Bebiendo
en vanguardia

Bebiendo en vanguardia – O Productora Audiovisual

Se ha escrito mucho sobre las –a menudo complicadas– relaciones entre cócteles y literatura o entre cócteles y cine, pero lo cierto es que en general en los libros y en las películas los combinados han jugado un papel más iconográfico que de herramienta narrativa o discursiva per se. Sí, ya sabemos que en Mad Men o en Scott Fitzgerald las bebidas mezcladas sirven para caracterizar personajes o, incluso, para hacer avanzar la trama, pero son solo un elemento auxiliar a una intención mayor. Inversamente, la coctelería ha utilizado también al arte como inspiración. El Artesian –mejor coctelería del mundo por cuarto año consecutivo, según la lista 50 best bars– ha utilizado el surrealismo como eje de su carta de esta su última temporada, inspirada por Les diners de Gala, el libro de cocina de Salvador Dalí. O mejor dicho, por las carencias de este, puesto que Álex Kratena, el bar manager del Artesian se encontró con la sorpresa de que los cócteles dalinianos eran sorprendentemente sobrios y se puso manos a la obra para crear algo a la altura, con copas en forma de hormiga, elefantes mecánicos o, para qué vamos a andarnos con eufemismos, un coño. Kratena no solo rendía así homenaje a Dalí y al resto de surrealistas, con Buñuel a la cabeza (el aragonés es el único director de cine del que sepamos que ha sido también inventor de un cóctel, el Buñueloni, una variación del Negroni en la que el Campari se sustituye por vermut seco). Quizá de un modo inconsciente –lo que no dejaría de ser adecuado–, el equipo del Artesian rendía homenaje a otro de los grandes movimientos artísticos de vanguardia del siglo XX, el futurismo.

Manifiestamente modernos

Fulvio Piccinino, además de bartender, es también el autor de La miscelazione futurista, un libro que, en sus propias palabras “nació como la idea de un folleto y creció hasta las trescientas páginas”, donde detalla cómo en el movimiento de Marinetti los cócteles pasaron de ser un mero aderezo estético a un verdadero elemento discursivo. Cuenta Piccinino que en el primer tercio del siglo XX Italia encaraba el futuro con cierto optimismo. Fiat y Bugatti revolucionaban el transporte terrestre; los aviadores italianos cruzaban el Atlántico y abrían nuevas rutas (Porco Rosso, de Miyazaki, explica muy bien el entusiasmo por los aviones en la época), la luz eléctrica llegaba a las ciudades… pero las bebidas continuaban igual. Amargos y vermuts, quizá decorados con una simple piel de naranja o una aceituna, constituían y constituyen la columna vertebral de los aperitivos italianos. La alternativa era mirar al exterior, y de hecho, a menudo se hace: en la época aparecen presuntos “whiskies” y “rones” italianos que nada tienen que ver con los de verdad, especialmente a partir de 1929 cuando el fascismo apueste por la autarquía.

por
Mar Calpena

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Etiqueta de los años treinta de las destilerías Colombo.

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Receta de la “Copa di Brividi”, de Fortunato Depero. Cuenta Piccinino que muy probablemente Depero tomara prestado el borde de azúcar en los Brandy Crusta que viera durante su estancia en Nueva York.

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Object, de Meret Oppenheim (MOMA de Nueva York) y cóctel Your room or mine del Artesian.

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El Piano-cocktail. Es el verso libre de este texto. Una invención de Boris Vian con clara inspiración etílico-vanguardista que aparece en La espuma de los días.

Lo que está ocurriendo con las bebidas, pasa también con el resto de la gastronomía, algo que el futurismo detecta enseguida. Así que el 28 de diciembre de 1930 aparece en La gazetta del popolo el Manifiesto de la cocina futurista, obra del propio Filippo Tomasso Marinetti y del pintor Fillia, con gran escándalo (entre otras cosas, por abogar por la supresión de la pasta como plato nacional, al considerarla retrógrada). El manifiesto, que dos años más tarde desembocará en un libro, contiene ideas sin las cuales no puede explicarse la obra de cocineros como Ferran Adrià, como la aplicación de la ciencia a la cocina o el uso de una vajilla especial para cada plato. Para los futuristas, la gastronomía es un acto performativo, que debe implicar a los cinco sentidos, estimulando por ejemplo el olfato con aplicación de perfumes, el tacto mediante paneles de materiales distintos, y el oído con golpes de gong. Las combinaciones de sabores eran inusuales, y la decoración no se ciñe a los bordes exactos del plato o la copa. Deconstruyendo avant la lettre, el futurismo quería cuestionar todo lo que se da por hecho acerca de la gastronomía para reconstruirlo de un modo nuevo. Los futuristas abrirán un restaurante, Santo Palato, y diversos bares o, como preferían llamarlos ellos, “quisibeve”, “aquí se bebe”, en los que no se servirán cócteles sino “polibibita” o “polibebidas”, concebidas estas como obras de arte temporales. La clasificación que se hace de las mismas sigue la misma lógica: existen polibebidas para “comer”, para la “guerra en la cama”, para ir “deprisa a la cama” (es decir, para quedarse dormido), para “despejar la niebla” (mental), para “inventar”… No se escriben las fórmulas, con lo que de la mayoría de ellas solo tenemos un listado de ingredientes, algo que caritativamente Piccinino resuelve en su libro. La mayor parte de las polibebidas se preparan con hielo directamente en el vaso, quizás para poner de relevancia algo tan moderno en los bares de la época como las máquinas de fabricar cubitos, y se las decora con anchoas, con trozos de queso y con otros ingredientes insólitos que provoquen una reacción emocional en el consumidor y lo obliguen a despojarse de su papel de receptor pasivo.

Mientras, el futurismo sigue incidiendo también su alma nacionalista, echando mano de productos como el Strega o el Campari. Los futuristas no solo prepararán bebidas, sino que ayudarán a venderlas, puesto que están convencidos de que la publicidad es una de las artes del futuro. Muchos de ellos diseñarán carteles para Cocchi y, sobre todo, para Campari. De hecho, ya desde principios de los años veinte el pintor Fortunato Depero colabora con la marca roja en diversas ocasiones, y en 1932 crea para ellos una de las botellas más icónicas del diseño industrial de todos los tiempos: la del Campari Soda. Un cono truncado fácil de apilar y transportar con toda la velocidad que tanto valora el futurismo, la botella de Campari Soda alberga la misma contradicción que marcará el final del movimiento: el futuro siempre acaba volviéndose pasado. Igual que este contenedor ahora nos evoca casi con nostalgia la fe en el capitalismo industrial de principios del siglo XX, su intención primera era crear un futuro muy distinto al que estaba por llegar. El fascismo irá apostando en lo estético cada vez más por un mítico pasado imperial y no por una Italia moderna, y terminará por considerar al futurismo como “arte degenerado”. Su tiempo –¡qué horror!- ya había pasado.

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Trabajos de Depero para Campari. Llama la atención que su firma está en un lugar bien visible. Aunque a principios del siglo XX, con el modernismo, se dio una eclosión del arte comercial (Mucha, etc), Depero prefigura a los diseñadores-estrella del cambio de Milenio.

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Dalí afirma que la gestación de Un perro andaluz se produjo en el bar Emporium de Figueres mientras él y Buñuel bebían ginebras.