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O Magazine
2015-2017

“Seis grados de separación”, ya sabéis de qué va el juego, hombre: unir conceptos, personas, animales o cosas muy distantes en seis pasos que revelan qué todo puede estar conectado.
También es cierto que este pasatiempo a partir de una lectura lúdica de la teoría del caos está un poco superado. Ya está muy visto, sí, vale, de acuerdo. Así que ¿para qué quedarse ahora so lo con seis vínculos cuando se puede establecer un mapa de conexiones de… Un millón de grados de separación?
Es esta una Historia Universal (la que nos gusta a nosotros, al menos) contada a partir de los links. Miqui Otero se deja caer alegre e inconscientemente por el tobogán de la libre asociación de ideas en una chifladura holística por entregas.
Cada capítulo de esta epopeya tiene seis grados para respetar el referente original. Pero como rezaba aquel célebre claim de The Wire“Everything is conected”: el final de cada episodio de Un millón de grados de separación siempre será el principio del siguiente. Y así, y si nadie nos detiene antes, hasta el infinito.

ilustración por
Sergi Padró

Un millón de grados de separación


por Miqui Otero

Capítulo XI

Donde el gangsta r ap de N.W.A. no es tan peligroso como la película sobre la carrera de N.W.A., tan violenta como la vida de Tupac Shakur, que murió tiroteado pero resucitó en forma de holograma, como también lo hizo Elvis, en su caso con la mala suerte de materializarse en un dúo con Celine Dion, que, en cambio, es un referente absoluto de los rude boys de Jamaica, esos tan bien retratados en la película The Harder They Come, protagonizada por un Jimmy Cliff que también acabaría cantando para algo tan angelical como Disney. En resumen: hakuna matata.

Quizá la mejor forma de explicar la historia de N.W.A. (Niggaz With Attitude) sea hablar de la historia de la filmación de su historia. Parece complicado, pero se entiende fácil.

Trece años han hecho falta para finiquitar el biopic del primer combo de gangsta rap, ese que reuniera a raperos como Ice Cube, Dr. Dre o Eazy-E a mediados de los ochenta. ¿Es el trece un número de mala suerte? Hay cosas peores. Durante la filmación murió gente. Suge Knight, el legendario productor del sello Death Row, entró varias veces en el set de rodaje al grito de “WTF”  y también fue expulsado de una hamburguesería. Nada grave, si no fuera porque al salir atropelló a un técnico de la película y, al retroceder, a un ex- socio de Ice Cube (lo mató). La película ha sido tan polémica que apenas ha gozado de publicidad y, aun así, se colocó en el número uno de las más vistas en EE. UU. de este verano recaudando ciento cincuenta millones de dólares en un tiempo récord.

No es una historia nueva. Las broncas entre los miembros originales del combo vienen de lejos. Cuando Ice Cube abandonó en 1989, le dedicaron una bonita canción de despedida con melosísimos versos: “Get off the dick, you motherfunkin’ carbon-copy”. Palabras de amor, sencillas y tiernas. Cuando N.W.A. se negaban aquel mismo año a dejar de cantar Fuck the Police en un concierto en Detroit con casi más policías que público, ya se ganaron las primeras censuras. Aun así, su disco Straight Outta Compton se hizo con el doble disco de platino sin necesidad de sonar en las radios. A partir de ahí, la lucha por los derechos de los temas provocó que con cada miembro que abandonaba se intercambiaran bonitos rimas asesinas en infinidad de canciones. Los duelos de Dr. Dre y Eazy-E eran especialmente entretenidos. Dr. Dre, por ejemplo, visita la tumba de Eazy-E en el clip de I Need a Doctor.

Los raperos gángster encumbrados al rol de héroes son el equivalente reciente de los pistoleros más legendarios. Se libran, además, batallas entre Costa Este y Oeste como en las películas de vaqueros. Otra de las más célebres es la que libró Notorious B.I.G., de la costa Este, contra Tupac Shakur, de la Oeste. Podríamos decir que la cosa quedó en tablas: uno murió tiroteado en Los Angeles y el otro en Las Vegas.

Y, sin embargo, uno de ellos resucitó.

Hay quien convoca a muertos mediante médiums que cobran cien euritos. Bien, convocar a este pájaro costó nada menos que diez millones de dólares. Esa fue la cifra necesaria para que 2Pac apareciera 16 años después del tiroteo marcando chocolatina abdominal en el cierre del festival de Coachella. Algunos raperos cercanos al entorno de Bad Boy Records debieron asustarse de lo lindo, pero se trataba de una especie de holograma, logrado con una técnica ilusionista del siglo XIX llamada El fantasma de Pepper.

No fue ni el primero ni el único. Los ABBA divorciados en la vida real y que siempre manifestaron sentir pavor de tener que interactuar demasiado con los fans, ven cómo en su museo de Estocolmo han sido clonados virtualmente y, en bucle, todos los fans pueden cantar Chiquitita (¡¿Dime por qué?!) con ellos. O Michael Jackson, sin ir más lejos. En su videoclip T hriller advertía: “Esta película de ningún modo apoya creencias ocultistas”. Pero el caso es que, no se sabe cómo, él también resucitó para cantar una canción de su álbum póstumo Xscape en los Billboard Music Awards.

