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O Magazine
2015-2017

Entrevista
a Richard
McGuire

Por Kiko Amat

“Quiero que todo
mi trabajo sea divertido,
y a la vez un
poco vanguardista”

Richard McGuire nació en 1957, y es escritor-dibujante de cómics y bajista en el memorable grupo neoyorquino de los primeros ochentas Liquid Liquid. No frunzan el ceño. Ustedes han danzado sus líneas de bajo, o cuanto menos la de la canción Cavern, que fue sampleada por Grandmaster Melle Mel en el hit rap White Lines (Don’t Do It). McGuire, un artista “multidisciplinar” de verdad –o sea: no es que haga un montón de cosas y todas sean una birria, como sucede a menudo en nuestro país, sino que las hace todas bien–, lleva muchos años dibujando, y su idea para Aquí, el cómic que le está reportando todo tipo de premios y parabienes, se remonta a 1989. Fue en esa época cuando publicó la versión de 6 páginas del mismo en la revista RAW de Art Spiegelman. Como el You Really Got Me, algunas cosas son breves e influyentes.

La idea de aquel Aquí era la misma que la del nuevo Aquí (versión extensa): la historia de una habitación, y de todos aquellos que deambulan por ella, a lo largo de cientos de miles de años. Oyen bien: en el libro aparecen el inicio del universo, la extinción de la raza humana y un tal Benjamin Franklin, pero también un señor que ha perdido su paraguas, un vaso roto y un familiar que se atraganta. Está todo aquí: lo galáctico y lo mundano, de una forma que pocos artistas habían conseguido hasta hoy. A eso llamo yo ambición realizada.

Me cito con Richard McGuire en el Museu del Disseny de Barcelona, en la sala vacía más grande que he visto jamás (soy así de paleto). En una esquinilla de aquel ciclópeo überloft nos sentamos él y yo, y desde lejos debemos parecer una escena de uno de sus cómics. Dos tipos abrumados por lo circundante, conscientes de la pequeñez de la escala humana.

McGuire es un caballero encantador, generoso y simpático, un cincuentón de edad espléndidamente llevada, que ríe todo el rato achicando unos ojos color turquesa oceánico y que habla con una voz balsámica que haría las delicias de cualquier aquejado de AMSR. Un tipo que no da por sentado el éxito, sino que lo recibe con gratitud, humildad y buena disposición del alma. Y que acarrea un montón de anécdotas, ideas, sueños y proyectos que relatar. El entrevistado perfecto.

¿Cómo creciste, cómo fue tu infancia? ¿Tenía tu familia aspiraciones artísticas?
Mi madre era bibliotecaria, y mi padre era contable. Mi madre siempre nos alentaba a visitar museos y a culturizarnos. Nos llevaba a lugares históricos. Últimamente he pensado muchísimo en esto, a raíz también de que un amigo mío me dijo que llevaba demasiado tiempo hablando de Aquí, y deseaba que yo diese una charla sin mencionar el maldito cómic. Yo estaba algo dubitativo, ¿de qué voy a hablar entonces? Pero al final decidí seleccionar cincuenta cosas que me gustaran mucho, y hablar sobre ellas durante una hora. Lo estructuré de tal modo que al final se convirtió en una especie de biografía. Aparecían un montón de temas que habían sido importantes en mi vida.

¿En todos los ámbitos o solo los artísticos? ¿Como la comida de tu abuela, o algo así?
Sí. Bueno, eso no, pero casi. Tenían que ser piezas breves, porque se trataba de que todos encajaran en sesenta minutos. Así que de esa canción concreta solo podías escuchar un fragmento: “eh, fijaros en esta línea de bajo, [simula pinchar un disco], “Walk on the Wild Side”, escuchad las dos líneas de bajo entrecruzándose…”. Y luego quitarla al cabo de un minuto. Analicé ese tipo de cosas, y de repente salieron a la superficie todo tipo de asuntos fundamentales de mi vida. Por ejemplo: cuando yo tenía unos cinco años mi madre confeccionaba un cuaderno de notas con fotos de pinturas famosas, y jugábamos a adivinar el nombre del artista y el título que había escrito debajo. Excavando para la conferencia en busca de artefactos del pasado caí de repente en que una de aquellas pinturas, concretamente una de Vermeer, había sido incluida en Aquí de forma subconsciente. Muchos años después. Debí llevar aquella pintura en la mente de forma semienterrada y luego subió a la superficie al crear Aquí.

