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O Magazine
2015-2017

Gustave Flaubert dejó escrito que “la forma sale del fondo como el calor del fuego”. Durante los meses de canícula –donde abunda el calor– es imprescindible perseguir, al menos literariamente, obras sin un fondo excesivamente flamígero. En literatura, el infierno es lo inocuo, lo intrascendente, lo previsible. Los días de agosto son ideales para buscar “nuevas formas”, no únicamente en el chiringuito y en la discoteca: también en los libros. De hecho, quizá estas “nuevas formas” escritas se los lleven, acompañados de una esgrímica dialéctica personal, hasta superficies corporales apetecibles. ¡Que tengan suerte!

Literatura y agosto. 

Nuevas
formas de leer
en verano.

por
Jordi Nopca

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1.

Amores
de polígono

Imaginen una sociedad formada por triángulos, cuadrados, pentágonos, hexágonos y polígonos. Cuantos más lados y más vértices, mejor posición social. Los criminales serían afilados triángulos isósceles. La clase noble, alambicados y discursivos polígonos, solamente superados por los sacerdotes, que se manifiestan en forma de círculo. Así arranca Planilandia (José J. de Olañeta / Laertes), novela con la que el teólogo Edwin Abbott Abbott debutó en el año 1884. Con un finísimo sentido del humor, Planilandia plantea la llegada de un ser revolucionario e incomprensible a la realidad bidimensional: la esfera.

2.

Una de
levitación

“¿De verdad quieres ir al zoo? Se parece demasiado a mi casa”. Alice vive rodeada de animales, junto a su padre –veterinario– y su madre, una mujer menuda, con los hombros caídos y los dientes torcidos. “Si hubiera sido un perro, mi padre la habría sacrificado”, cuenta la protagonista de La hija del veterinario (Alba), de Barbara Comyns. La madre enferma gravemente a los pocos capítulos y es sustituida por una “ama de llaves” aficionada a la vida tabernaria. Si la madrastra de Alice funciona a base de lingotazos, la desdichada narradora del libro acaba descubriendo un inusual don: es capaz de levitar. Publicada en el año 1959, la cuarta novela de Comyns es alucinante, luminosa y etérea, con una prosa similar a los pasajes inspirados de Jean Rhys y Mercè Rodoreda.

3.

Ligereza medieval

En verano hay que evitar, a toda costa, ser narcotizado por novelas que aparentemente detallan la interminable construcción de catedrales góticas (cuando, en realidad, lo único que quieren es entretener al lector a base de crímenes, sexo y conspiraciones telenovelescas). César Aira conseguirá, con El santo (Literatura Random House) que recuperen el interés por unos siglos que una parte importante de la novela histórica ha convertido en campos minados de ridiculeces. Empieza con un anciano monje que pasa de ser venerado por sus milagros a convertirse en un problema para sus compañeros de monasterio después que decida emprender un último viaje hacia Italia, país donde nació. Si el santo muere en tierras extranjeras, los monjes catalanes no podrán gestionar sus reliquias ni sacar ningún beneficio póstumo. Deciden contratar a un asesino para que acabe con su vida, pero el monje escapa sin querer del ataque, montado en una falúa que viaja hacia Grecia… y ahí empiezan sus aventuras, mezcladas con las reflexiones de un narrador que solamente podría ser argentino: “La interrupción le había dado una estética no buscada, casual, que quizás era lo que los pedantes llamaban estilo”.

4.

El hombre de las frases infalibles

El mejor mes del año para leer a E.M. Cioran es agosto. De hecho, es el único mes del año en que su contundencia puede ser soportada sin provocar una irrecuperable brecha anímica. He aquí unas cuantas máximas de El ocaso del pensamiento –libro de 1940 con varias reediciones en Tusquets– que pueden ser aplicadas en el transcurso de una noche loca: “Sólo cuando te ves desnudo te acuerdas de que existes y de que eres mortal. La vestimenta nos confiere una superioridad artificial sobre el tiempo”; “Hace mucho que ya no vivo en la muerte, sino en su poesía”; “El goce nos saca del mundo, a diferencia del placer que, al dirigirse solamente a los sentidos, está desprovisto de matiz religioso”; “Cuando se ha conocido la dulzura de las amarguras, lamentamos no tener más que un corazón que destrozar”.

5.

