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O Magazine
2015-2017

Los siglos olvidados
del atletismo.

TEXTO POR MAR CALPENA
ILUSTRADO POR TIAGO MAJUELOS

Carreras de prostitutas en el Vaticano, juegos olímpicos en la campiña británica, competiciones de hombres contra caballos, marineros de ultrafondo… el atletismo premoderno no tiene nada de corriente…

¿Qué ocurrió en los siglos transcurridos desde el final de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad y la celebración en 1896 de los primeros Juegos de la época moderna? ¿Hubo corredores y atletas? Sí, vale, el relato oficial es que el olimpismo moderno es un invento de Coubertain y de los grandes almacenes, que quieren vendernos zapatillas técnicas a precios de (medalla) de oro. Pero algunos estudiosos sostienen que correr es el movimiento originario del ser humano (quien al bajar del árbol se vio obligado a ponerse sobre dos piernas para coger velocidad al cazar o huir de los animales). Y la carrera a pie se ha utilizado en diversas civilizaciones como medio de comunicación de mensajes y como entrenamiento militar, además de desempeñar una función religiosa en los propios Juegos. Al terminar estos, correr se convierte paulatinamente también en una forma de recreación, y algo más  tarde, con el advenimiento de la estandarización de las unidades de longitud y la llegada de los mecanismos de relojería, la carrera se vuelve algo medible y comparable; es decir, algo sobre lo que hacer pronósticos, comparaciones y apuestas.

Cuando el emperador Teodosio prohibe los Juegos en 393 d.c. por considerarlos paganos, en los márgenes del Imperio Romano se seguirá corriendo de manera. En Irlanda, por ejemplo, se celebrarán durante la Edad Media los Tailteann Games, unos juegos funerarios en honor a la reina Tailtiu que tuvieron lugar anualmente durante varios siglos hasta 1168. En estos juegos había pruebas de atletismo, salto de altura y longitud, carreras de obstáculos, jabalina y otros muchos deportes que reconoceríamos hoy en día, además de una feria y de varias competiciones artísticas. También en los festivales vikingos tenemos evidencias de que se corría, y de que se hacían apuestas que enfrentaban a hombres con caballos.

Y cuenta Benjamin Cheever en su libro  Strides. Running Through History with an Unlikely Athlete que en la Italia medieval y del Renacimiento las carreras (o ‘palios’ ) eran habituales. Aunque hoy solo sobrevive el de Siena, que se hace a caballo, en aquella época eran más habituales las carreras a pie, en las que solían haber competiciones entre prostitutas. Una de estas carreras la organizó el propio papa Alejandro VI (Borgia) en 1501. El historiador y sociólogo alemán Henning Eichenberg, citado en el libro de Thor Gotaas  Running. A Global History, contextualiza esta eclosión del deporte popular como parte de una “cultura de la risa”, en la que las carreras tenían una motivación humorística, y algo subversiva, en la que el orden normal de la sociedad se trastocaba. Algo así no podía durar, y a partir del siglo XVI, las clases altas dejan de participar en las carreras. Solo en Gran Bretaña las carreras atléticas seguirán en auge durante los siglos XVIII y XIX.

Las razones hay que encontrarlas en una ya larga tradición de eventos atléticos populares en esa parte de Gran Bretaña. En 1604, Robert Dover organiza en los Costwolds los “Robert Dover’ s Olimpick Games”, un festival anual y esplendoroso en el que cientos de atletas participaban en pruebas de baile, carrera a pie o a caballo, lanzamiento de martillo, caza, lucha o esgrima;  pruebas en las que podían llevarse un trofeo de plata. Aunque se interrumpió su organización a la muerte de Dover en 1652, posteriormente fueron revividos, y hoy en día, cuatrocientos años mas tarde de la primera edición, siguen celebrándose. Junto a estos juegos, era habitual que muchos pueblos organizaran carreras de mujeres.

Además, comienza a aflorar la figura del corredor profesional, que vive a base de apostar sus capacidades contra el reloj. Las marchas de larga distancia se convertirán en habituales en Europa y Norteamérica. Posiblemente la figura más singular de esa época sea la de Mensen Ernst, quien merecería no ya un artículo entero sino quizá  una película de aventuras. Ernst era un mísero marinero noruego que , en uno de sus viajes, descubrió su talento para correr larguísimas distancias. Supo hacerse con la amistad de príncipes y poderosos, y logró hazañas como completar en quince días una caminata entre París y Moscú, o irse de Estambul a Calcuta en cuatro semanas. Mensen murió en África mientras buscaba las fuentes del Nilo.

La ilustración, primero, y las ideas higienistas del siglo XIX, después, contribuyeron a popularizar la idea de que el deporte era bueno para la salud y como forma de encauzar los instintos de las clases populares (aunque las élites comenzaban a organizarse ya en las primeras asociaciones deportivas con carácter amateur , en contraposición al atletismo profesional de la gente común). Con ese espíritu en 1850 el médico William Penny Brookes crea en el villorrio de Wenlock en Shropshire unos juegos olímpicos para la  “promoción de la mejora física, intelectual y moral de los habitantes del pueblo y el vecindario de Wenlock y en especial de sus clases trabajadoras”. Los juegos de Wenlock tuvieron un gran éxito y enseguida se hermanaron con otros juegos que se crearon en Atenas para recordar los Juegos Olímpicos de la antigüedad. Eran los Juegos Olímpicos de Zappas, llamados así por el nombre de su principal mecenas e impulsor, Evangelis Zappas, y estaban abiertos  solo a atletas de origen griego. Uno de los visitantes a los juegos de Wenlock -que, por cierto, siguen existiendo- fue en 1890 un aristócrata francés llamado Pierre de Coubertain. A la muerte de Zappas, de Coubertain retomó la idea de su amigo Penny de crear unos juegos olímpicos de carácter internacional. Era el disparo de salida del olimpismo moderno.