¿Había también música en aquella charla? ¿Apareció allí música del entorno familiar que no recordaras?
Mi madre estudió composición musical, sí, y siempre habían instrumentos en mi casa. Teníamos un piano. Siempre sentí que podía ir probando con distintos instrumentos: guitarra, teclado, lo que fuese. Pero nunca recibí una educación musical formal. Lo hacía solo para pasarlo bien.

¿Cuál dirías que fue tu epifanía musical? En el cómic aparece Is That All There Is, por ejemplo, una canción de Peggy Lee que a mí me encanta.
Esa canción de Peggy Lee viene por alguien que yo conocía, Daniel Melgarejo, un tipo muy divertido que además era un fantástico dibujante, ilustrador y animador. Él fue la primera persona de mi entorno, conocido personal, que contrajo el sida. Lo recuerdo cantando esa canción de Peggy Lee un poco después de haber recibido la noticia, ya sabes, “es esto todo lo que hay”, y por eso la añadí al libro. Aceptó su “sentencia de muerte” con una gracia y un humor inspiradores. Pero hablando en términos más generales siempre estuve dividido entre arte y música, siempre salté del uno al otro [realiza el gesto de brincar de un lado al otro con las manos]. Cuando era un niño me encantaban los Beatles y coleccionaba todo tipo de cosas relacionadas con ellos. Hoy en día sigo siendo un gran fan de John Lennon, y me doy cuenta de que muchos de los artistas que admiro fueron a la escuela de arte, como yo.

Las art schools inglesas de principios de los sesenta son un mapa de quién sería relevante en el pop unos pocos años después. Los grupos de R&B eran exalumnos de escuela de arte, mezclados con el ocasional elemento delincuente.
[Carcajada] ¡Claro! Pero a la vez pienso en el pasado y hallo muchas otras influencias que se suman a la escuela de arte. Siempre he estado expuesto al arte, y desde el primer día deseé ser un artista. Esa era la dirección prioritaria para mí. Me recuerdo siempre hambriento de más conocimiento de arte. Me pasaba el día en bibliotecas, buscando en libros y anhelando comprender, leyendo sobre todo tipo de artistas. Cierto verano me apunté a una clase, cuando aún era adolescente, en mis años de instituto. Eran clases extraescolares de arte, y allí conocí a un artista que supondría una gran influencia en lo que hago. Una de las primeras cosas que me dijo fue: “El arte nunca sale del arte. Nunca debería ser arte por amor al arte. Debería salirse de su campo”. Yo me tomé aquello pero que muy en serio. Acabé yendo a la universidad, fuera de Nueva York, y allí estudié (previsiblemente) arte [ríe], pero conocí, y traté de conocer, al máximo de gente que estuviese fuera de ese campo. Y alguna de esa gente sería la que acabaría formando el grupo conmigo. Gente rara, por decirlo de algún modo [ríe]. Quizá si llego a seguir el camino convencional la banda nunca habría llegado a formarse. No lo sé.

