Viñetas robadas

Lo Sensacional

Siempre que algún amigo viaja a México, suelo pedirle que me traiga algún ejemplar cualquiera del periódico sensacionalista más atroz y sangriento que se encuentre en un quiosco. No soy coleccionista, pero, de vez en cuando, me rindo al placer culpable de asomarme a ese abismo. Una vez, uno de los viajeros al D.F. decidió ser creativo y apartarse un tanto de la imaginería macabra de ¡Alarma! y otras cabeceras gore para traerme varias muestras de un subgénero editorial que me descubrió todo un mundo: en México se conoce como Sensacionales a un modelo de zafias publicaciones de historietas para adultos que, en pequeño formato de cuadernillos de trece centímetros de ancho por quince de largo, llenan sus páginas, de tosco grafismo e hiriente color, mezclando erotismo de cantina y mercado de abastos con relatos supuestamente edificantes sacados de la crónica negra o, directamente, de la rumorología de calle o la leyenda urbana. El formato hizo furor entre finales de los setenta y mediados de los noventa. A partir de entonces, una mayor laxitud en los tabúes de representación posibilitó una historieta mexicana directamente pornográfica –y que aún no he tenido el gusto de ver- que hirió de muerte el registro meramente calientabraguetas de los Sensacionales. Editorial Ejea se convirtió en la reina del cotarro, con cabeceras como Sensacional de Traileros, Sensacional de Mercados, Sensacional de Maistros chalanes y demás chambitas y ¡Así soy…! ¿Y Qué?, colección esta última a la que pertenece la viñeta robada de esta semana. Una viñeta que, habrán adivinado, no está aquí por su excelencia, sino por su pintoresquismo.

Si Sensacional de Traileros y Sensacional de Mercados, para que se hagan una idea, se centraban en el anecdotario lúbrico que engrosaba la memoria sentimental del gremio de camioneros y del de vendedores de mercado, respectivamente, ¡Así soy…! ¿Y Qué? tenía un más amplio espectro de intereses y encontraba su unidad en su adscripción a lo que podríamos llamar el género del Cuento Moral. Se cuenta que los dibujantes se avergonzaban hasta tal punto de dibujar para Editorial Ejea que solían publicar sus trabajos bajo seudónimo. Leer estas revistas tampoco se consideraba de buen tono entre las clases medias. En los relatos publicados en ¡Así soy…! ¿Y Qué? solía haber un indeseable que, indefectiblemente, en algún momento estratégico del relato exclamaba la frase de cabecera sacándose de encima todo sentido de responsabilidad sobre su miseria moral. Al final del relato –en el fondo, aquí funcionaba una dinámica del castigo ejemplarizante que puede verse como una bastardización charra del modelo de estructura que empleaban los tebeos de terror de la E.C. Comics-, el tunante acababa encontrando la horma de su zapato, que solía soltarte un contundente “¡Así soy…! ¿Y Qué?” como remate de la historia. Cada cuadernillo solía llevar título con ripio zumbón. Aquí van unos cuantos ejemplos: Por terco a este gusano no le quedó nada sano; El billete no soltó y con otra cosa se cobró; La madre los corrió y el padre los desconoció; A las sobrinas ya les gustaba, pero eran tontas porque no cobraban; De la muerta abusó, todo se lo clavó; Utilizó la panza para consumar la venganza

Esta viñeta está extraída del cuadernillo titulado Bien que las escogían y luego las prostituían, nº 354 de la serie, publicado el 14 de abril de 1994. Con guión de J. J. Sotelo y dibujos de Héctor Aguilar –debo confesarles que ignoro si estamos ante seudónimos o ante los nombres reales de gente con mucho arrojo-, el grimoso tebeíto contaba la tópica historia de chica de buen ver, sin trabajo, pero con madre enferma y hermano hambriento, que, respondiendo a una oferta laboral publicada en la prensa, caía en las redes de un par de despiadados proxenetas que sacaban muchos dividendos de su inocente voluptuosidad. El tópico esquema se hibridaba con una famosa leyenda urbana que ustedes ya se habrán cansado de escuchar: la del tipo que una noche se liga a una mujer de bandera y, a la mañana siguiente, encuentra sobre el espejo del baño un mensaje escrito en carmín en el que puede leerse algo así como BIENVENIDO AL CLUB DEL SIDA.

Bien que las escogían y luego las prostituían se apropia de esa leyenda urbana y le quita bastante glamour –para empezar, no hay mensaje al carmín, sino funcional carta con expeditivo resultado de Examen Hemático-. Por supuesto, el receptor del mensaje es el proxeneta y villano de la historia, que, como pueden comprobar, luce un viril aspecto de macho latino de la vieja escuela, con slip negrísimo incluido. Lo que no puede apreciarse en la viñeta es la coleta muy New Wave Años 80 que, sin duda, en cualquier tipo de contexto social contemporáneo –otra cosa sería una reunión de animadores socio-culturales y publicistas en la Barcelona pre-olímpica- delataría a alguien como motor del Mal Absoluto y, por tanto, sujeto no digno de confianza. El tipo suelta lo de “¡Así soy…! ¿Y qué?” después de pegarle una paliza a una de las prostitutas a su cargo en frente de las otras muchachas, que le reprenden, infructuosamente, la acción. Muchas páginas más tarde, la protagonista, la opulenta pero ingenuísima Eva María, le escribe su correspondiente “¡Así soy…! ¿Y qué?” al final de ese informe médico que maneja ya en su fase de Vengadora Seropositiva.

Los Sensacionales no podían permitirse muchas alegrías en la composición de sus páginas: solía haber un par o a lo sumo tres viñetas por página y a tirar millas, con un constante flujo de encuadres groseros, anatomías desbordantes y gestualidades grotescas. Cuando el dibujante de un Sensacional quería dar énfasis a algún momento dramático, optaba por lo que podríamos llamar la micro-splash page. Esta imagen es un buen ejemplo. El diálogo, como ven, es una perla. Juzguen ustedes si la expresión de sorpresa del tunante está conseguida (yo diría que no). Quizá lo más singular de la viñeta sea esa lámpara de mesa levitante, ¿verdad? La serie fue tan célebre que la expresión “¡Así soy…! ¿Y qué?” pasó al habla popular y propició la impresión de camisetas con el lema. Imagino que allí, en editorial Ejea, no había ningún responsable de control de calidad dispuesto a señalarle a Héctor Aguilar que la lámpara que acababa de dibujar era una completa improbabilidad física, pero, en el caso de que así fuera, tenía una buena réplica a mano: “¡Así soy…! ¿Y qué?”. A lo loco.

por Jordi Costa