Una ‘nueva’ novela con trampa

A sus 89 años, Harper Lee se ha convertido en el best seller de este verano. Su ‘nueva’ novela tiene trampa: Ve y pon un centinela (HarperCollins / Edicions 62) fue escrita en el año 1957 y, además de compartir personajes y escenario con Matar a un ruiseñor, tiene el privilegio de mostrar –atención al curioso binomio– a una escritora menos madura y más desilusionada que en su debut. Teniendo en cuenta que Matar a un ruiseñor ha gustado a millones de lectores desde su aparición en el año 1960, en vez de correr a devorar Ve y pon un centinela, la opción más sensata es acudir a la célebre primera novela de Lee. En ella, la pequeña Scout recuerda sus aventuras de infancia junto a su hermano Jem y su amigo Dill, trasunto del escritor Truman Capote: los tres persiguen a un vecino invisible, Arthur ‘Boo’ Radley, hasta que su padre, Atticus Finch, decide ocuparse de la defensa de Tom Robinson, acusado de haber violado a una joven. Ambientada en una pequeña ciudad de Alabama en la década de los treinta, Matar a un ruiseñor es una potente lección sobre el racismo y la marginalidad.

6.

Dinamita rusa

Puede que, a simple vista, Soy yo, Édichka, memorias de juventud de Eduard Limónov, parezca uno de los libros más explosivos de la literatura rusa contemporánea. Sus penurias, obsesiones y devastaciones quedan superadas cuando se descubren las narraciones de Liudmila Petrushévskaia, que tienen como protagonistas a mujeres de todas las edades que hacen lo imposible para sobrevivir: trabajos precarios, citas sin final feliz y viviendas minúsculas son engarzadas con una ironía tan transparente y agresiva como el vodka. La última y muy recomendable antología de Petrushévskaia publicada es Érase una vez una mujer que sedujo al marido de su hermana y él se ahorcó (Marbot /Periscopi).

7.

Bucear en una vida

Aunque empieza con la minuciosa narración de lo que pasa en el cuerpo humano una vez ha dejado de funcionar, el sexteto Mi lucha, de Karl Ove Knausgård, bucea en la vida del autor, de su familia y de las pequeñas ciudades noruegas donde el escritor vivió, solo o acompañado, antes de mudarse a Suecia. Por el momento sólo están disponibles los primeros tres volúmenes de la saga: son mil quinientas páginas de slow literature (el término enfatiza que no se trata de un proyecto narrativo donde predomine la acción, sino la descripción). Más allá de si el autor es excesivamente moroso en algunos pasajes, Mi lucha, cuyo primer volumen es La muerte del padre (Anagrama / L’Altra), es una experiencia literaria de nivel. Si tienen un poco de paciencia con Knausgård, la recompensa estética está asegurada.

8.

Crónica de un dios volcánico

Una de las formas de llegar más rápidamente al infierno es a través de un volcán. Dentro de ellos se encuentran multitud de novelas negras de recorrido previsible, thrillers escritos siguiendo fórmulas matemáticas y toda la obra de Danielle Steele, formada por ochenta y cinco tostones románticos. Los volcanes son también la morada del dios griego Hefesto, que tiene su propia biografía novelada, Les cròniques del déu coix (Proa), escrita por Joan-Lluís Lluís. Condensa en poco más de doscientas páginas treinta siglos de peripecias divinas: venganzas, amores, agonía y una voz narrativa que fluye con gran frescura. El infierno de Lluís es un lugar muy agradable.

9.

‘The death of a ladies man’

Con la muerte de James Salter desaparece una de las voces narrativas más resueltas a contar –con cierta complejidad y lirismo– las distintas fases de las relaciones entre hombres y mujeres. La fogosidad queda muy bien retratada en Juego y distracción, publicada en inglés en el año 1967 y recuperada recientemente por Salamandra y L’Altra, mientras que el maquiavelismo de la decrepitud es abordado en el relato La última noche, editado en 2005. Entre la media docena de novelas que publicó destaca también la reciente Todo lo que hay (Salamandra / Empúries), donde se aproxima a la extensa y agitada vida sentimental del editor Philip Bowman. La publicó el día en que cumplió ochenta y ocho años.

10.

Melancolía y sentido del humor

“Lo extraño genera tensión y la tensión es el sitio donde se encuentra un relato. Tensión y sentido del humor: el humor me interesa mucho. Los finales de mis relatos acostumbran a ser melancólicos, con algo de resignación; y estos dos elementos también me llaman la atención”. Así describía Lorrie Moore su narrativa poco antes de reunirla en un único volumen, Collected stories, de 2008. Siete años después, y diecisiete más tarde de su último libro de relatos, Pájaros de América (Salamandra), Moore entrega el excelente Gracias por la compañía (Seix Barral). En él encontrarán extrañeza, tensión, melancolía y sentido del humor, con personajes que intentan enderezar sus vidas asistiendo a interminables cenas, televisores emitiendo los últimos bombardeos de Bagdad, niños adolescentes imposibles de tratar y una mujer que construye su propio monumento conmemorativo a Michael Jackson el día después de su muerte.