Creo que tu acercamiento es el más recomendable. John Fante decía que un escritor nunca debería mezclarse con otros escritores, o desde luego no relacionarse exclusivamente con ellos. Que era malo para la escritura y para el espíritu.
Es un buen consejo. Cuando yo iba a la universidad, esa era exactamente la situación, y lo que yo trataba de evitar, de hecho. Me mudé a Nueva York lo más rápido que pude, siempre había sentido ese tirón gravitatorio hacia la ciudad. Yo había crecido en las afueras, a cuarenta y cinco minutos de distancia, en Nueva Jersey, pero pasábamos mucho tiempo en Nueva York, con mis padres, visitando un museo tras otro. Siempre deseé vivir allí. Durante mis primeras dos semanas en la ciudad empecé a conocer a gente y a hacer el tipo de amigos que seguramente habría hecho si llego a acudir a una universidad neoyorquina. Un tiempo antes de mudarme a la ciudad de forma permanente yo ya trabajaba, previsiblemente otra vez, en una galería de arte [ríe], así que me desplazaba diariamente en tren al trabajo, de Nueva Jersey a Nueva York. Era la época en que el grafiti, por aquel entonces una forma de arte nueva, había inundado el paisaje urbano. Yo me mudé a la ciudad en 1979, que es más o menos el punto de dominación álgido del grafiti en Nueva York. Los trenes estaban literalmente cubiertos de grafiti; era todo muy misterioso y extraño, yo estaba completamente fascinado. Y aunque sabía que yo no era parte de aquello, sí quería responder a aquel impulso externo de algún modo. Cuando me mudé a Nueva York ya estaba ensayando con lo que sería Liquid Liquid. Acabo de recordarnos en el CBGB, preguntándole tímidamente al dueño si tal vez podríamos tocar allí algún día [ríe]. Aún en 1979, septiembre de aquel año, dimos nuestro primer show. Todavía nos llamábamos Liquid Idiot. Y lo que te quería decir era que yo diseñé los pósters para el concierto de Liquid Idiot, y los pegué por todas partes, pero a la vez también realicé unos carteles de arte callejero para pegar por ahí. Si vas a mi Instagram podrás ver una foto mía delante de uno de aquellos carteles enormes, de 1980. Los hacía con plantillas, spray y tiza negra. A través de aquellos carteles acabé conociendo a Keith Haring y Jean-Michel Basquiat, mucho antes de que fueran conocidos. Eran solo un par de tíos con los que topaba en clubs, y que habían visto mis carteles en la calle, y acabaron presentándose. Basquiat ya estaba pintando sus grafitis de SAMO, y eso le convertía a mis ojos en un gran artista. ¡Era SAMO! [ríe] Una noche estábamos tocando en un club… No era un club, de hecho, porque aún no nos permitían tocar el salas convencionales. Era una fiesta en un loft. Y tocaban varios grupos. Uno de ellos era Gray, el grupo de Basquiat. Allí nos conocimos, y nos hicimos amigos. Él vendía camisetas pintadas por la calle y no tenía un duro, pero para mí era una superestrella. Y ahora me doy cuenta de que me he ido por las ramas totalmente [carcajada].

Entrevista a Richard McGuire: “Quiero que todo mi trabajo sea divertido, y a la vez un poco vanguardista” – O Estudio Creativo

Hablabas de que aquellos artistas ignotos ya eran personajes famosos en tu círculo. Yo me imagino vuestra escena como una sociedad secreta, como algo que nadie conocía. En una entrevista reciente definías todo lo que hacíais entonces como cosas “difíciles de encontrar”.
Y tanto que eran difíciles de encontrar [vehemente]. No sé si algo así sería posible ahora, aunque por otro lado son dos épocas tan distintas… La Nueva York de aquella época me parecía muy pequeña. Un pueblo. Para empezar, cuando yo llegué ni siquiera había demasiados sitios donde uno pudiese tocar o ver conciertos: CBGB, Max’s Kansas City…

Hurrah…
Sí. Hurrah era una vieja disco que empezó a programar a un montón de artistas de nueva ola inglesa, y era alucinante verlos. Pero incluso comprar discos era difícil y raro. Muy pocos sitios tenían importaciones, y cuando encontrabas algo se consideraba un enorme hallazgo, y lo compartías de inmediato con todos tus amigos. Cuando accedías a aquella pequeña sociedad conocías a todo el mundo, porque todos acabábamos yendo siempre a los mismos sitios… No sé si has visto Downtown 81, aquella película tan divertida sobre la escena artística y musical neoyorquina de entonces. Es un shock verla hoy, porque para empezar te das cuenta de que el Lower East Side era un vertedero, parecía una zona de guerra. Crimen, drogas muy duras, un sitio horrible, horrible. Pero tiene mucha gracia ver a Basquiat, el protagonista del filme, yendo de club en club. No hay demasiada trama, pero sí pillas un destello fugaz de cómo eran las cosas entonces. En aquella época me topé con Basquiat por la calle un día cualquiera, y me preguntó si quería aparecer en “su” película. Yo respondí que sí, muy entusiasmado. Por desgracia se quedaron sin dinero al poco tiempo, y la película nunca se estrenó, aunque sería desenterrada años después. Recuerdo que uno de los productores se disculpó conmigo: “Sé que tendrías que haber aparecido en aquella película y ahora no será posible. Pero utilizaremos tu música en ella”. Y en efecto, aparecen dos canciones mías, una cuando Basquiat está pintando una pared y otra cuando está subiéndose a un taxi, y Cavern suena por la radio. Lo bueno del caso es que ambas canciones son de 1983 [carcajada]. ¡Regreso al futuro! Para colmo perdieron las grabaciones de sonido, y tuvieron que doblar las voces en todas las escenas. El propio Basquiat, de hecho, ni siquiera habla con su voz. En serio. Su voz es, paradójicamente, la del actor que años después le interpretaría en el biopic de Julian Schnabel. Eso es rarísimo para quienes le conocimos. Eh [se interrumpe]. Estamos hablando demasiado de Basquiat, lo siento.

