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O Magazine
2015-2017

Sonic corriendo
mal, o la belleza
de la bajona

por Víctor Navarro
Remesal

Si algo hace bien Sonic es correr. Hay una belleza en su forma de apretar el paso que no han conseguido cargarse ni sus peores juegos (y mira que los ha tenido malos). ¿Por qué, entonces, empeñarse en animarlo trotando como un idiota? Según el ilustrador Zac Gorman, porque queda mono. En 2011 publicó en su web, Magical Game Time, una sencillísima animación con una versión fofa del erizo moviéndose con desgana, acompañada de la frase I think it’d be cute if Sonic ran like an idiot”. Otro dibujante, Anthony Clark, respondió con su propio erizo torpe y añadió una llamada: It is my sincere wish that everyone draw a dumb-running Sonic”. Y de ahí al meme: Internet recogió el guante y a los pocos días teníamos un Tumblr lleno de GIFs que competían por el “más idiota todavía”. El juego consistía en deformar al personaje y a su aerodinámica, convertir un acto fácil en una agónica ley del máximo esfuerzo. Y jugaron decenas de creadores. El arte pop en tiempos de Tumblr debe de ser esto: menos reproducción en serie y más mutación ad infinitum a manos de la inteligencia colectiva.

Lo que más me intriga de todo esto es por qué, volviendo a la afirmación inicial de Gorman, nos mola ver a Sonic corriendo como un pazguato. Primera hipótesis: el humor surge de romper las expectativas y de la pérdida de la compostura. Bien, pues de la mascota de Sega esperamos que se deslice con elegancia e, incluso, dignidad. Además, hace risa complicar lo sencillo y simplificar lo complicado; ahí está el célebre referente del Ministry of silly walks. Segunda posibilidad: que esto en realidad sea un ataque, otro “kill your idols” más. Internet pide cada poco que sacrifiquemos a nuestros héroes (Lucas, los Wachowski…) y al erizo ya solo lo defendemos cuatro nostálgicos. Más: también puede ser que en la jovialidad, en el playfulness del que escriben académicos como Miguel Sicart, entre romper nuestros juguetes, no por rabia, sino por experimentación. Sonic es mío y corre como quiero.

La última posibilidad, la que más me encaja, es que este meme sea una manifestación híper-moderna de la estética de la fealdad. Lo feo siempre ha estado en el arte: según Rosenkranz, para subrayar el efecto de lo bello; según Eco, para descartar y definir el gusto de una época. Lo feo, dicen, existe para aportar contraste. Pero la querencia por lo feo es también un acto de resistencia, una oposición a la dictadura de lo bonito, de lo bien hecho, como cuando te juntas con los colegas para ver pelis con monstruos de goma. A esto, el teórico Jeffrey Sconce lo llamó “paracinema”, un movimiento que da valor a películas trash rechazadas por la “cultura legítima” usando una lectura irónica. Una postura similar adoptan los fans de la estética kusoge (combinación del japonés “kuso” y “gêmu”, literalmente “juego de mierda”), centrados en consumir videojuegos imperfectos, rotos, pero sobre todo tontos y ridículos. Cuesta no entender a este Sonic corriendo mal como un hijo de la subcultura kusoge, sobre todo porque el personaje ha protagonizado varios títulos dignos de esa etiqueta.

La estética de la fealdad del paracinema o del kusoge es una celebración del mal arte algo pretenciosa pero, ojo, honesta. El disfrute es auténtico. Eso es lo que distingue, según Susan Sontag, lo camp de lo simplemente kitsch: en lo camp amamos de verdad la basura. Contra el elitista de la cultura oficial, el connoisseur de lo horrible. Contra un Sonic cada vez más pulido y con menos alma, la artesanía y la vida de lo desastroso.

Porque estos Sonics torcidos son feos pero están hechos con sinceridad y buena mano. En el puñado de obras que nos dejó el meme es fácil encontrar un dominio sólido de escuelas, técnicas y referencias muy variadas: son desastres muy bien medidos. No se trata de no saber hacerlo bien, tampoco de hacerlo mal a propósito por pura pose irónica (ya hemos dejado atrás lo grindhouse), sino de usar el reto para echar imaginación, para crear sin presiones y capturar, a través de estéticas sin legitimidad, una cierta manera de “ser mono”, una fealdad muy propia de nuestros tiempos: lo que podríamos llamar “belleza de la bajona”. Es el atractivo de lo torpe, los reductos de imperfección en un mundo cada vez más sobrediseñado y photoshopeado, la ternura de lo desdibujado.

Sonic corriendo mal es primo hermano de artistas geniales como Joan Cornellà, Mo Welch, Chris de Pictures That I Gone and Done o Ruby Etc, de tiras cómicas imprescindibles como Cyanide and Happiness o Poorly Drawn Lines: universos en los que nuestros estándares imposibles se desfiguran, relatos en los que el punchline es la falta de punchline, banderas blancas ante la perfección técnica del artista medio de DeviantArt. Retratos del cansancio que, tal vez, nos salva de la depresión de nuestro fast living. Obras con menos técnica (o técnicas más sencillas, minimalistas y feístas), pero más discurso.

Sonic corriendo mal captura la acedia de estos tiempos de sobreexposición al talento de los demás, el desánimo que sentimos al reconocernos limitados y la pequeña victoria que supone echarse al mundo y batallar pese a todo. Sonic corriendo mal nos conquista porque no correrá tan bien como el de verdad, pero sin embargo corre. A Gorman, dibujante detallista y estiloso, este Sonic le parece mono porque no aspira a nada más que existir como anécdota, a que le dejen correr en paz. En un mundo exigente y obsesionado con el rendimiento y la pulcritud, alivia saber que hay decenas de Sonics de saldo (casi mascotas de cereales de marca blanca) corriendo fatal y, gracias a la naturaleza infinita del formato GIF, sin rendirse nunca ni llegar nunca a ninguna parte.