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O Magazine
2015-2017

Marina y yo

por Mar Calpena

Marina dice que son muchas Marinas; la irrompible e irrefrenable hija de los partisanos de Tito, la vulnerable y poco amada hija de esos mismos partisanos; una tercera que vuela por encima de ambas en las alas de la sabiduría, y seguramente sea algunas más. Ellas se reflejan en la Mar que la odia y la Mar que la ama.

Marina es Marina Abramović. Quizás la única artista de performance cuyo nombre pueda sonarle a quien no le interesa la perfomance. Mar es lo que vendría a ser yo. La primera vez que supe de la existencia de Marina –ella suele referirse a sí misma por el nombre, como quien se refiere a una niña o a una diva– yo no sabía que Marina era Marina. En un episodio de Sexo en Nueva York, Carrie Bradshaw y sus amigas visitaban una exposición de arte en la que una mujer pasaba dieciséis días viviendo frente al público. Su “casa” eran varias plataformas a las que solo se podía acceder por escaleras de cuchillos: exactamente igual a la pieza The House with the Ocean View que había llevado en 2002 Marina. Carrie Bradshaw despachaba sumarísimamente el esfuerzo con unas palabras tan duras como “hay mujeres deprimidas en toda la ciudad que hacen exactamente lo mismo que ella y no lo llaman arte. Sube un teléfono a la plataforma y es simplemente el típico viernes noche esperando a que llame un tío. ¿Por qué crees que tiene escaleras con cuchillos? Para evitar escaparse a comprar algo de picar”.

Marina y yo – O Estudio Creativo

La escena de Sexo en Nueva York en la que Carrie Bradshaw (en primer término) y sus amigas visitan una performance sospechosamente parecida a House with the View. Abramović cuenta en sus memorias que le ofrecieron participar en el episodio pero que se limitó a licenciar la reproducción de la performance.

Marina y yo – O Estudio Creativo
Marina y yo – O Estudio Creativo

Durante la retrospectiva The Artist Is Present, uno de los participantes fue Ulay, el antiguo socio y pareja de Abramović. La participación en The Artist Is Present era la coda a la obra con la que se habían separado veinte años antes, The Lovers / The Great Wall Walk.

La segunda vez que oí hablar de Marina alguien la estaba llamando petarda en Facebook. La ocasión era su exposición retrospectiva de 2010 en el MoMA, The Artist Is Present. La retrospectiva no solo recreaba (¿retomaba? ¿resucitaba? ¿revivía?) varias performances de Marina desde principios de su carrera, en los años setenta, hasta la actualidad, y culminaba con otra nueva. La artista, como en un sesión zen de dobles, se mantuvo sentada frente a una mesa durante todo el tiempo de la exposición, al otro lado de la cual fueron pasando en una cola ordenada los visitantes a la muestra. Cuando le tocaba su turno, cada uno de ellos podía mirar a los ojos de la artista durante el rato que quisiera. Algunos estuvieron varias horas sentados allí, y algunos pasaban apenas unos segundos. Hubo gente que fue a hacer cola cada día; madres con hijos, personas que intentaban hacerla hablar…

La referencia al zen no es arbitraria. En su autobiografía Walking through Walls la artista cuenta acerca de trabajos y experiencias que ha llevado con monjes budistas o meditando. Todas las historias tienen un lado místico y un lado cómico. Lo mismo la tragedia azota a unos amigos que se pierden un ritual hecho en su honor, como un monasterio se empeña en prestarle monjes distintos para el ensayo y para la representación de una obra de teatro. La vida de Marina bascula siempre entre el dolor y la carcajada (en la película The Space in Between, un viaje herzogiano por los rincones más alucinantes del misticismo de Brasil, Marina se come frente a la cámara un ajo y una cebolla. Su cara es seria cuando dice que se trata de una experiencia integral del método Abramović. Los ojos, sin embargo, la desmienten). Mi veneración por Marina se edifica en estas tensiones entre broma y seriedad o entre espiritualidad y patochada; la que va entre el alma y los límites de su cuerpo constituye la base de su obra

Marina y yo – O Estudio Creativo

El padre de Marina Abramović fue un héroe de Yugoslavia y formó parte de la guardia personal de Tito.

