Dime nena, el hardcore melódico dónde fue
a par-a-a-ar
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Otro tragicómico ensayo subcultural en primera persona de KIKO AMAT

1) El flashback que lo empieza todo (Innocents + Penguin Village, Fiestas de Sants 2015):

Siempre hay algo que me catapulta hacia atrás. En este caso se trata de las fiestas vecinales de Sants 2015, donde tocan dos grupos barceloneses de hardcore melódico de los 90: Innocents y Penguin Village. Los dos grupos me pirraban en mis años tiernos, y por eso estoy aquí; pese a que estoy cansado de gruñir en bares lo de que no me va el revival, que aquello era entonces y esto es ahora. Paridas, lo admito. En todo caso, no he venido aquí buscando repetir experiencias irrepetibles por definición, ni por la “calidad” de la música. Estoy aquí por puro cariño, porque me parece entrañable que todos estos caballeros encanecidos en bermudas titánicas se reúnan para tocar las canciones de su mocedad.

Pero esto tampoco es una crítica de concierto. Solo quería indicar que estoy aquí, rodeado de alguna gente que ya estaba allí en 1993, y la atmósfera es familiar, celebrativa, nada solemne. Las dos bandas tocan, sus hijos corretean por entre el público, un grupúsculo cuquísimo de cuarentones ensaya un slam de azúcar con cómico stage-diving final (un señor lanzándose encima de otros seis señores, que se disuelven como el bicarbonato), y mi mujer me mira con rictus suspicaz de “esto es un poco patético” y yo le contesto, tratando de no morder el anzuelo pero haciéndolo igual, que no es NADA patético. Que nadie de aquí tiene nada que ganar con esto, que nadie lo tuvo nunca, que jamás se barajaron carreras longevas o legados inmortales, que se hacía por puro amor y AMOR es todo lo que queda. Cuando Innocents asaltan su No esquitxis, todos repetimos a gritos la letra, muertos de risa, una risa alegre, nada auto-irónica, por la situación y el tiempo y nosotros mismos.

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2) La iluminación:

Fue en el Puerto Hurraco, el dulce otoño del 1991. Tocaban Corn Flakes. Aquel fue mi primer concierto de “hardcore melódico” (luego les apunto lo que pienso del nombrecito). Yo salí algo rebotado de la subcultura mod –mi amigo Miqui dice que me echaron1–, y andaba por ahí buscando revelaciones, iluminaciones, nuevas pasiones, con ese impulso maníaco que uno aún tiene a los veinte. De golpe me tropecé2 con los chicos del hardcore, y me enamoré. Por las mismas razones que seis años antes me habían enamorado los mods: la pasión, la juventud, la joie de vivre, los ritos comunales y códigos secretos, el sentido de pertenencia a algo, la pinta, los discos y la dirección. Nunca es un buen momento para ser cínico, y ahora menos: cuando Corn Flakes tocaron su CF Crew, y el escenario entero se inundó de niños –la media de edad eran catorce años–, todos patinadores, todos en calzón corto, todos agarrándose los unos a otros para no arrearse un buen trastazo, planeando hacia el público como Ícaros chalaos, me emocioné. Lo recuerdo bien. Porque sabía que estaba viendo una de esas cosas bellas e incorruptibles y muy pasajeras que te zarandean de tanto en cuando. Los chavales del hardcore parecían tan puros, tan poco manchados por las rencillas y pequeñeces de los mods 90’s… Con el tiempo descubriría que en el hardcore existían las mismas camarillas, cismas pueriles y apuñalamientos traperos que en cualquier otra subcultura (no sé qué leches me esperaba; somos humanos, después de todo), pero aquella noche, más solo que la una (nadie quería acompañarme a esos conciertos)3, no vi nada de esto. Solo belleza, ritmo y rebeldía juvenil. ¿Dónde se firma aquí, pues?

1. No fue así. Me marché yo, desgraciados, y por mi propio pie.

2. Víctor López, mi mentor musical #1 de adolescencia, me había ido pasando discos de punk y HC a lo largo del último año. La culpa de todo esto es suya.

