Viñetas robadas

El guateque
dimensional

En su novela Jardines de Kensigton, Rodrigo Fresán tuvo una feliz iluminación: considerar que el espíritu de los sesenta estaba comprimido en la legendaria portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, ese álbum de los Beatles que, de alguna manera, encarnó un salto de conciencia colectivo y se erigió en puerta abierta a posibilidades futuras, partiendo de un selectivo repertorio de afinidades con transgresiones, desacatos y corrientes dionisíacas venidas del pasado. En la portada se apiñan más de sesenta personajes –entre ellos, los propios Beatles desdoblados en su identidad presente y su identidad pretérita– conformando un imposible retrato de grupo que desafía al receptor a establecer conexiones y lecturas: una imagen que podría ser materia prima de varias tesinas o estímulo para dedicar una vida entera a construir inagotables notas a pie de imagen. Rodrigo Fresán asoció la variopinta reunión a la idea de fiesta: una reunión caótica –o solo aparentemente caótica– de identidades convocadas en nombre del placer y el goce. Jardines de Kensington destila la energía secreta de esa imagen diseñada por Peter Blake y Jann Haworth en una serie de avasalladoras páginas –doce, ahí es nada– donde se enumeran los asistentes a las míticas fiestas organizadas en Neverland, el hogar de infancia de Peter Hook, inquietante síntesis de Peter Pan y el Capitán Hook que protagoniza este relato sobre la inmadurez como territorio de libertad, pero también como enclave patológico.

Al año siguiente de la publicación de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, Blake Edwards tuvo una idea que profetizó la epifanía fresaniana de Jardines de Kensigton: otra manera de representar el espíritu de los sesenta fue la fiesta abigarrada, caótica e interminable de El guateque, esa película en la que Peter Sellers fue un eco ultralounge de Monsieur Hulot y que, como no podía ser de otra manera, tuvo un cartel diseñado por Jack Davis, titán de la escudería de esa revista MAD donde el genio de Harvey Kurtzman ya venía, desde 1952, anunciando que llegaba la delirante, ridícula, atestada celebración del placer de los sesenta –la década en la que esa nueva comicidad concebida por el autor de Hey Look! se ajustaría realmente a la sensibilidad colectiva– a través de un lenguaje visual que encontró su recurso expresivo estrella en la viñeta en plano general desbordante de personajes en crispada y/o festiva colisión. Si uno lleva el razonamiento un poco más hacia atrás podría llegar a la conclusión, incluso, de que los sesenta ya fueron esbozados en la famosa escena del camarote de los Marx de Una noche en la ópera. Por extraño que parezca, ni Groucho, ni ninguno de sus hermanos aparece en la portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, donde sí pueden distinguirse las efigies recortadas de otros maestros de la comedia como Stan Laurel y Oliver Hardy, W. C. Fields y Lenny Bruce. Muchos años más tarde, Enrique Ventura y Miguel Ángel Nieto, en una de las páginas de su serie Grouñidos en el desierto, tuvieron la ocurrencia de reescribir una versión de la legendaria escena del camarote usando a un Groucho multiplicado como única y múltiple presencia del amasijo humano: al final de la historieta, Groucho se quejaba a los autores, que le proporcionaban el lúbrico alivio de sustituir los múltiples Groucho por múltiples versiones de una misma chica curvilínea con perfil de Playmate: el Playboy de Hugh Heffner nació, como MAD, en los cincuenta, pero también fue una suerte de utopía consumista/carnal que vino a anunciar algo futuro; en este caso, una cierta –no toda– sexualidad estandarizada y satinada de los sesenta. En esa década se cerraron varios círculos: Heffner y Kurtzman consagrarían su matrimonio simbólico a través de la voluptuosa Little Annie Fanny, la megaplaymate concebida por el historietista que vivía, esencialmente, en un universo interminable de hiperrealistas viñetas en plano general donde los personajes embutían sus carnes para celebrar y, al mismo tiempo, contemplar con cínica suspicacia eso de que los tiempos estaban cambiando.

