Nicolai Howalt.
Light Break


Fabrik Books

Por Aleix Plademunt

El Sol

Se supone que el Big Bang es el principio de todas las cosas, que lo originó todo. La ciencia conoce con alta precisión qué aconteció en estos primeros instantes. Se han determinado todas las reacciones físicas y químicas que tuvieron lugar en los primeros microsegundos. Los elementos se forman a presiones y temperaturas concretas. En el momento de la explosión, cuando la temperatura está a 1016 grados se forman los quarks. Estos se juntan generando la aparición de protones y neutrones. Y todo esto pasa antes del primer segundo de la formación del Universo. Hace falta que este se enfríe un poco más para que protones y neutrones se junten formando átomos. Cuando finalmente se combinan dos protones y dos neutrones, nace el primer núcleo atómico, el del Helio. El Universo tiene un minuto de edad, y su temperatura baja a 10.000 millones de grados. Estos átomos, sometidos a diferentes presiones y temperaturas, terminan formando moléculas y estas nos dan la vida.

Todo lo que conocemos y lo que no conocemos existe por una cadena casi infinita de acciones. Muchas de ellas totalmente improbables y azarosas. Si el universo hubiera tardado un solo segundo más en enfriarse, no existiría nada de lo que conocemos, o por lo menos, no cómo lo conocemos. Nikola Tesla no habría ionizado el aire para convertirlo en energía eléctrica en el filo del siglo XVIII, Darío I no habría ordenado la construcción de Persépolis en el 512 a.C., ni Michael Jackson habría compuesto Billy Jean en 1982. Y tu no podrías estar leyendo este texto, dónde sea que estés ahora mismo. Las estrellas se forman por una reacción físico-química entre átomos, presiones y temperaturas. Pero la presencia de nuestra estrella es una consecuencia de millones de reacciones impredecibles e incalculables. Sin nuestra estrella el Sol, no existiría la vida en la Tierra. Si las partículas vagantes que se terminaron juntando para formar la tierra lo hubieran hecho en unas coordenadas diferentes de lo que lo hicieron, no existiría la vida. Si el Sol fuera un poco más grande de lo que es, no existiría la vida. Si la Tierra tuviera una fuerza magnética distinta a la que tiene, no existiría la vida. Vivimos felizmente inconscientes de lo difícil que supone haber llegado a existir. En primera instancia, gracias a la buena relación que tenemos con el Sol.

Quizá por eso las antiguas civilizaciones creían que el Sol era el Dios Supremo. El dios de todos los dioses. Para algunos lo sigue siendo, otros han conocido a otros dioses, y muchos no creen ya en los dioses. Lo que sí está claro es que la existencia de vida en ese pequeño sistema solar, situado en un rincón de una pequeña y periférica galaxia de nuestro universo supuestamente infinito, se la debemos al Sol. Normalmente se lo agradecemos con diferentes rituales. Por lo general nos gusta mirarlo y hablar de él. Incluso que haga sol o no se convierte en un tema de conversación recurrente entre desconocidos o aburridos. Vemos todo lo que vemos gracias al Sol. Este genera unas partículas a las que hemos llamado fotones. Se forman en el núcleo del Sol y tardan millones de años en llegar a su superficie. Cuando eso sucede, se dispersan en todas las direcciones a la velocidad de 299.792 km por segundo. Estos fotones recorren 149.600.000 km en 8,2 segundos para llegar a la tierra e iluminarlo todo.

El Sol ilumina la Tierra desde hace aproximadamente 4.500 millones de años. La vida existe en la Tierra desde hace aproximadamente 3.500 millones de años, y la especie humana apareció hace aproximadamente tres millones de años. La fotografía se inventó hace 191 años. La fotografía es una reacción físico-química entre unos haluros de plata o soportes digitales y unos fotones de luz procedentes del Sol. El Sol no solo nos ha permitido, sino que nos ha enseñado a observar. Mientras los científicos se esfuerzan en estudiarlo y conocerlo cada vez mejor, Nicolai Howalt hace un gesto hermoso: en su proyecto Light Break le devuelve la mirada al Sol. Lo mira. Nuestra mirada es física y científicamente limitada, pero emocionalmente infinita.

Nicolai Howalt se inspira en las prácticas científicas del doctor Niels Ryberg realizadas a finales del siglo XIX para fotografiar el Sol. Mediante la utilización de diferentes lentes, filtros y herramientas originales y previamente utilizadas por Ryberg con un fin científico y medicinal, Howalt los emplea para observar el Sol, y a través de la copia fotográfica podrá ver lo que aparentemente no puede ver con sus ojos. La región del espectro electromagnético que el ojo humano es capaz de detectar responde a las longitudes de onda entre 400 y 700nm. Con la ayuda de los instrumentos del doctor Ryberg, Howalt puede observar longitudes de onda muy concretas e incluso ampliarlas hasta 730nm (luz infrarroja).

Esta es la parte científica del estudio, pero el acto es totalmente poético. Mirar a lo que nos da la mirada. Mirarlo en todo su espectro, filtrarlo y conseguir ver que eso que creemos conocer puede llegar a ser muy diferente. Múltiples visiones e interpretaciones del Sol son posibles. El Sol no tiene una sola forma. Nicolai Howalt nos propone setenta-y-ocho posibles miradas diferentes, cada una de ellas única y singular. Para enfatizar esta singularidad de la mirada, Howalt utiliza el papel como soporte sensible. El resultado es una copia de formato 20×25” única e imposible de reproducir. El negativo es la copia final. Esta serie se ha editado como un libro que presenta reproducciones de estos setenta y ocho originales únicos a tamaño 20×25”, como si de un libro de hojas de contacto se tratara. La experiencia más que científica es filosófica. Implícitamente nos sitúa en espacio y tiempo, pero también reivindica para nuestro Sol una atención más cuidadosa que la del astro que sale por la mañana y se esconde por la noche, que parece que gira pero nos tiene eternamente bailando a su alrededor.