Gudetama,
Bartleby
y el cansancio

Por
Victor Navarro
Remesal

“Esto es muy popular en Japón”, anuncia un cartel en una tienda de Tokio. El aviso no hace falta: Gudetama, el personaje al que señala, es una presencia ineludible en todo el país, y para cuando aprendo su nombre ya llevo días obsesionado con él. La conquista tiene mérito doble: primero, porque el bicho no encaja en el estándar kawaii japonés (ojos grandes, colores suaves, aires dulces: piensa en Hello Kitty o Rilakkuma); y, segundo, porque la dominación no parece el objetivo de un gandul (Gudetama viene de ‘gude gude tamago’, o sea, ‘huevo perezoso’) cuyo rasgo principal es no poder con la vida.

El latiguillo de Gudetama es “no puedo…”, una frase que enseguida lleva al “preferiría no hacerlo” de Bartleby, el escribiente. Sobre Bartleby han escrito Agamben, Deleuze o Vila-Matas, y poco más puede añadirse: es la negación, la inacción, la renuncia como posición ante el mundo, acaso un diagnóstico de nuestros tiempos. Sobre Gudetama se ha escrito menos, y me parece que recoge estas ideas de forma bastante más prosaica. Pero mientras el personaje de Melville apunta a una voluntad misteriosa y perturbadora, casi mística (un “nuevo Mesías que viene a salvar lo que no fue”), Gudetama simplemente no puede: es la atonía muscular hecha mascota.

Si a Bartleby se le lee en dualidades de inmanencia/trascendencia o individuo/comunidad, la relación de Gudetama es consigo mismo. Por seguir buscándole Grandes Ideas a un muñeco, diría que está cerca de la ya popular “sociedad del cansancio” de Byung-Chul Han, en la que todos somos explotadores de nosotros mismos, agotados y soñolientos, como aquel meme que reformulaba la frase de Bruce Banner en Los Vengadores: “That’s my secret, I’m always tired”.

También es fácil interpretar a este huevete como producto de una cultura que usa la palabra ‘karoshi’, o sea, muerte por estrés laboral (Corea del Sur, donde Gudetama arrasa por igual, comparte el concepto: ‘gwarosa’), y ver en él una confesión, o una llamada de auxilio, o incluso una jugada del poder para normalizar el agotamiento. Pero ninguna de estas explicaciones me convence. Primero, porque Gudetama, aunque muy japonés, ilumina una pereza inextirpable de la condición humana; y segundo, y más importante, porque su reacción ante el cansancio no es de sumisión, sino todo lo contrario: Gudetama es un rebelde, un anarka de la desgana.

Si te fijas, la relación del personaje con su debilidad es plácida, incluso reconfortante. Gudetama sufre pero no agoniza; a veces está a gusto, incluso se diría que lo pasa bien. Lo puedes comprobar en estos GIFs (que salen de las animaciones oficiales producidas por Sanrio), donde lo mismo lo encontramos volviéndose a la cama como balanceándose sin prisas en su cascarón. Todo en él tiene el magnetismo de la belleza de la bajona, y su trazo y movimiento recuerdan más a los garabatos ‘heta-uma’ (‘malo pero bien hecho’) de Yumura Teruhiko, mangaka punk y libre que agitó el Japón de los setenta, que a cualquier mascota diseñada por un comité. Así, Gudetama se revela como un elogio de la pereza desde el Cool Japan, un corte de mangas a la autoexplotación del personal branding. Será muy popular en las tiendas japonesas pero también es un bichete gamberro que, si tuviera fuerzas para salir de la sartén, lo mismo posaba para la portada de una reedición de La abolición del trabajo.