No, para nada. Me parecía la mar de interesante.
Lo que pretendía decir, supongo, es que ahora todo es distinto, ahora lo hallas todo en internet. Me sigue sorprendiendo cómo accedí a algunas de las cosas de aquel periodo. Yo estaba en el instituto, escuchando el primer álbum de Patti Smith, que fue muy importante para mí, y el debut de Talking Heads, que también, y de repente me enteraba de quién era Brian Eno, porque había escuchado a Roxy Music, y entonces me enteraba de que Eno había producido a Devo… Era un rastro de migas de pan que tú ibas siguiendo y completando y avanzando. Una cosa llevaba a otra, y esa a otra, y así se iba creando un mapa, un universo de cosas relacionadas entre sí, de conexiones.

No te imaginas cómo me gusta lo que acabas de decir.
[Sonríe]. Esas cosas eran muy importantes. Escuché los dos primeros álbumes en solitario de Brian Eno, y aquello fue tan importante para mí… Crucial. Y algo aún más importante: Brian Eno produciría el álbum No New York, que para mí sería aún más capital, porque indicaba la dirección exacta hacia la que Liquid Liquid se estaba encaminando. Al principio éramos muy ruidosos e improvisados, así que cuando escuché aquello me quedé de piedra. Me dije: “¡Esta es mi gente!” [carcajada] Cuando llegué a Nueva York vi a DNA por primera vez, que eran alucinantes. Mis favoritos, con Arto Lindsay a la guitarra, el bajo de Tim Wright, la batería de Ikue Mori. También Konk, que eran amigos; Lydia Lunch, que entonces estaba en 8-Eyed Spy…

Yo tiendo a imaginar la Nueva York de principios de los ochenta, con todos los artistas y raperos y rockeros punk, un poco como un musical, en plan Hello, Dolly! Como si uno fuese por la calle y se fuera topando con todos esos artistas y tipos geniales: “¡Hey, Thurston!”, “¡Qué pasa, Andy!”, “¡Muy bueno el último, Alan!”. ¿Estoy idealizando ese escenario, o era realmente así?
Sí, era así, y todavía puede ser así a veces, y eso es lo que es tan grande de Nueva York. Pese a los millones de personas, seguimos siendo una isla, y los círculos son diminutos. Creo que la escena debía ser incluso más pequeña entonces. Todos los modernos y enrollados frecuentaban el mismo circuito de clubes y galerías de arte. Chavales grafiteros del South Bronx se mezclaban con artistas del Soho, coleccionistas de arte de la parte alta de la ciudad se mezclaban con músicos bohemios del Downtown. Recuerdo haber visto a Klaus Nomi un montón de veces por la calle, e incluso sin su maquillaje era un individuo deslumbrante. Me topaba con Andy Warhol de compras, y una vez, en una fiesta en el apartamento minúsculo de Keith Haring, ¡estuve con Madonna! Me encantaba ver a Robert Mapplethorpe y Lou Reed en inauguraciones de galerías de arte, o simplemente por ahí, por la calle. Siempre es emocionante ver a una estrella de forma inesperada.

