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O Magazine
2015-2017

Diálogo

Años Salvajes /
The Endless Summer

Todo está en el surf.

por Joan Pons

El Pulitzer 2016, ya muchos lo sabréis, es para un libro sobre surf. Y no, Años salvajes no usa el surf como macguffin para adentrarse en otros dominios: es un libro sobre surf-surf. Sin excusas. ¿Para qué? Estas memorias de William Finnegan, surfero desde los sesenta del cual ahora descubrimos que su faceta de escritor y periodista de The New Yorker era en realidad una simple identidad secreta, son casi seiscientas páginas encriptadas en jerga especializada. Picos, mangas, crestas… y muchísimos más obstáculos léxicos para el lector profano que, en realidad, no lo son tanto; que tampoco hacía falta saber, o tener interés, sobre tipos de aceite de ballena para leer Moby Dick.

Años salvajes es un libro de aventuras, es literatura de viajes y es un retrato íntimo porque el surf en sí mismo también lo es. Son valores intrínsecos. Este deporte de riesgo, tan fácil de espectacularizar, encierra una alma negra: un surfero sabe que, a poco que se tuerza la tarde, está exponiéndose a la muerte cuando sube a la tabla. Que la dimensión trágica de este tipo de personajes encierre más literatura que, qué sé yo, la figura de un torero, un alpinista o un motorista de carreras (otros conquistadores de lo inútil que también se la juegan), es un atributo al que cuesta ponerle el dedo encima. Especulo, ya que antes ya he citado Melville, que tiene algo que ver con la literatura marina decimonónica. El mismo poderío metafórico del hombre vs la naturaleza; la misma poética del héroe cuya única meta es restarle identidad a lo indomable. No sé, algo así.

No es la primera vez que me pasa con el surf. Hace años ya me costaba Dios y ayuda explicar por qué The Endless Summer, la película de Bruce Brown de 1966, era uno de los mejores documentales de la Historia. A los que ya lo conocían, no hacía falta darles muchas explicaciones (Andrés Duque, por ejemplo, decía que, si pudiera, lo tendría puesto en su casa en loop, en una pantalla colgada en la pared como si fuera un cuadro). Pero a los que no… me acababa viendo desde fuera a mí mismo esforzándome sin éxito por encontrar argumentos definitivos que borraran la incredulidad de su rostro.

¿Cómo convencer a alguien que una película de no ficción sobre surf-surf es un hito del lirismo de la imagen y no una feria de atracciones Imax? Lo probé todo: descripción apasionada de la coreo de figuras anónimas en la cresta filmadas en tiempos en los que ni se podía soñar aún con las go-pro, elogio del erotismo de las siluetas a contraluz, vindicación de los deslizamientos de colores, texturas, formas y contraformas que tienden a la abstracción, invocación del estado mental y sensorial del verano eterno… Al final, (casi) lograba interesarles con algo tan simple como la mención a The Beach Boys: ¿Verdad que cuando hacían canciones estrictamente surf ya desbordaban el género y eran grandes temas pop? Pues eso. Ahora, aplíquese esto mismo al cine. Y luego, a la literatura.