las imágenes desgastadas y confusas, todas las frases prefabricadas, las repeticiones innecesarias, las trampas y vaguedades”.

Éstas son las seis reglas que Orwell consideraba básicas para escribir mejor. Y si lo dice Orwell, ni usted ni yo tenemos nada que objetar. Sólo nos queda tomar nota y empezar a expresar nuestras emociones y puntos de vista de la forma más clara, directa y detallista posible:

  1. Nunca uses una metáfora, símil u otra frase hecha que estés acostumbrado a ver por escrito.
  2. Nunca uses una palabra larga si puedes usar una corta que signifique lo mismo.
  3. Si es posible eliminar una palabra, hazlo siempre.
  4. Nunca uses la voz pasiva cuando puedas usar la activa.
  5. Nunca uses una expresión extranjera, palabra científica o un término de jerga si puedes pensar en una palabra en tu idioma que sea de uso común.
  6. Incumple cualquiera de estas reglas antes de escribir nada que suene estúpido.

Por Oscar del Pozo
Ilustración por Conxita Herrero