Hemos tocado por encima el apretujado universo de bandas del momento, en particular a DNA. Me gustaría que me contaras con algo más de detalle quiénes eran algunos de tus favoritos y por qué. También comentar algunos rostros omnipresentes de la escena: James Chance, Lydia Lunch, Alan Vega… Mis favoritos, dicho sea de paso, son Bush Tetras. ¡Viva Pat Place!
En una ocasión teloneamos a Alan Vega, y era un tipo muy simpático que nos trató con un inmenso respeto. Cuando tocamos en París por primera vez él se presentó en el backstage para saludar. Vi en directo a todos los que mencionas y, por supuesto, me encantaban. Ellos eran las “estrellas” cuando nosotros llegamos a la escena. Era muy divertido ver a James Chance en directo, siempre había esa tensión por si acabaría a puñetazos con alguien. Era conocido por eso. Y realmente me encantaba su combinación de ruido y funk. Con Bush Tetras solo tocamos una vez, que yo recuerde. A pesar de que estábamos en el mismo sello, 99 Records, ellos se comportaban de un modo algo distante, pero probablemente también se debía a que nosotros éramos muy tímidos. Siempre he pensado que Pat Place era la más cool de todos, una gran músico funky con enorme estilo.

¿Qué me dices de Mars?
A Mars nunca llegué a verlos, no; acababan de disolverse cuando yo desembarqué en la ciudad. Pero acabé conociendo a todos y cada uno de los miembros de Mars, sin duda. Es curioso como te vas topando con todas estas cosas. Como vas saltando de una cosa a otra.

Voy a sonar muy antiguo ahora, pero temo que haya desaparecido del mapa un tipo muy concreto de esfuerzo que era positivo, y que surgía precisamente de tener que unir todas esas migas de pan, como tú decías.
Quizá sea cierto. Toda aquella anticipación, y la imaginación que se enciende con ella. Algunas de aquellas cosas llegaban a tus manos de formas que parecen imposibles. Requería mucho tiempo. Todo. Antes de eBay todos pasábamos mucho tiempo rebuscando en mercadillos callejeros, buscando gemas ocultas. Quizá hallabas un libro que llevabas años buscando, y se abría el cielo. Pero seguro que coincides conmigo: también me hace feliz poder encontrar ahora más fácilmente las cosas que años atrás busqué y busqué sin éxito [sonríe].

Hablando de buscar cosas. Debiste realizar un esfuerzo de documentación extenuante para reunir toda la información en la que se basa Aquí. A mí, lo de buscar en la memoria familiar siempre me sienta fatal, y suele terminar en lágrimas.
Humm. Ya. Bueno, a mí me resulta extraño pensar en que uno cambia, y que por tanto tu relación con todas esas cosas también cambia. Todos esos objetos adquieren significados distintos. Cosas que no considerabas importantes resulta que lo son, y viceversa. Es raro. Cuando empecé a documentarme para el libro, y una vez hube decidido que iba a ubicar la historia en la casa familiar, empecé a rebuscar en los recuerdos de la familia. Por añadidura acabábamos de vender la casa tras la muerte de mis padres, con lo que tuve que revisar concienzudamente todos los objetos y fotos. Es un proceso curioso, el de revivir toda tu vida a través de esas fotos antiguas. No solo fotos: también cartas, por ejemplo. Eso puede ser embarazoso [carcajada].

Yo nunca he podido leer las cartas de la mili de mi padre a mi madre, por ejemplo. Me da algo, vamos.
[Carcajada] Exactamente. Pero a mí a la vez me obsesiona eso. He escrito un diario desde que iba al instituto, siempre he considerado escribir lo que me ha ido pasando como un espejo, que me ayudaba a comprender luego (o en aquel preciso instante) lo que me sucedía. Y creo que es bueno tener algo así. Aún regreso al pasado a menudo para revisar cosas. Patti Smith decía que estaba encantada de haber escrito todos esos diarios de juventud, porque gracias a ellos había podido escribir las memorias Éramos unos niños.

