Salami
Western.


Por Jordi Costa

Viñetas robadas

Salami Western – O Productora Audiovisual

Siete años antes de que el Hombre sin Nombre cruzara por vez primera los desiertos de Almería, pero once años después de que Lucky Luke se paseara por Arizona a lomos de su fiel corcel Jolly Jumper, nació el vaquero inmortal que podría considerarse el eslabón perdido entre ambos iconos del western: Cocco Bill, creación de Benito Jacovitti, lo que es lo mismo que llamarle hijo de uno de los artistas que lograron acuñar un modelo de trazo cómico que, a día de hoy, sigue siendo un hito no superado.

A lo largo de esta vida agitada, uno ha tenido ocasión de escuchar muchas cosas. Entre otras, a  algún dibujante de historieta realista que afirmaba sin rubor que, para él, la historieta de humor era un arte menor y que el esfuerzo requerido para elaborarla era, sin lugar a dudas, de menor calado que el del artista capaz de emular con gran precisión una anatomía verosímil. Tener un oficio tan noble como el de historietista no siempre coincide con un censo neuronal digno de respeto y, de hecho, en ninguna parte está escrito que oficios nobles bloqueen las opiniones a veces innobles de quienes los ejercen. También hay paisajistas que se burlan por lo bajini del artista abstracto y ya no digamos del artista conceptual. Del mismo modo, ha sido durante años opinión más que extendida entre determinados círculos cinéfilos que el spaghetti western era, claramente, una degradación de esa idea platónica que esos mismos círculos identificaban como western clásico. No es este el lugar para entrar a fondo en el barroquismo expresivo de Leone, en su forma de subjetivizar tiempo y espacio a través de la forma, de vincular el uso de los arquetipos del western por parte de sus bastardizaciones italianas con el empleo de un corpus fijo de personajes en la commedia dell’arte, o de hablar de lo operístico y lo carnavalesco como sustratos tradicionales de esa estética de la apropiación, pero sí es la tribuna específica para loar el genio de Jacovitti, un señor que aportó a la historieta de humor tanto como Sergio Leone aportó al cine de barrio.

Decía Jacovitti que su maestro era Elzie Chrysler Segar, el padre de Popeye y demiurgo de esa Comedia Humana que fue el Timble Theatre. Curiosamente, el gran Miguel Gallardo también partió de ahí. Se dice de Jacovitti que fue una influencia determinante para Francisco Ibáñez: las patas de jamón o las berenjenas que decoraban los rincones de las esquinas en las viñetas de Mortadelo y Filemón eran una herencia de este maestro del horro vacui que hacía lo propio con salamis, dados, huesos, palanganas y otras singularidades decorativas. Jacovitti es, por tanto, un puente entre la gloria segariana y la gloria ibañesca, del mismo modo que su personaje más icónico puede ser visto como el paso entre Lucky Luke y Clint Eastwood. Si alguien contempla una viñeta de Jacovitti y se atreve a argumentar que ahí no hay genio, ni invención de lenguaje es que, directamente, no tiene ojos en la cara. Por muy bien que dibuje músculo de vocación fotográfica.

El estilo Jacovitti parte, para empezar, de una reflexión sobre la anatomía: sus personajes tienen imponentes narices y miembros largos, estilizados y visiblemente desproporcionados con respecto al volumen de sus respectivos cuerpos. ¿Qué es eso exactamente? Pues una hipótesis anatómica que imagina un ser humano mucho más dotado para la comedia de lo que lo estamos los terrestres de carne y hueso. Sus personajes son, así, extraordinariamente flexibles y viven en un mundo feliz de dinamismo filofuturista, siempre acompañados de líneas cinéticas que sirven para hacer inteligible a nuestros ojos de lectores atados a la ley de la gravedad sus coreografías de tronchantes movimientos en ese hábitat esencialmente ligero y veloz atrapado en cuatricomía. El otro elemento fundamental en la estética jacovittiana es, como se ha apuntado más arriba, el abigarramiento: en esas viñetas no cabe ni un alfiler y alrededor de cada gag parece haber otros gags aureolando con ingenio y gran sentido del delirio la situación central. La violencia desatada de sus historietas de Cocco Bill, personaje que nació en las páginas de Il Giorno dei Ragazzi el 17 de octubre de 1957, fue, a menudo, objeto de controversia: hasta mutilaciones, representadas como un corte de mortadela, fue capaz de meter este buen hombre en una publicación infantil. El autor apelaba a la violencia estilizada del dibujo animado clásico para argumentar su defensa, pero, la verdad, ni falta que hacía: los jóvenes lectores de estas desopilantes aventuras eran capaces de descifrar perfectamente esa distancia que solo suelen pasar por alto padres prestos a confundir la moral con la dioptría, que no el cercenamiento con el tocino (que es de lo que, en el fondo, se trataba). Como otro gigante, Georges Herriman, Jacovitti también estaba convencido de que la risa era una cuestión de lenguaje: de deformación y retorcimiento del lenguaje, concretamente. Sus viñetas eran ricas en el juego fonético tendente al absurdo, sus onomatopeyas se saltaban las formas consensuadas y admitían la puntual presencia de acotaciones. Hubo incluso veces en que los espacios entre viñetas se le revelaban como territorio idóneo para ceñir chorradas de propina, ya fueran refranes inventados o divagaciones gratuitas.

Los amantes del spaghetti western saben que, en una película de Sergio Leone, un duelo es un ritual que requiere de una desmesurada densificación del tiempo: una espera que dura un Mahabharata de extremos planos detalles, miradas elevadas a imponentes soles negros, insertos de dedos expectantes que podrían cubrir universos enteros, entrecejos de poro abierto transubstanciados en orografías de un planeta extraterrestre llamado Tensión New Roman a cuerpo 72. En el Lejano Oeste de Jacovitti no había tiempo para tanta ceremonia y una sola viñeta podía incorporar movimientos sucesivos en un mismo combate a plomo prolongado, viñeta a viñeta, a lo largo de la página entera (y las sucesivas). La Viñeta Robada que aquí se glosa es un buen ejemplo de esa estrategia, aunque podrían haberse buscado muchos otros ejemplos que la superarían con creces en barroquismo. He aquí, pues, un enfrentamiento, con gratuito salami incluido, sacado de la aventura Cocco Bill Ciccicoccomac, aparecida en el álbum Cocco Bill Saloon publicado en 1978 e integrado en el recopilatorio compilado por Gianni Brunoro Cocco Bill. Mezzo secolo di risate western, publicado por Stampa Alternativa/Nuovi Equilibri en septiembre de 2007. Podríamos cerrar este rendido tributo a un grande con una somera reflexión sobre la relatividad del tiempo: sí, los operísticos tiroteos de Sergio Leone podían alargarse una eternidad antes de que sonase el primer disparo, pero esa misma eternidad podría invertirse contemplando para siempre esta imagen inagotable. El placer sería distinto (dispar naturaleza, idéntica calidad de invención), pero placer sería. Y placer para siempre.