3. Miento: en toda la sala había solo un fulano a quien conocía: Xavi Cervantes. Periodista ex-mod que, como yo, también frecuentó el hardcore durante bastantes años. Lo bueno de ello es que, aunque habíamos hablado en mil ocasiones, aquella noche solo nos saludamos. Creo que era raro para ambos, lo de estar de repente en el paisaje de OTRA subcultura. O quizás solo yo –que me monto unas películas embrolladísimas– lo viví así.

3) La etiquetita de Hardcore Melódico:

Siempre me horrorizó. Sonaba aséptica, de laboratorio, muy poco pop. Sonaba a música clásica, a separador polvoriento de biblioteca. A mí me gustaba más decir “hardcore pop”, o “pop-HC”, incluso “pop-punk”, pero me tuve que chinchar, porque en lo vehicular triunfó la nomenclatura jurídica. Y antes de que se me olvide: algunos idiotas malintencionados –y mal informados también– lo llamaban “pijocore”, porque el sonido era tierno y a menudo feliz, nada afectadamente “enfadado” como lo eran muchos grupos del hardcore original, y también porque la mayoría de sus grupos cantaban en inglés (era la época, qué le vamos a hacer) y algunos eran (¡horror!) estudiantes universitarios. En todo caso tacharlo de pijo era una soberana estupidez, porque muchos de sus grupos (Innocents y Penguin Village, sin ir más lejos) eran más obreros que una hormigonera.

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4) La mutación:

Todos los estadios de entreguerras dan algo de risa. Es cuando “haces el cambio”, como los púberes, y no estás muy cómodo con tu nueva silueta, ni entiendes el porqué de ese aterciopelado bozo que aflora en tu labio superior, y tienes una pierna más larga que la otra (o lo parece, por tu recién adquirida torpeza atlética) y no sabes qué ponerte y todo te queda como el culo y para PUTO COLMO te cambia la voz a un croar de rana aflautado y medio roto que hace carcajear a parientes. Los pasajes de salida o entrada a nuevas subculturas poseen un gran potencial cómico, sí. Veo fotos mías de 1991-1994 y es que me meo. ¿Pero qué haces, oh, persona monumentalmente confusa? Por aquel entonces yo era una nueva subespecie: el mod hardcoreta. Nadie lo había probado antes, así que decidí darle una oportunidad al asunto. No aparten la vista: un fulano con baby fat en la jeta (menudos moflis), el cráneo al tres con raya afeitada a lo skinhead ‘69; encaramado a una Vespa 160 roja con defensas laterales; envuelto en una bomber verde repleta de parches altamente incongruentes (Misfits, SLF, Wigan Casino, scooters, Buzzcocks, una K de Kiko); camiseta de Green Day, o una que me hice de KILL THE HIPPIES; bermudas de camuflaje y bambas de hándbol azules. Incluso perilla beatnik (sin bigote), aunque haya tratado de olvidarlo de forma fuerte. Y aquel tatuaje de Spiderman. Ugh. Sí, yo era un mutante, como los de Futurama. Yo era un tío monstruoso con una potente empanada mental, tal vez, y quizás cuajaba la leche a mi paso, pero para mí todo encajaba. Por horripilante que luciese.

Ilustración por Paadín

5) El discernimiento del gusto:

Al principio, como buen neófito extraviado en la gran ciudad, solo ponía cara de pasmo y, encogiéndome de hombros, me compraba lo que me recomendaban Víctor López o Jordi B-Core. Pero pese a su buena intención y sabiduría (Jordi me presentó el primer single de los Samiam), amanece un día en que uno ya sabe lo que le gusta de veras y lo que le da un millar de patadas. A los pocos meses ya tenía claro que Epitaph era demasiado rock para mí, que NOFX eran algo simplones –para eso ya tenía a los Rejects–, que los jemeres iracundos y masca-césped no me chutaban ni una pizca y que la generación mediocre de voy-a-acelerar-esta-pavos (a menudo nativa de Southern California) no tenía una maldita canción memorable (Face to Face, Pennywise, Down By Law, Ten Foot Pole, Lagwagon…). Lo demás fue fácil: jóvenes campechanos y carantoñeros que hablaban de exes huidizas, de pendientes de diamantes, desamor, alguna bobada adolescente y algo de melancolía precoz: . Pelaos adustos que escupían admoniciones a berridos, lanzaban sermones dominicales y aducían –con el esfínter fuertemente eclosionado– que si comía esto o aquello yo iba a ser el equivalente de Pinochet disparando a pandas: no. No me gusta que me griten. Desde allí fue la mar de sencillo. Compraba sellos como Cruz, Lookout, SST…Y escuchaba una y otra vez los discos de mis grupos predilectos: Big Drill Car, Snuff, Megacity Four, Doughboys, Senseless Things, Hard-Ons, Parasites, All, Descendents, Jawbreaker, J Church, Samiam… En aquel momento aquellos discos me explicaban y me hacían sentir muy vivo, me ponían la mar de contento y me llevaron en volandas a través de todos los trances y percances de la juventud. ¿Qué más le puedes pedir a un artefacto artístico, si se puede saber?

