A (frican)–
Girls

Desde nuestra perspectiva occidental no vemos la vida en color, ni siquiera en blanco y negro: solo la vemos en blanco. Una europea media, como yo, los únicos africanos que ve son los que venden bolsos de imitación, los que aparecen en las noticias cuando una epidemia de hambre asola el cuerno de África o los que se cuelan en las páginas del ¡Hola! si hay un especial de embajadores de buena voluntad con Angelina Jolie a la cabeza.

Además, aunque suene punk, no tengo por costumbre disfrutar la contemplación pasiva de la miseria yendo de vacaciones a países pobres. Pero, oye, cada uno a lo suyo: si te quieres gastar tus ahorros en una Reflex y fotografiar a niños con ojos vidriosos de hambre y luego colgarlos en Instagram añadiéndoles etiquetas como #Happiness o #Innocence, allá tú.
En África, entre minas de coltán para alimentar tu nuevo smartphone y niñas violadas por Boko Haram y sus secuaces, puedes encontrar también todo un nuevo movimiento de… It-girls. Y sí, hablar de It-girls en África parece una ida de olla; pero las hay y son la hostia.
No está de más recordar que África no es un país, sino un continente enorme (mucho más de lo que crees en realidad: echadle un ojo a la Proyección de Peters). Entre tanta selva y tanto desierto, hay varios países del continente a los que les va bastante bien, sobre todo en las capitales que están experimentando un crecimiento económico y democrático considerable. Es en este entorno, con un acceso a Internet que se espera duplicar para 2020 en el África subsahariana y situarse en torno al 30% de unos ochocientos millones de personas, donde salen y van a salir muchas nuevas It-girls que le van a dar un buen repaso a las sosas occidentales.

Porque nuestras It-girls venden mucho postureo y mucha marca, pero las A-girls venden orgullo de raza y de clase, política y feminismo a través de sus redes sociales. Son chicas que viven en países como Camerún, Kenia, Ghana, Nigeria y alrededores y no tienen absolutamente nada que envidiar en cuestión de estilo a sus primas que viven en Nueva York, Washington o Boston. Y cuando digo primas es literal: los puertos de estos países subsaharianos fueron los principales exportadores de esclavos a Estados Unidos. Es más: se están creando muchas sinergias fashionistas entre países de africanos y grandes capitales de la moda. Sirvan de ejemplo las marcas Studio 189 y Osei-Duro.
Las A-girls tienen un estilo apabullante y no se amilanan lo más mínimo a la hora de reivindicar el Black Power a través de sus looks. Tendencias como, por ejemplo, #NaturalHair proclaman el cabello rizado africano como un símbolo de revolución. Basta ya de pelucas, de alisarse el pelo y teñirlo de colores claros: las mujeres africanas tienen el pelo rizado, negro y fuerte. Así que una legión de soldadas instagrameras africanas están dispuestas a defender su pelo como icono identitario. Además aprovechan cualquier ocasión para lucir su total Black Look y acompañarlo de etiquetas como #WomanEnpowerment, dejando claro que son mucho más que una cara negra y bonita.
Que el pelo sirve para mucho más que para peinarse con unas GHD es algo que viene de lejos. Ya durante la época esclavista de EEUU los dueños distinguían a sus esclavos favoritos obsequiándoles con un alisado de pelo, cosa que les hacía subir un pequeño escalafón social y obtener cierta “dignidad” renunciando, eso sí, a su identidad de raza. De ahí que hoy muchas mujeres africanas y afroamericanas se unan al movimiento nappy (natural and happy) para recuperar y revalorizar su identidad racial a través de su cabellera. En el documental-comedia Good Hair de Chris Rock se puede aprender todo lo necesario para comprender la Historia de la esclavitud capilar, aunque la Biblia del natural hair es el blog de estilo Les afronautes de la camerunesa Fob.

Pero no solo de pelos va la historia, sino también de ropa. Las A-Black están recuperando los típicos estampados africanos, como el Kente o el Batik, adaptándolos a las tendencias; se hacen unos crop tops y faldas lápiz que harían enmudecer a las grandes maisons de moda. Además, la cuestión de los estampados en África va mucho más allá del color de moda de la temporada. En su cultura, los colores y formas de las telas son una cuestión identitaria de tribu y linaje (las familias van vestidas con el mismo pattern a los acontecimientos importantes, por ejemplo). Por tanto, a través de la moda se busca más que la reafirmación individual, la reafirmación como colectivo.
En este sentido, vale la pena chequear el tumblr de Maame Adjei, todo un icono de estilo fashionista made in Ghana que, además, protagoniza una webserie que ya está dando mucho que hablar, An African City. O también asomarse a la web de Oroma Elewa, publicista nigeriana editora de Pop’Africana, que tiene muy presente que no solo de estilazo viven las chicas y por eso lleva a cabo iniciativas como A brunch of girls, en pro del empoderamiento femenino.
Es un hecho que la moda, de una manera u otra, siempre ha estado ligada a la revolución feminista: desde ejemplos clásicos como las flappers, que se liberaron de los corsés, o las hippies, que quemaban los sujetadores, hasta otros más actuales como el cliché de “las mujeres reales”, explotado hasta la saciedad por campañas de publicidad de las mismas marcas que luego te quieren vender historias para dejar de ser “gordibuena”. Pero en el mundo blanco, en muchas ocasiones se trata de mini-revoluciones estéticas, totalmente huecas de contenido político-feminista, que solo sirven para vender más cremas anticelulíticas.
Al final, todos venimos de África (menos los católicos, claro). Y seguramente es al continente negro donde deberemos volver la mirada para descubrir sus tendencias (por ejemplo, en la web Accra[dot]Alt) y reencontrarnos con nuestra identidad como mujeres, independientemente del color que nos haya tocado ser.

Por Estefanía Guilarte