Open menu Open menu hover pink Close menu Close menu hover pink
O Magazine
2015-2017

Diálogo

Elogio de las siluetas

Las aventuras del príncipe Achmed / Limbo


por Víctor Navarro Remesal

Si lo que se proyectaba en la caverna de Platón se parecía un poco al cine de siluetas de Lotte Reiniger, normal que sus habitantes no tuvieran prisa por salir: estaban frente a algo más que reflejos torcidos de la Verdad. La sombra y lo fantástico (dos cuestiones inseparables) suelen ser acusadas de escapismo y de distraernos de lo importante. Es un apriorismo torpe: la sombra requiere de nosotros un esfuerzo por darle forma y encajarla en lo conocido; y si la realidad parece ofrecernos respuestas, la fantasía nos interroga. La sombra, pese a la mala fama que le dio el filósofo griego, sugiere, calma, afina nuestra visión y nos ayuda a ir más allá de lo obvio. Dale la vuelta a Platón: a veces la Verdad se entiende mejor a través de sus reflejos torcidos.

Conviene replantearnos nuestra relación con la sombra, empezando por el lenguaje: la usamos como sinónimo de manipulación y engaño (el “poder en la sombra”), de presencia maligna al acecho o aviso de catástrofe (la sombra siempre “se cierne”) o de aquella realidad interior que tememos descubrir (“el lado oscuro”, nuestras “luces y sombras”). En inglés, la Edad Media se conoce también como “Dark Ages” y el Renacimiento como “Enlightenment”. Hasta el término Zen “satori”, que significa “comprensión”, se suele traducir aquí como “iluminación”. Nuestra ética es una historia de luz contra oscuridad, y ya sabes qué significa cada bando.

Esta fijación con lo luminoso nos lleva a una idea descriptiva y analítica de la belleza. Lo bello es lo que se ve bien. El filósofo Charles Batteux, que en 1746 hizo una primera teoría de la cuestión con su tratado Les beaux arts réduits à un même principe, escribió que el arte es todo aquello placentero y que imita a la vida. Otra vez Platón y su Verdad. De ahí al naturalismo, a lo verosímil, a lo que no nos oculta nada: normal que luego nos tentase tanto lo que Bazin describió como el mito del Cine Total, “la representación completa y total de una realidad”.

Así, cuando Lotte Reiniger estrenó en 1926 Las aventuras del príncipe Achmed, se estaba oponiendo, lo quisiese o no, a toda una tradición ética y estética. La película nos lleva a un mundo apagado, descrito con elementos mínimos, voluntariamente plano, en el que las relaciones entre figura y fondo lo son todo y el movimiento se depura al límite. Ni hablar de la realidad. Es el largometraje de animación más antiguo que se conserva pero fascina por la seguridad de sus códigos: sus siluetas no son sombras de nada sino criaturas autónomas, abstracciones libres, y sus fondos líquidos y danzas delirantes podrían verse como un adelanto de la psicodelia. Reiniger inventó y perfeccionó en pocos años su propio lenguaje. Se cuenta que a su colega Walter Ruttmann, director de Berlín: Sinfonía de una gran ciudad, le molestaba que Achmed no tuviera nada que ver con la difícil situación de Alemania en su tiempo. Ese es el error del ataque al escapismo: no entender más realidad que la inmediata. Reiniger aspiraba más alto, a las hechuras de lo humano. No es casualidad que eligiese siempre piezas de folklore y cuentos de hadas, hitos poéticos y universales que nos ayudan a ir más allá de cualquier tiempo y contexto.

Nadie se molestó en criticar al estudio danés Playdead cuando en 2010 (ochenta y cuatro años después de Achmed) publicó la que podría ser la gran obra del “videojuego de siluetas”: Limbo. De entrada, claro, porque el desprestigio escapista es ya un lugar común del medio, pero también porque seguía el camino abierto por Reiniger y la referencia a esas alturas daba legitimidad. Al éxito que la directora tuvo en su momento (hizo decenas de cortos y mediometrajes hasta los setenta) había que sumar que nuestro siglo la había convertido en autora de culto. También ayudó que el fotorrealismo de las grandes superproducciones jugables (a su manera, un mito del Videojuego Total) nos empezase a atrofiar el paladar. Mira las marionetas de carne de Heavy Rain, también de 2010, y dime si no han envejecido mal. Frente a esta imitación descarrilada de la vida, las siluetas monocromas de Limbo enseñan músculo expresivo con la misma firmeza que las de Reiniger.

Limbo, una fantasía infantil que cruza a Reiniger con el expresionismo alemán y el macabrismo de Edward Gorey, cuenta con otra ventaja para continuar la escuela siluetista: en el videojuego los escenarios planos, las relaciones entre figura y fondo y el movimiento preciso fueron durante años una obligación. Pac-Man, los Space Invaders y todas las criaturas de Atari 2600 no son otra cosa que siluetas-símbolo (estos píxeles son un vaquero, estos dos puntos, un coche) y Mario y Sonic recorren mundos bidimensionales como los de Achmed. Las siluetas encontraron en el videojuego una casa perfecta y lo ayudaron a deconstruirse: Achmed proponía un futuro posible cuando el cine de animación se estaba inventando, Limbo permitía al videojuego releer su pasado. Como dice Óliver Pérez Latorre en su libro El arte del entretenimiento, su minimalismo le hace ser a la vez un juego único y “todos los juegos”.

Achmed y Limbo son obras únicas que pretenden descubrir las esencias del cine y el videojuego, de la narrativa y el jugar, usando la ambigüedad de la penumbra. Por ello me gusta analizarlas desde El elogio de la sombra de Junichiro Tanizaki. En este ensayo, el escritor japonés enfrentó nuestra tradición kantiana (sublime, luminosa, de síndrome de Stendhal y “Lolita, luz de mi vida”) con la sensibilidad japonesa: mientras nuestras luces buscan el progreso, la exuberancia y la información completa, el arte japonés valora lo inacabado, lo cambiante, lo modesto y lo íntimo. Aunque los arabescos de Reiniger y la negrura de Limbo los alejan un poco de este ideal, sí veo en estas obras una manera oriental (y no orientalista) de mirar. Como el elogio de Tanizaki, nos mueven a aceptar lo incompleto. Como el teatro de sombras chinas o el Wayang del sudeste asiático, nos piden que reduzcamos las cosas y las acciones a sus mínimos. Como la pintura china, en la que un trazo de tinta descubre algo en medio de un lienzo en blanco, nos animan a entendernos con el Vacío. Nos dicen que es imposible una representación total porque no hay nada que sea Total… y eso es bueno.

El audiovisual de siluetas es, pues, sombra oriental y no tiniebla occidental. Menos caverna que sala de meditación. No nos quiere enseñar el mundo de ahí fuera ni ayudarnos a evadirnos sino que apunta hacia algo inefable, a las fantasías e inquietudes que nos animan a todos. Apuntan a cosas tan vigentes en 2015 o 2010 como en 1926. Nos dicen que la luz puede descubrir las formas de las cosas pero la sombra revela sus auténticos aromas. Las penumbras de Achmed y de Limbo son invitaciones a apartarnos, aunque sea un rato, del brillo y las texturas hiperrealistas. Nos libran del asalto de lo abarrotado para mirar con calma la naturaleza frágil e imperfecta (y por ello, bella y conmovedora) de las cosas. Si merece la pena hacer un elogio de las siluetas, es por esto: gracias a ellas vemos aquello que desaparece cuando encendemos la luz.