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O Magazine
2015-2017

Vuelta

 

al

principio.

 

TEXTO POR
ALEXANDRE SERRANO

Tres segundos bastan para que descubramos una concordancia natural, llena de correspondencias sugestivas, entre las marionetas y los GIFs. Acaso sea que la estructura cíclica de estos resalte el componente maquinal de aquellas, ese remedo de nuestros propios automatismos con el que tanto nos inquietan; su condición fronteriza entre lo inerte y lo vivo que es una clave de la fascinación siniestra que ejercen sobre nosotros. Se trata de esa incomodidad, no exenta de asombro y ternura, que Victor Navarro ha definido de forma inmejorable en estas mismas páginas y que la repetición solo puede amplificar.

Y tiene todo el sentido que la pieza que ponga de relieve esa conexión se sirva en una obra emblemática de la cultura checa. Enfrentada desde antiguo a conflictos históricos, nacionales y sociales irresolubles, pocas han sido tan prolíficas en el arte de transfigurar la realidad y reflejar mediante una serie de motivos interpuestos la fantasmagoría cotidiana. Ninguna, de hecho, ha explorado con más denuedo la mística del artificio y la vida enigmática de los simulacros. Es el odradek de Kafka, no se sabe si mecanismo o criatura, el Golem de Meyrink y el robot de los hermanos Čapek, el gusto manifiesto por los autómatas y el teatro de sombras, la vigorosa tradición titiritera de la que emerge Jiří Trnka, el autor de la escena capturada en la imagen animada de esta semana.

En verdad, tendría valor incluso si se limitara a homenajearle. Formado en aquel hervidero creativo que fue la Primera República Checoslovaca, Trnka padeció como tantos de sus compatriotas la ocupación nazi y la guerra, seguidas por la adaptación a un régimen estalinista con el que tuvo que llegar a penosas componendas. Mas en el breve interregno entre ambos periodos puso los cimientos de su admirable obra posterior. Concretamente con Špalíček.

Realizado en 1947, Špalíček, el primero de sus largometrajes, es el hito fundacional de lo que se dio en llamar estilo checo. Es decir, la escuela de animación más influyente de Europa y la que propuso un patrón divergente más sólido a la hegemonía norteamericana en ese terreno.

Špalíček es un retablo de seis historias ambientadas en distintas festividades y rituales del ciclo anual eslavo, del Carnaval a la Navidad. Y en ella está todo tan primorosamente dibujado que un fugaz extracto es suficiente para que nos impregnemos del tono característico de la película: su onirismo a la vez zumbón y lírico, esa veta tan bohemia de costumbrismo fantástico y melancólico que asoma también en los cuentos de Oskar Wiener, Karel Čapek y Bohumil Hrabal, los artículos de Egon Erwin Kisch, los cuadros de Josef Lada o las ilustraciones de Adolf Born.

Sin embargo, hay un motivo mayor de regocijo en este GIF de Trnka y cuyo mérito corresponde también a quien lo ha seleccionado y recortado. Y es la capacidad de expresar de la forma más esencial y sucinta posible todo el encanto maravilloso de la tradición. Las campesinas que portan sus ramas, símbolo eslavo de fertilidad, y giran sobre su propio eje, una y otra vez por efecto del bucle reproductivo, muestran toda la fuerza, gracilidad y belleza hipnótica que hay en ese retorno cíclico al mito y al folklore. El renacer constante que ofrece. El cobijo que siempre se encuentra bajo las raíces. La promesa de inmortalidad que concede la secuencia recibir-conservar-transmitir. Y la resistencia que ese entramado de memoria, continuidad y sentido opone a todo poder disolvente. En los convulsos tiempos de Trnka o en los nuestros, no menos sometidos a su alienante y nihilista imperio.