Pero ¿no te rompe el corazón? Los años que nunca volverán, todo eso. Infancia, adolescencia…
No lo sé. Sé que es bueno saber de donde vienes, y recordártelo a menudo. Mi familia siempre ha sido muy importante para mí, y Aquí es mi manera de rendir homenaje a eso. Al principio, si tengo que decirte la verdad, estaba algo nervioso. No tenía tan claro lo de hacer un libro donde apareciese toda mi familia [ríe]. Pero a la vez el libro no son unas memorias. No va de eso. Hay cosas que sí sucedieron, y otras que no. Mientras lo estaba construyendo no paraba de preguntarme: “¿Sobre qué estoy escribiendo?”. Porque el libro abarca una extensión colosal de tiempo, y por ello necesita un eje, que es mi casa. Pero eso es solo un instante, en realidad. Un momento fugaz. Estoy tratando de mostrar algo mayor que esa casa, que esa ciudad, que ese país… En el libro ves la creación de los planetas, incluso el fin del mundo puede distinguirse en la televisión, como una pequeña nota. Lo que propulsa al libro es más bien… ¿Cómo decirlo?

¿Nuestra insignificancia?
Eso mismo. Y es un tipo de experiencia que te enseña humildad. No tiene por qué ser deprimente, pero sí te baja los humos: cuando piensas en el tiempo en toda su dimensión. Pero asimismo tienes que saber apreciar tu propio tiempo. Y utilizarlo sabiamente, por fugaz que sea en términos cósmicos [ríe].

Por mucho que los dinosaurios se extinguiesen y la capa de ozono esté desapareciendo, tú sigues estando en mitad de una riña con tu esposa. Todo va de contexto.
[Ríe] Exacto. Todas esas cosas pequeñas, las cosas que quedan sin documentar, son tan importantes como las gigantescas. Todo depende del momento. Un vaso que se rompe no es nada, pero puede tener su importancia, puede representar o explicar un pequeño drama.

¿Te sentiste maniatado por la obligación de contar las cosas tal y como sucedieron en la verdadera casa?
No. Me tomé algunas libertades. Ni siquiera le fui fiel al carácter físico del edificio. No es una representación exacta de la sala de estar real. Es más bien una versión teatralizada, como un escenario que representara la casa. Alteré la situación de la ventana o del hogar a mi antojo. Si vieses una foto de mi vieja sala de estar no le encontrarías tanto parecido con la que aparece en el cómic. Porque de lo que se trataba era de tratar algunos temas universales con los que todo el mundo pudiera sentirse representado. Están todos esos rituales sociales o eventos que marcan y puntúan el tiempo, como cumpleaños, fallecimientos o bodas. Estas cosas marcan el paso del tiempo de un modo que todos podemos compartir y apreciar. Así que hice listas de ese tipo de temas, los que yo quería tocar y me parecían universales.

Envidio que tu madre fuese de las que lo conservan todo. La mía era lo opuesto de una “hoarder”, no sé si existe el nombre médico para esa patología. Lo tiraba todo. A veces cosas que yo llevaba puestas en ese momento.
No sé, lo de conservar cachivaches también puede ser un lastre terrible. Yo me sentí inclinado a deshacerme de muchos de esos trastos, aunque luego me sentía culpable. No paraba de repetirme: eran cosas que fueron importantes para mis padres, sí, pero ¿para quién más serán importantes? ¿Realmente quiero conservar todo esto? ¿Y pasárselo a mis hijos? ¿Para que ellos también se sientan culpables cuando yo muera? [ríe]. Es un gran peso. Hoy en día trato de vivir de la forma más minimalista posible. No quiero que nadie cargue con todo esto. No vale la pena. Pero sí valoro algunas cosas. Lo que me llevé de la casa familiar fueron las cajas de fotos. Y mientras las iba revisando una a una me di cuenta de que no conocía a la mayoría de aquella gente [ríe]. Una vez más: ¿Qué hago con todo esto? ¿Por qué estoy almacenando fotos de gente que no conozco ni de vista? [ríe]. Así que ahora intento ser realista, y desprenderme de todo lo superfluo. Porque vamos por la vida acarreando todas esas cosas. Es ridículo. Son solo objetos.

