El código secreto – O Productora Audiovisual

LECTURAS
ESPECIAL AGOSTO
Texto por Jordi Costa.

(Viñetas robadas)

EL CÓDIGO
SECRETO

7.

Si observas con atención, encontrarás un mensaje cifrado en este texto. Quizá también descubras una pista que permita solucionar un crimen. Jordi Costa ya lo ha hecho. Todo está en esta viñeta de línea clarísima acerca del puntillismo y la atención lectora de La red Madú de François Rivière y Alain Goffin.

A Clamor de indignación de Charles Crichton se la considera la película fundadora en el irresistible e influyente canon de comedias de la Ealing, pero, en realidad, fue otra cosa: una singularidad, algo que jamás encajaría del todo en un conjunto integrado por películas como Pasaporte para Pimlico, Ocho sentencias de muerte, Oro en barras o El hombre del traje blanco. Clamor de indignación era de una pasta completamente diferente: una aventura policiaca infantil, con todo el encanto de las historias de la niña detective Nancy Drew o de los venideros encuentros entre los Tres Investigadores y su mentor Alfred Hitchcock. También tenía algo de respuesta británica a lo que podría ser, pongamos por caso, una aventura de Tintín. Retengamos este último vínculo porque aquí veremos cómo, a través del tiempo, acabó manifestándose algo muy parecido a eso que llamamos justicia poética.

En la película, el líder de una pandilla de niños está enganchado a la lectura de un tebeo de temática criminal y, un buen día, se cruza por la calle con una escena que él ya había leído antes en las viñetas. A partir de ahí, intentará esclarecer el misterio de esa sincronía y llegará a la conclusión de que esas historietas no son otra cosa que el vehículo de transmisión de mensajes codificados por parte de una banda de malhechores. Por supuesto, cuando el muchacho va con su teoría bajo el brazo a contársela a la policía, no le hacen caso. No les cuento el final, pero imagino que se lo pueden imaginar: es precisa la acción coordinada de un pelotón de jóvenes creyentes en la cultura popular para que el crimen pague.

En esos años dorados en los que uno podía ir al quiosco y comprarse una revista que se llamaba Cairo, apareció por entregas en las páginas de esa tonificante y formativa publicación una serie con guion de François Rivière y dibujos de Alain Goffin que, bajo el título de La red Madú, proponía, directamente, una relectura de Clamor de indignación ambientada en la Bruselas de los años treinta entre mobiliario art decó y el fondo sonoro de programas radiofónicos consagrados a la libertad compositiva del jazz. El protagonista, Thierry Laudacieux, era algo así como un Tintín pasado por el túnel de lavado de la modernidad de diseño, con un tupé pelirrojo que le crecería en la segunda y última aventura de su desafortunadamente breve existencia, La mine de l’Étoile, en la que los autores jugaban con la nostalgia estética del pasado colonial.

Con espíritu de boy scout y gafas de concha, Laudacieux, pese a la valentía sugerida en su patronímico, era un muchacho más dado a la reflexión que a la acción… y, como reflejo de sus propios lectores, también leía tebeos. Era precisamente este último hábito lo que, en el curso de La red Madú, le convertía en el resorte clave en la investigación sobre una red de contraespionaje que emprendía su amigo, mayor que él, presentador de un espacio radiofónico de corte jazzístico. Laudacieux descubría que en el trazo de unas tiras de prensa que caían en sus manos la discontinuidad de las líneas (claras) camuflaba mensajes en código morse que, como en Clamor de indignación, servían de mensajería encriptada –y a la vista– para los espías.

Recuerdo haberme enfadado un poco en su día por el modo en que Rivière se apropiaba de una trama ajena –ignoro si, en su momento, reconoció la deuda en alguna entrevista–, pero, con el paso del tiempo, no he podido evitar admirarme ante el golpe de genio con que se redimía tal posible saqueo, porque La red Madú (el tebeo) incluía los mismos componentes gráficos de extrañeza que la historieta dentro de la historieta que leía Laudacieux. Tengo pendiente recuperar algún día los viejos números de Cairo para ver si puedo descifrar el mensaje secreto que Goffin y Rivière, en un juego de mise en âbime, seguramente introdujeron en la sofisticada aventura. Será un modo deliberado de sentirme un poco Laudacieux, porque quizá todos los que no hemos logrado desembarazarnos del veneno de los tebeos en la vida adulta somos un poco así: lectores con lupa, o con rayos X en los ojos, que siempre hemos mirado dentro de la viñeta seguros de que ahí aguardaban claves secretas, laberintos de discurso, pozos sin fondo de sentido. Sí, esta Viñeta Robada a La red Madú también quiere ser un autorretrato colectivo. Y una invitación: nunca dejemos de leer tebeos como el protagonista de Clamor de indignación o como Thierry Laudacieux, buscando siempre en su interior la carta robada, la huella del crimen…