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O Magazine
2015-2017

Pokemons rancios,
entornos arties

Por Henry J Darger

Hace dos meses, un pokemon Gas aparecía en el museo del Holocausto. XD. El juego nos hará libres. La alternativa post-fordista y pertinente en torno a la ludificación contemporánea no prendió chispa en Washington. Como era predecible, en una reacción propia de todo órgano sepulcral y censor, el centro histórico prohibía a los visitantes disfrutar de la frivolidad más jugosa del verano.

Suelo visitar las colecciones permanentes de nuestra capital en periodos vacacionales; por fichar. Hace años, cuando todavía creía que la cultura clavada, exánime en aquellas paredes, era más una cuestión de introspección y trance estético que de tiempo. Solía plantarme en algún museo peregrino a las tres de la tarde. Bien solica, sí, por si algún Giotto quisiera saltar del marco a darme un beso en los morros. Sin embargo, ahora que ya he logrado estimar en mayor grado la mirada ajena que la propia, prefiero el deambular entre ruinas atestadas.

En esas, entre museos y turistas, móvil en mano a la una de la tarde de este julio, me preguntaba qué tipo de pokemons encontraría en el Thyssen. O qué tipo de arte le gustaría específicamente a aquellos pokemons. Un par de horas más tarde y bajo los cuchicheos desaprobatorios del personal, daba por fracasada la expedición. Clarifico: me harté rápido del birrioso gusto de nuestros pokemons. Estos de aquí, los nuestros, no son tan maliciosos o imaginativos como aquel nazi. Los pokemons ibéricos son más bien cuñaos, amantes de lo figurativo expresionista o post-expresionista, del colorinchi cálido y la mancha plana, de aquellos seres infernales para los que la historia del arte se resume a las primeras décadas del SXX. Pokemons rancios. Los encontré en las Casas junto al rio de Schiele o en la Campesina ucraniana de Burliuk. En la Feria de caballos de Petchstein o tras una pared fauvista ocultos para no llegar a ser atrapados. Entonces desistí, por falta de interés y de batería.

Tampoco quisiera culpar a estas criaturas virtuales del completo fiasco sensitivo porque parte de las altas expectativas en la inteligentísimo azar de la realidad aumentada eran sólo mías. Soy una entrenadora pokemon mediocre, de la misma forma que soy una intelectual mediocre, pues carezco por desgracia del tiempo y la perseverancia necesaria para darme a la frivolidad más jugosa del verano, en su versión intelectualizada: Pokemon go en el arte.