Abramović –me siento más cómoda llamándola así– nace en Belgrado hace setenta años. Su infancia sería puro realismo mágico –padres fríos y distanciados, una abuela supersticiosa con la que veía fantasmas, un hermano menor que tenía todos los privilegios de la casa– si el realismo mágico hubiera tenido lugar en el más eslavo de los países. La joven Abramović encuentra pronto un refugio en el arte para su asfixiante situación vital, y en la performance, la manera de convertir en real el viejo ideal romántico de convertir la vida en arte. Comienza a hacer piezas, a viajar al extranjero con ellas. Es la época de la eclosión de la performance como forma artística, y ella encuentra su medio. La performance le sirve para jugar con la idea del dolor y la violencia, infligida hacia sí misma, en obras en las que recreará el juego del cuchillo entre los dedos (sí, ese de Aliens), otras en las que se inducirá un estado catatónico o en las que se cortará un pentágono en el cuerpo… Pero en la exploración de los límites de su cuerpo, pronto recurrirá a la participación del público, en obras como Rythm 0, de 1974, en la que los asistentes a la performance podían interactuar con ella con varios objectos dejados ex profeso. Tan bien fue la performance que hubo quien la quemó con cigarrillos, quién le cortó la ropa y quién la apuntó con un arma cargada. ¿Dónde están los límites del cuerpo? ¿En qué estado mental y emocional vive el artista al trabajar? Encontrará el sparring perfecto para explorar estas ideas en Ulay (de nombre real Frank Uwe Laysiepen). Su colaboración con Ulay es la materia de la que podría alimentarse la ficción de Barbara Cartland, si la Cartland escribiera para un público que frecuenta escuelas de arte y vernisages. Porque los años del tándem Abramović – Ulay serán altamente creativos, y llegarán a hablar de “un solo cuerpo con dos cabezas”. La culminación será esa caminata en direcciones opuestas a lo largo de la gran muralla China que sellará el final de su relación con un apretón de manos al encontrarse. Pero Abramović florece verdaderamente cuando Ulay, al que en Walking through Walls caracteriza de mujeriego y pesetero con amargura casi morrisseyca, desaparece de la ecuación. En el juego de espejos deformante que es Marina Abramović, la distancia con Carrie Bradshaw es mucho menor de lo que parece. La artista recordará en el libro con vulnerabilidad sus fallidas relaciones pasadas (la más dolorosa de todas no con ninguna pareja, sino con su hermano). Sobre esas líneas hay sombras de divismo y de autoabsorción, momentos en que resulta desconcertantemente odiosa. Pero Marina Abramović reparte a partes iguales hacia sí misma, y hacia los demás, y cuenta sus penurias y sus éxitos económicos (mientras que su soñado instituto, en el que impartir los rigurosos talleres de su método, debe financiarse con un crowdfunding, ella descubre su talento como promotora inmobiliaria, se interesa por la moda, dice a las claras que está harta de ser una artista “alternativa”), sus viajes, sus amigos, fracasos sentimentales y sus ligues, sus obras más celebradas y las que ella misma califica de deficientes. En su carrera, óperas, teatro, fotografía, escultura en cristal. Ella misma lo dice al final de Walking throuhgh Walls: todo es vida. No sé si mi experiencia con la obra de Abramović, que conozco necesariamente de segunda mano, sea representativa de la del resto del mundo, ni tiene nada que ver con lo que hago. Quizá Marina me atraiga y me repela porque en su nombre, en su obra, me encuentro a mí misma. Abramović como el perfecto test de Rorschach.