Por
Jordi Costa

Lo cierto es que todo lo que significó MAD, todo lo que MAD aportó a la sensibilidad cómica, a mí me llegó por otra vía. Tardaría en descubrir a Harvey Kurtzman, Jack Davis y Mort Drucker, pero no me hizo (demasiada) falta porque, en su momento, tuve a Ventura y Nieto, que no es que fueran una versión imperfecta, posibilista y derivada de todo eso, sino que para mí –y para muchos– fueron una versión pluscuamperfecta, cercana, atrevida y libérrima de todo eso y mucho más. Daba la impresión de que, por entonces, España vivía con el reloj atrasado: los sesenta llegaron, por así decirlo, en los setenta (por lo menos, ciertos sesenta; por lo menos, en el ámbito de la historieta). Fue en 1970 cuando apareció la revista Trinca, amparada por el régimen, concebida para aleccionar a las juventudes, pero transformada, desde dentro, por los talentos allí reclutados en un espacio de aceleración, renovación formal y cierto desacato ético. Nacido en el 66, a mí Trinca me pilló pequeño, pero algunos volúmenes encuadernados y, sobre todo, sus álbumes podían encontrarse en las secciones de saldos de los grandes almacenes cuando ya tenía la suficiente edad como para que, por lo menos, me picara la curiosidad. En ese contexto encontré mi MAD antes de que supiera que había un MAD: se trataba de la serie ¡Es que van como locos! de Ventura y Nieto, que para mí significó el descubrimiento de un tono, de un mundo (o de una manera de mirarlo) y, sin que entonces lo llegara a sospechar, de una pura, festiva y flamante postmodernidad.

¡Es que van como locos! era la airada expresión que soltaba una venerable anciana en cada una de las entregas: ella era el único leitmotiv de una serie que vivía en la deformación paródica y el cruce irreverente de mitologías populares. De alguna manera, la anciana era lo viejo y los escenarios caóticos en los que aparecía encarnaban lo Nuevo o la Entropía (delirante) de lo Nuevo. Esta Viñeta Robada está extraída de la historieta ¡¡Los Marcianos invadían la Tierra!!, incluida en el álbum ¡Es que van como locos!, publicado por Editorial Doncel en su Colección Trinca en septiembre de 1970. La cosa va de un pobre hombre con boina que, “jarto” de vino y montado en un burro, asiste a la llegada de los marcianos a la Tierra, grave acontecimiento que propicia la intervención de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire que ilustra esta viñeta en clave colosalista, donde se integran guiños cinéfilos (El día más largo, Los violentos de Kelly, Cómo gané la guerra, Patton), referencias al más amplio universo de la viñeta (Snoopy, Tanguy y Laverdure) y diversos gestos orientados a reforzar una suerte de endogámica mitología Trinca (Haxtur, Kronan, Los Guerrilleros). No obstante, esta viñeta también tiene, como la portada de Sgt Pepper’s, algo de inquietante puerta dimensional, porque… si esto se dibujó y publicó en 1970, ¿qué hace ahí ese personaje con porte de Moisés en la esquina inferior derecha de la viñeta? ¿No es el Fantasma de Canterville de Arranz que no comparecería en las páginas de Trinca hasta muchos años más tarde? Y, además, ¿cómo es posible que, por aquel entonces, Ventura y Nieto fueran tan capaces de pronosticar su futuro profesional? ¿Ese gorilón de ahí atrás no es acaso su King Tongo, que no vería la luz hasta 1973? ¿Y ese Groucho no es, de hecho, el mismo Groucho que no estuvo en la portada de Sgt. Pepper’s pero sí que encontraría un hogar a perpetuidad en los Grouñidos en el desierto que no nacerían hasta 1979? Es que hasta me parece ver entre la multitud a Diego Valor (aunque, probablemente, me equivoque), el mítico personaje de cuadernillo apaisado que Ventura resucitó en uno de sus más recientes –y excelsos, pero, ay, efímeros por la cicatería de mercado– trabajos. Dejemos de mirarla un rato, porque uno podría quedarse aquí dentro para siempre. Y no sería mal plan.