Yo estoy revirtiendo la tónica familiar ahora, guardando toda la porquería inútil con la que me topo para que mis hijos reciban El Gran Peso a mi muerte.
A ver. Yo me alegro de que mi madre lo conservara todo, no me entiendas mal. Por ejemplo, tengo todos mis cuadernos de dibujo infantiles. Me gusta conservar eso. Y a la vez, no sé qué voy a hacer con eso.

Hombre, de momento ya los has usado para escribir un cómic sensacional. Eso es algo que la mayoría de gente no puede decir.
Claro. Pero a la vez, como te decía, no es una memoria familiar fidedigna. Por no decir que es más su casa que mi casa. Pasé allí algunos años muy significativos, pero al final lo que sucede de veras es que nos llevamos la casa con nosotros. Estoy convencido de ello. Es la idea de un hogar lo que es importante. Sueño a menudo con aquella casa. Es un icono de lo que para mí representa un hogar. Un fotoperiodista insistía hace poco en llevarme allí para realizar una sesión de fotos, pero yo rechacé categóricamente la oferta. Esa ya no es mi casa. Es de otra gente ahora. ¡No quiero sacarme fotos en el comedor de otra gente!

Aparte de que se consideraría allanamiento de morada.
[ríe] Exacto. Mejor dejar todo eso como un recuerdo dulce. Como una idea de hogar, y ya está.

No obstante, es tentador investigar en el linaje familiar. Los antepasados explican muchas cosas de uno. Acabo de releer Fuego eterno, la biografía de Jerry Lee Lewis, y llevaba su porvenir escrito en la sangre. ¿Descubriste tú historias sorprendentes en la genealogía de los McGuire?
Bueno, es frustrante caer en la cuenta de que mucha de la investigación no va a caber en el libro final. Porque si la metieras se perdería el contexto, el tema principal y la última razón de ser del libro. Hay montañas de hechos que descubrí, no solo sobre mi familia, sino cosas como lo de Benjamin Franklin, que había vivido al otro lado de lo que sería la calle de mi familia. Es fascinante, sí, pero la trama no va de Benjamin Franklin. No quiero dar demasiados detalles sobre esa coincidencia. Solo le hice aparecer andando por lo que luego sería la sala de estar de mi casa. Me hacía gracia que Benjamin Franklin paseara por un suelo sobre el que luego se edificaría la finca. En realidad, la casa de Benjamin Franklin, que en el libro aparece lejana y en una esquina del encuadre, estaba situada justo delante de donde estaría la casa de mis padres, y era gigantesca. Hubiese ocupado toda la página. Tuve que quitarle énfasis.

Podría estar hablándote durante una hora de Franklin, y de su hijo. También descubrí historias loquísimas del tipo que fue alcalde del pueblo, un inventor excéntrico que había diseñado el primer dirigible orientable (o sea, que podías conducir). Viajó a Nueva York con él y aterrizó allí con gran pompa, para luego reunirse con Abraham Lincoln y decirle (muy sobreexcitado) que aquello sería lo que les haría ganar la Guerra Civil: bombardear a los Confederados con su nuevo dirigible. Lincoln pensó que le faltaba un hervor. Esto es gran material, como ves, pero habría forzado la historia en una dirección que no tenía nada que ver con el espíritu que yo imaginaba. Porque mi libro no va de Lincoln ni de grandes dirigibles. Va de un vaso que se rompe [ríe].

O de alguien asfixiándose en un sofá.
Esa escena de la asfixia sí sucedió. Le ocurrió a un primo mío. Completamente ridículo. Alguien está explicando un chiste sobre morir, y uno de los que están escuchando el chiste se ríe tanto que sufre un ataque al corazón fulminante. No me digas que…

Parece algo de Aterriza como puedas.
¿Verdad que sí? Cuando mi primo me lo contó también se estaba partiendo de risa. Decidí que tenía que incluirlo a toda costa. Temí que no les hiciera demasiada gracia a mis familiares vivos, pero en el fondo ellos también se habían reído antes con aquella anécdota. Era una situación cómica, así que decidí conservarla.

