Open menu Open menu hover pink Close menu Close menu hover pink
O Magazine
2015-2017

Un personaje contempla su propia muerte

Viñetas robadas.

por
Jordi Costa

Hay trabajos cuyas ideas germinan con tal fortuna que imponen una determinada manera de contemplar una tradición concreta: a partir de ese momento, dicha tradición ya no podrá ser descifrada de otra manera. Y da la impresión, a veces, de que tan lúcidos trabajos no han hecho más que activar un punto de vista obvio. Por supuesto, se corre el peligro de subestimar y restar importancia a su condición pionera, visionaria y transformadora. Es el caso de Squeak The Mouse del italiano Massimo Mattioli,  un trabajo que empezó a publicarse en 1982 en las páginas del mensual Frigidaire –que vendría a ser la versión italiana de El Víbora, la cuna de RanXerox y la trinchera creativa de autores como Andrea Pazienzia, Stefano Tamburini y Tanino Liberatore- para pasar a ser recogido en forma de álbum en 1984.

Lo que hizo Squeak the Mouse, su gran gesto revolucionario, fue lo siguiente: extraer de la tradición del cartoon clásico toda su lógica sádico-pornográfica, alterando sus recursos tradicionales de expresión del dolor –el achatamiento por los polos de, pongamos, el Coyote o el gato Silvestre: la festiva acordeonización  flexible de sus anatomías- y de la lubricidad –los ojos saliendo de las órbitas de los lobos de Tex Avery, sus lenguas disparadas como serpentinas fálicas- por una retórica de lo literal/hiperbólico que las asociaba, respectivamente, a los lenguajes del cine gore y de la pornografía. Sí, Tom y Jerry, el Coyote y el Correcaminos, la Ardilla Loca y sus sucesivas víctimas… todos ellos eran binomios potencialmente perversos, BDSM espectacular para niños; pero quizá Massimo Mattioli fue el primero que llevó esa lógica a sus últimas consecuencias. Veamos: lo hizo, por ejemplo, cinco años antes de que Sam Raimi, en Terroríficamente muertos , convirtiese la secuela de su clásico Posesión infernal en un ca rtoon sangrante; seis años antes a) de que John Zorn compusiera su Cat O’Nine Tails, donde el homenaje a las disrupciones compositivas de Carl Stalling (el genio detrás de las bandas sonoras de los dibujos animados de la Warner) se asociaba con la ritualidad del dolor propuesta por el imaginario del Marqués de Sade, y b) de que Matt Groening mostrara por primera vez a Rasca y Pica en el interior de uno de los sketches animados de Los Simpson realizados para El show de Tracey Ullman, previos a la gran consagración de la familia de Springfield con serie propia. Y, por  supuesto, lo hizo mucho antes de que llegasen propuestas como la webserie Happy Tree Friends, condenadas a parecer una redundancia desde el mismo momento en que nacieron.

El tema de la representación del dolor en el mundo del dibujo animado clásico es, realmente, riquísimo: cuando, en el seno de la Warner, Chuck Jones añadió arrugas, músculos faciales y toneladas de potencialidad expresiva a personajes tradicionales del estudio como el Pato Lucas y a personajes de propia creación como el Coyote, logró que el lenguaje de porrazo y persecución se sofisticara. Algunos cortos del Correcaminos, en sus manos, parecían incluso pequeñas películas de samuráis por otros medios, donde el manejo del tiempo se ritualizaba, se dilataba… para que el estallido violento, por así decirlo, doliese más. Asociado a todos estos conceptos, también está el eterno debate sobre la violencia en los dibujos animados: en torno a este particular, Matt Groening y el equipo de talentos al servicio de Los Simpsons han dicho las cosas más lúcidas al respecto, subrayando la condición catártica y liberadora de esas representaciones festivas, espectaculares y pirotécnicas de algo que, en un mundo regido por las leyes de la física, resultaría bastante más problemático… A no ser, claro, que lo manejara un talento del gag como Mattioli y estuviese dirigido a un público adulto más o menos curado de espantos (o no necesariamente, porque lo que hizo Groening con Rasca y Pica fue devolver al espectador infantil -o al público familiar- lo que el italiano había hecho en el espacio privado del tebeo para mayores de edad).

En Squeak the Mouse, los más básicos personajes de car toon –un ratón y un gato- se persiguen, se agreden, sangran, se torturan, se mutilan, fornican con los genitales bien a la vista, mueren, resucitan, se vuelven a perseguir, vuelven a agredirse, sangrar, torturarse, etc.. siempre en nombre del espectáculo y la Sagrada Risa. Tras el primer álbum de Squeak the Mouse, que culminaba en la brutal muerte del ratón, Mattioli publicó una secuela en 1992, en la que se incrementaban las referencias al cine de terror, vertiente explícita. A dicha secuela pertenece la viñeta seleccionada, ideal para subrayar que, además de bestia y sangriento, el humor del italiano era, también, auto-reflexivo e incluso filosófico. En las primeras páginas del álbum, el ratón resurrecto –gracias a las habilidades de un pato mad do ctor- lee el primer Squeak the Mouse y, sí, contempla su propia muerte en una preciosa mise en abym e que carga de ecos existencialistas estos momentos previos a una nueva fiesta de carne, sangre y sexos abiertos. Bajo la truculencia, a menudo hay poesía.