Decía Arthur C. Clarke que “toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Así que dejémoslo en eso: magia. Magia negra en el caso de algunos cantantes célebres obligados a reaparecer en forma de holograma con compañías de dudosa reputación. Como cuando Sinatra reapareció en 2008 junto a Alicia Keys o cuando se dio el segundo advenimiento de Elvis. El tipo ya había resucitado metafóricamente en 1968, cuando volvió a Las Vegas anunciado con letras de neón (y algunos kilos de más). ¿Por qué entonces tuvo que reaparecer en el año 2007 junto a…. Celine Dion? Muchos de los que defendían la idea conspiranoica de que seguía vivo, lo habrían querido muerto.

Porque, a ver, así a priori, ¿quién elegiría a Celine Dion para reaparecer tres décadas después de su muerte?. Pues bien: depende. La respuesta no es tan sencilla.

¡Que entre el fiscal! La BBC aupó en 2006 la canción My Heart Will Go On a la más detestable de la historia. Algunos de los temas de Dion se emplean en las salas de tortura de Oriente Medio. Busquemos en la ficción: en Buffy Cazavampiros, que un personaje tenga un póster de Celine en la habitación convalida como prueba de que esa persona es el mismo diablo y South Park… bien, South Park plantea la posibilidad de eliminar de cuajo Canadá con algún tipo de bomba de neutrones para que desaparezca definitivamente esta cantante canadiense.

Pero hay un gran pero. Celine Dion ha vendido ciento setenta y cinco millones de discos sin contar los de la banda sonora de Titanic.

Y la cosa es que ese pero no es el único pero. El resto los explica estupendamente Carl Wilson en su magnífico ensayo Let’s Talk About Love, donde emplea un disco de Celine Dion para plantearse cuestiones de raza, gusto, prejuicios o clase social. Allí explica que en China Dion es sinónimo perfecto de buena música y que en Ghana sus canciones han logrado popularizar San Valentín (en un país donde las muestras de afecto están prohibidas hasta el matrimonio). Su música suena también en el mercado central de Kabul, donde además se vende repelente de mosquitos marca Titanic. ¿Es música para blandengues, entonces? Bueno, según cómo se mire. Las power ballads de la diva demente suenan en las fiestas al aire libre de los sound systems de Kingston y los rude boy s más delincuentes se vuelven literalmente locos y celebran cuando canta Celine disparando sus revólveres al cielo en señal de comunión y euforia.

Eso sucede en Kingston, el Kingston que conocemos. No es como cuando decimos París y de repente resulta que hay un París en la provincia de Texas, no. El Kingston ultraviolento al que llega el protagonista de la película de gá ngsters The Harder they Come, dirigida en 1972 por Perry Henzell.

El protagonista es Ivanhoe Martin, un personaje basado en un criminal de los años cuarenta interpretado por el dios del reggae Jimmy Cliff. La historia de la película tiene su miga. Para empezar, el productor es uno de esos personajes turbios que tan bien crecen en las embajadas: Chris Blackwell, ayudante del gobierno británico en Jamaica que hacía pasta llevándose a Millie a cantar My Boy Lollipop a Londres (con esta película logró un desembarco brutal del reggae en Gran Bretaña).

Cliff intenta labrarse una carrera como cantante de reggae en la jungla mafiosa del negocio musical de la ciudad, donde suenan tantas trompetas como pistolas y donde se fuman tantos petardos como explosiones se escuchan. Hay asesinatos y ajustes de cuentas y también hay bellísimas canciones. Lo más bonito, sin embargo, sucedía en el patio de butacas. Los rude boy s abarrotaban los cines de Kingston para ver la película, pero hacia el final, donde la moralina, cuando las cosas se ponían feas, simplemente abandonaban la sala y seguían por ahí poniendo discos y bajándose cervezas. Pocas veces el público vio esa película hasta el final. Preferían quedarse con la parte épica del filme. En el extranjero también fue un éxito, aunque tiene a gala ser la primera película hablada en inglés que se estrenó en EE.UU. con subtítulos (así de cerrado era el slang de los protagonistas).

A pesar de todo, Cliff se convirtió en una estrella mundial. Y fue limando su perfil paulatinamente y rodeándose de nuevas amistades cercanas a, ejem, la propia Celine Dion. De hecho, en 1995 cantaría un himno a sueldo de Disney. Una canción que aparecía en esa película tan extraña donde una zarigüeya se enfadaba porque un jabalí se tiraba pedos y ambos adoptaban de algún modo a un león muy prometedor. Jimmy Cliff, aquel que había interpretado a delincuentes y musicado las gestas de los chicos británicos y jamaicanos más rudos, entonaría un tema compuesto por Elton John que contenía un mensaje bastante fumeta, pero mucho más amable. Hakuna Matata. O lo que es lo mismo: no te angusties, en idioma suajili. El león Simba de El rey león, tan aparentemente inofensivo como los que bostezaban en reservas naturales catalanas como Rioleón Safari.