El Universo se pliega sobre sí mismo

por Jordi Costa

Pocas cosas hay más gratificantes y, en el fondo, consoladoras que contemplar la formación de un genio. Gratificantes por ofrecer el maravilloso espectáculo de ver cómo, poco a poco, algo evoluciona hasta afirmarse como belleza irrefutable. Consoladoras porque aportan el testimonio preciso de que los mejores logros no adoptan la forma de milagro, epifanía o hecho sobrenatural, sino que suelen ser el fruto de la constancia y del trabajo más duro. El Genio, por lo general, no es el Elegido por los Dioses, sino El Que Ha Sentado Lo Suficiente El Culo En La Silla hasta encontrar el difícil camino que lleva a la Identidad única e innegociable. El actual fenómeno de las ediciones integrales fomenta este tipo de placeres, aunque trae consigo dos considerables daños colaterales: a) condenar al completista a un severo problema de espacio en sus estanterías y b) someter, en ocasiones, al atento lector que no quiera dejarse ni coma, ni viñeta por recorrer de su objeto de estudio a recorridos arduos y extenuantes en dirección a la conquista de un estilo; recorridos que, en ocasiones, y por mucho que adoremos al autor en cuestión, resultan singularmente tediosos (por ejemplo: ¡cuánto tardó, vive Dios, el Will Eisner de The Spirit en convertirse en el Will Eisner de The Spirit que conocíamos cuando solo teníamos acceso a las páginas más gloriosas de autor y personaje!).

Hace unas entregas, compareció en esta sección un coloso, Harvey Kurtzman, con una espectacular viñeta debida a sus años de esplendor y perteneciente a la gran súper-producción de su carrera: la serie Little Annie Fanny que realizó para las páginas de Playboy a partir de 1962. Volvamos la vista atrás –en concreto, dos décadas atrás– para encontrarnos con el primer trabajo en el que un joven Kurtzman dispuso de absoluta libertad creativa para ponerlo todo patas arriba, demostrar que no había línea editorial que pudiera domesticarlo –de hecho, él es el claro ejemplo de creador que necesitó crear su propia línea editorial para activar la revolución formal que bullía en su cabeza– y darle, literalmente, la vuelta al mismísimo ADN del medio. La serie Hey Look! fue uno de los trabajos que, entre 1946 y 1949, realizó Kurtzman como freelance para la Timely Comics, la casa editorial que daría paso a la Marvel. Como se trataba de historietas de relleno de una sola página, Stan Lee no impuso a su colaborador ningún tipo de sometimiento a la línea general de las publicaciones a su cargo y, así, Kurtzman pudo evolucionar libremente, paso a paso, a partir de las pintorescas situaciones con remate absurdo con las que lidiaban un par de personajes de contrastado físico que funcionaban como perfecta pareja de clowns.

En 1991, Kitchen Sink Press recopiló –y ordenó cronológicamente en la medida de lo posible– todo el material superviviente de la serie, junto a otros trabajos de Kurtzman pertenecientes a la inmediata etapa de transición al final de esa etapa: series de relleno realizadas en este caso a instancias de Elliott Caplin de la editorial Toby Press, como Pot-Shot Pete –un western paródico que ya anticipaba algunos de los hallazgos cómicos de la futura revista MAD–, Genius y Egghead Doodle –que permitían atisbar una posibilidad de futuro alternativo en la carrera del autor que quizá le hubiese convertido en el pariente díscolo del Charles M. Schulz de Peanuts, que precisamente se hallaba colocando los primeros ladrillos de esa obra monumental en 1950, año en que el maestro del humor desquiciado estaba elaborando esos trabajos previos a su desembarco en EC Comics.

John Benson, prologuista del volumen editado por Kitchen Sink, coloca a Kurtzman en la misma órbita de otros renovadores de la comedia americana como Ernie Kovacs, Sid Caesar y Stan Freberg: de hecho, él fue para la historieta lo que esa tríada de talentos supuso, respectivamente, para la televisión, la comedia de sketches y la música popular. Las casi doscientas páginas del libro proporcionan muchos estímulos cómicos al lector, pero, al mismo tiempo, narran una apasionante historia épica de aprendizaje y de progresiva dominación y mutación de la forma: a medida que iba elaborando entregas de Hey Look!, Kurtzman fue llegando a la conclusión de que una página no era una sucesión de viñetas porque sí, sino una unidad orgánica cuyos elementos podían dialogar a través de la planificación, donde diálogo, onomatopeya y tipografía revelaban su potencial como arsenal de pirotecnias expresivas… La página pasó de ser ventana abierta a una ficción para convertirse en modelo para armar y desarmar. Y, también, el autor fue puliendo sus virtudes hasta alcanzar un asombroso dominio de la síntesis, llegando a un trazo que era pura dinámica, movimiento capturado sobre papel.

Los personajes de Hey Look! entraban en vórtices de idiocia a partir de los rituales más prosaicos: meter una rebanada de pan en una tostadora, devorar palomitas en la oscuridad de una platea, probar diferentes modelos de silla en una tienda de muebles, escuchar la radio o mezclar cereales crujientes con leche… En la Viñeta Robada de hoy, sacada del primer volumen de Clásicos MAD que publicó en su día Planeta Agostini –aunque, como se ha precisado más arriba, Hey Look! es pre-MAD–, el arte de darle, literalmente, la vuelta a la tortilla sobre una sartén acababa desembocando en algo tan radical como esto: la idea de Darle la Vuelta al Tejido Mismo de la Realidad o lograr que la Viñeta (o el Universo) se pliegue sobre sí mismo. Sí, la revolución Kurtzman no se andaba con chiquitas.