Leí que alguien definía a Liquid Liquid como “vanguardia divertida”, y creo que eso podría aplicarse a Aquí. Plantea caminos estéticos avanzados y arriesgados, pero explica una historia amena, no cae en la abstracción o el experimento enrevesado porque sí.
Estoy de acuerdo. Quiero que todo mi trabajo sea divertido, y a la vez un poco vanguardista. Tampoco mucho. Pero sí que intente hallar nuevos caminos. Las cosas no me resultan del todo interesantes si no intentan adentrarse en algún camino nuevo. Y creo que Aquí tiene un poco de ambas cosas. Cuando me dieron el premio de Oro del festival de Angoulême hubo dos críticos que aparecieron en televisión argumentando de un lado y del otro por qué no deberían o sí deberían haberme dado aquel premio. Los dos estaban en desacuerdo en todo, menos en que lo mío no era un “cómic” [ríe]. Tenía ganas de decirles que a mí lo de “cómic” me parece sensacional, que no soy precisamente un defensor del término “novela gráfica”. En lo que a mí respecta, tuve una idea y aquella me pareció la mejor forma de expresarla; nada más. Etiquétalo como te dé la gana. Ahora estoy metido en realizar una versión en realidad virtual de mi libro, usando visión de 360º, y eso me excita mucho. Porque no voy a poder usar el sistema de paneles que es característica del libro físico. Eso quiere decir que tengo que alterar la concepción misma de la obra. Me gusta estar en situaciones donde no sé qué estoy haciendo, no sé qué va a suceder o si voy a conseguir realizarlo. Es la única forma de crecer como artista.

También te leí en una entrevista entusiasmándote con el concepto de “go weirder”. Ante la duda creativa, hazlo más raro. Me gusta esa idea.
Es un gran lema, y uno que suscribo. Mucha gente me decía que era imposible que el nuevo Aquí fuese mejor que su primera versión de seis páginas, la que había publicado en RAW años atrás. El miedo a no poder superar aquello me mantuvo despierto. Incluso en mitad del proceso me iba preguntando: “¿Qué estoy haciendo? ¡Era imposible superar aquello! ¡Era perfecto!” [ríe]. Pero aquel pánico me fue bien. Solo va a estar bien si estás asustado. Si tienes dudas. Ahí es cuando sabes que estás realizando algo que merece la pena. No cuando vas en piloto automático por terreno confortable.

Creo que como creador sabes que algo está yendo bien cuando sabes qué quitar. Lo que sobra, o no procede contar, como decíamos antes. Lo que se inmiscuye en la historia por capricho artístico, por ganas de hacerte el ingenioso.
Desde luego, desde luego. Y aún más: me obcequé en incrustar algunas cosas que al final el libró rechazó. Me las escupió a la cara. Porque no encajaban de ningún modo. En un principio pensé que un hilo narrativo largo iba a ser la respuesta para el libro (después de todo hablo de la historia del mundo) pero acabé cortando, y cortando, y cortando, porque aquello ralentizaba la obra.

Existe una anécdota sobre un periodista gallego, Julio Camba, que entregó a su editor un artículo mucho más largo de lo habitual disculpándose profusamente porque le había faltado tiempo.
Entiendo. El truco de los cómics (y he hablado con muchos autores sobre esto) es la economía de espacio. Regresar al texto y seguir cortando siempre, hasta que ya no sea posible. Siempre cortar. Hacerlo más breve. Admiro esa perspectiva. Leí mucha poesía a la vez que trabajaba en Aquí, y creo que un cierto deseo de mantenerlo todo básico se filtró desde allí. Ir al grano en cada frase o imagen.

Incluso en sonido. Penny Rimbaud de Crass dijo en una entrevista con Jon Savage que algunos grandes tipos de música –como el punk rock, el merseybeat o el skiffle– comparten una característica: dejan mucho espacio libre.
Sin duda. Oh, sí, sí [enfático y cabeceando]. Tiene mucha razón. Necesitas ese espacio. Y necesitas pausas. No sé quién hablaba el otro día de las pausas en canciones. El momento en que todo se detiene por unos instantes, para recomenzar acto seguido. Y empecé a recopilar una lista en mi cabeza de todas las canciones que cesaban todo sonido durante un momento, y caí en la cuenta de que, como recurso, no hay nada mejor [ríe]. No hay nada mejor que ese momento John Cage. El momento de callarte. Un momento que te agarra el alma.