6) La iglesia (Garatge Club):

Todo momento tiene su templo. Yo antes había tomado la comunión en Communiqué, KGB y Humedad Relativa, pero a partir de 1992 el club para ver shows de rock’n’roll en directo era el nuevo Garatge Club, en Poble Nou. Yo me pasaba el día en aquel antro, a veces sin saber quién leches tocaba, y la verdad es que ignoro por qué. Era vasto, poco agraciado, más frío y hostil que un solar encharcado del Leningrado soviet, la música sonaba a menudo a cañerías martilleadas, las camareras te trataban como a un pedófilo confeso recién absuelto por un juez corrupto, y para colmo era caro (o eso me parecía entonces). No sé: algunas cosas del pasado no fomentan la glorificación, y el Garatge Club es una de esas cosas. En todo caso, en el GC vi a diez millones de grupos y supongo que eso es atributo suficiente. Su programación. En la puerta del Garatge, acabo de recordarlo, esperando para entrevistar a The Make-Up en 1996, conocí al caballero que me ha solicitado este artículo: Joan Pons. Les voy a contar algo que aún me hace carcajear a solas: asumí que Joan era homosexual, porque me había dicho “adoro als Make-Up”. En mi pueblo, utilizar el verbo “adorar” ya era suficiente razón para que todos te consideraran marica perdido. Sant Boi era la jungla, y yo muy cafre; ustedes no lo saben bien. Más que ahora.

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4. Es. Sigue vivo, aunque el pasado del verbo les haya hecho pensar lo contrario.

5. He escrito 100.345 artículos sobre Aina (casi más que sobre Dexys), así que me disculparán si no me extiendo sobre ellos aquí.

7) El apóstol (B-Core):

Jordi B-Core aportó el entramado, la intuición y el empuje sobrehumano. Era4 un condenado imán viviente de cosas chulas, ese pájaro; además de un luchador infatigable. Desconozco por qué aún no lleva su nombre alguna plaza de Gràcia. Él grabó y alentó y publicó y paseó por ahí a todos los grupos condales que valían la pena. No todos me gustaban igual, ojo. Mis favoritos eran Penguin Village, Innocents, Childhood y Aina5. Corn Flakes también eran lo más, hasta que empezaron a citar a Borges y a hablar más afectado que un virrey colonial del Imperio Británico (hacia la época de El aleph yo creo que incluso habían empezado a llevar gorguera y quevedos). Luego había un montón de bandas que no me interesaban musicalmente, pero lo pasaba pipa viéndolas, por su estruendo y muecas y baile centrífugo. 24 Ideas, por ejemplo. Una vez les vi en el Garatge y el cantante gritaba con tal fiereza demente que le explotó un capilar de la nariz, y acto seguido empezó a desangrarse ante nosotros con impresionante caudal. Sí, ahora les hace mondar, pero en aquel momento parecía la escena final de Carrie.

8) Lo de Green Day:

¡Hey, Nostradamus! Sí, si llegan a preguntármelo en 1992 yo podría haber predicho con chocante precisión su éxito global. Por desgracia nadie me preguntaba nada, por aquel entonces. ¿Que cómo lo adiviné, escucho que chillan? Chupado. Cuando grababa cintas a colegas de mi pueblo (y pasé media vida grabando cintas a colegas de mi pueblo), Green Day eran el único grupo que gustaba a TODO EL MUNDO. Rugbistas, fumetas, squares, ñus variados, ex-skins, tíos que no tenían un solo disco, locos del manicomio, acordeonistas de paso… No importaba. El Kerplunk!, pirateado por mí pero ahora ya pasando de mano en mano como el mejor porno ochentas, no hacía distinciones de género, bagaje, tamaño del pito o clase social. Pasaba un forfi con alerón trasero y de sus ventanas emergía a todo PUTO VOLUMEN el Who Wrote Holden Caulfield?, estallando por Sant Boi como una homilía de salvación comunal. Aún hoy esa porquería me pone la piel de gallina, no les miento. “There’s no motivation and frustration makes him crazy”. ¿A los 19? Eso es exactamente lo que quieres que alguien ponga en palabras. Al último concierto en sala pequeña de Green Day, en el Garatge Club (cómo no), año 1993, cuando acababan de sacar el Dookie pero aún no habían petado a lo cósmico, acudió medio Sant Boi. Todos en el pit, sin camiseta y en modo rinoceronte-a-la-carga, aunque la mitad de ellos no había estado jamás en un show de punk-rock. Daba lo mismo, daba lo mismo. El atractivo infinito de Green Day era universal, uno de esos históricos picos pop en que un montón de panda dispar se une para cantar la misma canción. Fue espléndido.

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9) HC teen idols:

Yo tenía una compleja relación de amor-odio con algunos de los frontmen fundamentales del HC melódico. Hacia 1994, cuando –por pura depresión– me había puesto ceporro como el Rey Goblin y me sentía más feo que unos calzoncillos mojados colgando de un clavo, todos aquellos irritantes guaperas me ponían negro. Este es un sitio tan bueno como cualquier otro para confesar: yo quería ser Billy Joe. Para así encamarme con un montón de mozas punk rockers (que no existían, al menos en Barcelona, pero daba igual) y ser la versión Todo-a-un-Euro de una punkstar con buen palmito. Lo cual era imposible, teniendo en cuenta que mi aspecto físico en 1994 era más desagradable que un borracho regurgitando su kebab semi-masticado dentro de tu oreja. Lleno de la clásica inquina homicida y atormentada del esperpento incurable (estilo Ricardo III), me dediqué a desearles a todos aquellos esbeltos adonis del hardcore una dolorosa muerte por armagedón gástrico. Pura mezquindad de niñato, pero la incluyo aquí para que no crean que todo fueron flors i violes.

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10) Mi verano hardcore:

1992 fue un buen año. Salió el Kerplunk!, se estrenó Evil Dead III: Army of Darkness y Nirvana fue #1 español en abril. Ibas completamente borracho a discos de rugbistas (por pura desesperación noctámbula), lugares donde solo acostumbraban a pinchar Queen o Dire Straits, por el amor del cielo, y de repente el Smells like teen spirit te arrancaba el cartílago entero de una oreja al salir zumbando de los altavoces; y ahora es muy fácil reírse de ello, pero entonces me parecía la pera. El verano de 1992 fue el mejor momento de 1992. Escuchaba a todas horas el Who cares (MC4), el Billy de Samiam, el Love is a battlefield of wounded hearts (Hard-Ons), el Album type thing (¡y Surrender!) de Big Drill Car, el Reach de Snuff. Una novia gallega a la que empezaba a detestar de forma latente se largó de au-pair a otro país o ingresó en los cascos azules o yo qué narices sé, y mis padres se fueron de vacaciones un año más, y de repente yo estaba solo, en casa de mis abuelos, con llaves propias y completamente LOCO. Loco como solo se puede estar a los veintiuno recién cumplidos. Digo “solo” pero estaba lo opuesto de solo: todo el santo día acompañado de mis mejores amigos, cosidos por la espalda, como un experimento macabro de la isla del Doctor Moreau. Tengo esta visión: bajando por la calle Jaume I, bajo el sol de agosto a las 5 de la tarde, y yo ardiendo y con fiebre en la voz, el pueblo entero se había ido a la costa pero no nosotros (ni el dueño de nuestro bar predilecto) y los siete nos quitamos las camisetas, todos con el moreno Playafels, remamados a media tarde, y en aquel momento exacto de aquel día concreto me inundó una sensación de euforia en bruto cuyas reverberaciones aún soy capaz de sentir. La impresión de que todo iba a salir bien, después de todo. De que valía la pena estar vivo en el mundo. ¿Esa sensación? Ojalá la hubiese embotellado.