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por Jordi Costa

Asocio el descubrimiento de Edgar P. Jacobs a lo que yo llamo los Años Cairo: ese momento privilegiado en el que, en pleno boom de las revistas de historieta de los ochenta, salió una publicación que, por así decirlo, tenía un programa ético y estético detrás. Cairo era una de esas cabeceras capaces de marcar los años de formación de quien cayera bajo su embrujo. No hace mucho, el cineasta Javier Rebollo me contaba hasta qué punto había sido importante para él ese neo-tebeo capaz de establecer sólidas conexiones entre lo nuevo –los autores de la Escuela Valenciana (Micharmut, Sento, Torres), algunos militantes del underground con afán de versatilidad (Gallardo, Montesol) y otros heterogéneos soldados de vanguardia- y lo clásico –la tradición franco-belga, la historieta de humor española, etcétera…-. También Álex de la Iglesia fue uno de los abducidos por la estrategia de seducción cuidadosamente diseñada por el ideólogo –y uno de los editores de tebeos con mejor gusto y más acusado espíritu romántico de nuestro país- Joan Navarro: cuando, en sus tiempos como estudiante de Filosofía de la Universidad de Deusto, de la Iglesia se convirtió en uno de los motores de NO! El fanzine maldito, dejó fluir en esas páginas irreverentes un pulso y unos ecos que se remontaban a las viejas lecturas de Cairo. Años más tarde, se habló bastante de su proyecto cinematográfico (que ojalá algún día se rescate) de adaptar La marca amarilla, el emblemático álbum de las aventuras de Blake y Mortimer de Edgar P. Jacobs que Cairo publicó por entregas en sus primeros números y convirtió casi en icono de su particular revolución del gusto.

En Cairo, Hergé era Dios Padre, pero también se extendía la alfombra roja ante quien se sentaría a su derecha en el Olimpo de los Grandes Calígrafos de la Aventura, el Sr. Jacobs. Si he de serles sincero, yo nunca llegué a sentir verdadero amor ni por la obra de Jacobs en general, ni por las aventuras de Blake y Mortimer en particular, que siempre me parecieron demasiado envaradas y asfixiantemente presididas por esas pastillas de texto redundante que acompañaban unas viñetas que eran puro virtuosismo detallista, sí, pero también aventura paralizada por una imprudente inyección de formol. Jacobs conoció a Hergé en 1944 y pasó a convertirse en estrecho colaborador del padre de Tintín, que se benefició del gusto por el detalle y de la obsesión por la precisión técnica y arquitectónica de quien, tres años más tarde, abriría el corpus de Blake y Mortimer con la primera entrega de El secreto del Espadón. No obstante, hay un Jacobs antes de Hergé por el que sí siento cierta debilidad: el que se encargó de suplantar a Alex Raymond durante la ocupación alemana de Bélgica. La entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial cerró el grifo de historietas americanas en el mercado belga y, en consecuencia, las entregas del Flash Gordon de Raymond quedaron interrumpidas… hasta que Jacobs, simulando ser el creador del Emperador Ming, se encargó temporalmente de prolongarlas por su cuenta hasta que la censura nazi le paró los pies. No obstante, ese impulso raymondniano continuó por otros medios: en 1943, Jacobs comenzó a publicar por entregas en las páginas de la revista Bravo! el material que, a la larga, acabaría conformando su primer álbum, El rayo ‘U’, verdadera summa de placeres pulp que fue retomando y depurando en diferentes versiones –y soportes: la serie fue reeditada en la revista Phénix y coloreada para el semanario Tintín- hasta alcanzar su forma definitiva en el álbum que editó Dargaud en 1974.

La Viñeta aquí presentada sale de la edición española del álbum publicada en 1991 por Ediciones Junior, S.A. en su colección Trazo Libre, que partía de la edición del mismo año publicada en el mercado francés por Éditions du Lombard. En El Rayo ‘U’, una codiciada fuente de energía inspira una muy esquemática intriga de espionaje que coloca a los héroes de la historia en una tierra ignota donde ocurre todo aquello que puede proporcionar placer a un lector infantil sediento de prodigios: hay dinosaurios, pterodáctilos, una serpiente gigante, incendios forestales, cuevas, pasadizos, trampas, templos enigmáticos, tribus de hombres mono, pulpos gigantes y, como pueden ver, también un hermoso tigre de tamaño descomunal. El Rayo ‘U’ es la perfecta demostración de que, bajo el encorsetamiento, en la obra de Jacobs latían ríos de lava lúbrica orientados al puro placer: es, probablemente, la obra más sexualizada de un autor que, a partir de Blake y Mortimer, reprimiría toda corriente de feminización en su discurso estético. Lo que sí estaba ya presente era la circunspección de sus personajes, capaces de recorrer lo asombroso sin perder nunca la compostura, ni dejar que se les acelerase el pulso. Esta Viñeta está aquí, básicamente, por ser hermosa, pero también porque, ante la espectacular visión del megatigre empalado que se presenta a los ojos del héroe, ustedes y yo hubiésemos constatado la singularidad zoológica del suntuoso felino con, por ejemplo, un “¡Hermoso (o Imponente) Animal!” que nos hubiese salido del alma y por eso nos puede resultar cómica la reacción jacobsiana. El personaje de Jacobs prefiere simplemente constatar y levantar acta notarial, de manera sucinta y sin valoraciones en la adjetivación, de la ingeniería cinegética que ha acabado con la bestia: “¡Una trampa para fieras!”. Seguro que cuando Jacobs escribió esos signos de admiración pensó que se estaba pasando de emocional.